La cabaña se llenó de luz roja que lo inundó todo, dejando de ser un resplandor ordinario para convertirse en una saturación violenta que transformaba las sombras en superficies sólidas, moldeando los objetos cotidianos hasta volverlos siluetas amenazantes. Aquel lugar, que momentos antes había sido un refugio de madera y piedra, se transformó en algo parecido a las fauces de una bestia.
Varek sintió cómo el suelo vibraba bajo sus pies, no por un temblor físico, sino por una fuerza más profunda, una resonancia transmitida directamente a través de los huesos.
Elara permanecía a su lado.
Su mano permanecía entrelazada con la de él. El calor de sus dedos era el único indicio de que no estaba solo, la prueba de que aquello no era una pesadilla de la que despertaría en alguna celda del Averno.
El deshacedor dio un paso adelante.
Sus compañeros, el mastodonte y el menor, se movieron en paralelo para formar un semicírculo que envolvía a la pareja. No existía escapatoria.
La puerta estaba bloqueada. Las ventanas, selladas por una presión invisible. El círculo defensivo, roto tras la decisión de Elara de abandonarlo.
—Varek —dijo el deshacedor, con esa voz educada que resultaba más aterradora—. Has sido un guerrero leal durante siglos. No entiendo por qué decides manchar ese legado con un final tan estúpido.
—No espero que lo entiendas.
—Podría hacer que tu ejecución fuera indolora. Rápida. Casi amable, si aceptas entregarte ahora. Incluso podría permitir su supervivencia, siempre que des toda la información que posees y te sometas a juicio en nuestro reino.
Varek no apartó la mirada de sus verdugos.
—Su idea de juicio —explicó a Elara— consiste en torturarte hasta descomponer tu alma en fragmentos y dispersarlos por distintos niveles para que nunca vuelvan a encontrarse.
—Suena encantador —respondió ella.
Aunque su voz temblaba ligeramente, destacaba un claro dejo de ironía en sus palabras.
El deshacedor suspiró, como un maestro decepcionado por la lentitud de su alumno favorito.
—No me obligues a ensuciarme.
—No voy a obligarte a nada —respondió Varek—. Voy a impedírtelo.
Soltó la mano de Elara y dio un paso al frente.
No poseía facultades ocultas. No tenía fuerza sobrenatural. No conservaba ningún poder capaz de enfrentarse a tres criaturas del Averno.
Pero había aprendido una lección en el abismo que ningún tratado de magia enseñaba: en ocasiones, la mera disposición a morir podía detener durante un instante a un enemigo.
Y un instante, si se utilizaba bien, podía serlo todo.
El deshacedor alzó una ceja.
—¿Vas a luchar? ¿Tú? Apenas podrías romper una tabla con las manos desnudas.
—Voy a hacer lo que pueda.
El demonio grande emitió un sonido gutural, parecido a una risa. El pequeño sonrió con mayor amplitud, mostrando unos dientes de leche demasiado afilados para pertenecer a algo inocente.
El deshacedor negó con la cabeza.
—Qué desperdicio.
Alzó la mano.
La luz roja se intensificó hasta volverse blanca.
Varek cerró los ojos, no por miedo, sino porque el brillo le abrasaba las retinas. Sintió el calor acercarse, el azufre llenándole los pulmones, y asumió con una claridad terrible que el siguiente latido de su corazón sería el último.
El golpe nunca llegó.
—Siempre fuiste pésimo escogiendo aliados, Varek.
La voz surgió desde detrás de los tres demonios.
Cargada de un cansancio antiguo y de una ironía que Varek reconoció al instante.
El resplandor blanco se partió por la mitad, como si alguien hubiera pasado una cuchilla invisible a través de él. La presión que aplastaba la cabaña cambió de dirección. Los tres demonios se volvieron al mismo tiempo.
En el umbral, más allá de la puerta abierta, había una figura encorvada bajo la luz roja.
Uldred.
O lo que quedaba de él.
No tenía el mismo aspecto que antes. Su rostro deforme parecía más hundido, como si la Desposesión le hubiera arrancado algo que nunca terminó de recuperar. La piel, grisácea y tirante, se pegaba a los huesos de una manera enfermiza. Uno de sus ojos brillaba con el rojo oscuro propio del Averno; el otro, en cambio, tenía un tono apagado, casi humano, una mancha marrón en medio de la monstruosidad.
Varek sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Tú...
—Sí —dijo Uldred—. Qué conmovedor. También me alegro de verte.
El deshacedor no retrocedió, pero su expresión cambió.
Fue un cambio mínimo.
Suficiente.
—Uldred —dijo—. Estás muerto.
—Eso ponía en los registros, sí.