Siete noches de sangre

⊱ CAPÍTULO 8: DERIVA ENTRE MUNDOS ⊰

ENTRE PLANOS.
SIN TIEMPO.
CRUCE EN PROCESO.

El primer paso fue el más difícil.

La superficie del desgarro no era sólida ni líquida, sino algo parecido a una membrana, una piel elástica que ofrecía resistencia antes de ceder. Varek empujó con todo el peso de su cuerpo, sintiendo cómo aquella materia fronteriza se adhería a su rostro, a sus brazos y a su pecho. Elara, a su lado, había cerrado los ojos por instinto, y él percibía su mano apretando la suya con una fuerza que no sabía que poseía.

Luego la resistencia desapareció.

Cayeron hacia delante, o hacia abajo, o hacia algún vector que el cerebro humano no estaba diseñado para procesar. La sensación fue similar a la de sumergirse en agua helada, pero sin el contacto del agua, sin la humedad, sin el frío. Solo la ausencia súbita de toda referencia sensorial.

El otro lado no era oscuridad. La oscuridad, al menos, es una cualidad que el ojo puede reconocer, un espacio que la mente puede habitar aunque no vea nada. Aquello era diferente. Era la ausencia total de referentes. No había arriba ni abajo, porque no existía gravedad que los definiera. No había delante ni detrás, porque no había perspectiva desde la cual orientarse. No había punto de apoyo para los pies ni textura reconocible para las manos. Todo lo que sus cuerpos conocían sobre el espacio se había vuelto irrelevante.

Flotaban en un vacío que, en realidad, no estaba vacío.

A su alrededor, o quizá dentro de ellos —era imposible distinguirlo—, había formas que cambiaban antes de que los ojos pudieran enfocarlas. Siluetas que recordaban a rostros humanos, pero que se deshacían en espirales al ser observadas. Contornos que sugerían arquitectura, puertas, ventanas, pero que se replegaban sobre sí mismos como papel arrugado. Tonos ajenos a cualquier espectro conocido, colores que no tenían nombre en ningún idioma humano, que herían la retina por su mera existencia porque estaban hechos de una luz que nunca debió ser vista.

Y ecos. Ecos que llegaban desde direcciones imposibles, sonidos que no eran palabras pero que transmitían significado de alguna manera. Frases incompletas, susurros de voces que no estaban allí, fragmentos de conversaciones que quizá habían tenido lugar en algún otro tiempo, en algún otro sitio, y que se habían quedado atrapados en aquel intersticio.

Elara gritó.

No por miedo exactamente, aunque el miedo estaba allí. Era un grito de desorientación, la protesta de un sistema nervioso humano al verse arrojado a un entorno que se negaba a obedecer las leyes físicas que habían gobernado su existencia desde el nacimiento. Su cuerpo sabía cómo moverse en la Tierra. Sabía cómo caminar, cómo correr, cómo caer. No sabía cómo flotar en un lugar donde el concepto de caída no tenía significado.

Varek la rodeó con ambos brazos antes de que pudiera separarse de él, antes de que aquel pánico inicial la impulsara en alguna dirección equivocada. La sujetó contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón contra el suyo: dos corazones humanos que bombeaban sangre con la misma urgencia, dos organismos que se negaban a rendirse aunque el universo les dijera que ya no había reglas.

—Cierra los ojos —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía—. No mires nada. Confía en mí.

—¿Hacia dónde vamos? —preguntó ella, su voz temblaba ligeramente, pero no se quebraba.

—No lo sé —admitió.

Era la verdad. No tenía ni idea de si aquel desgarro intersticial los conduciría a algún destino concreto o si los dejaría flotando en aquella nada hasta que sus cuerpos se descompusieran. Las historias que había oído sobre los territorios olvidados eran confusas, contradictorias, llenas de advertencias que nadie se atrevía a explicar del todo. Algunos demonios decían que esos desgarros siempre tenían una salida, aunque no siempre era la misma para todos los viajeros. Otros aseguraban que quienes entraban en ellos nunca salían, o que salían transformados en algo que ya no recordaba haber sido humano.

Y, aun así, continuaron.

No caminaban, porque no había suelo. Pero avanzaban de alguna manera, empujados por una fuerza incomprensible que no parecía proceder de ninguna dirección concreta. Varek no podía verla, no podía sentirla, pero sabía que existía porque su cuerpo se movía sin que él hiciera nada para impulsarlo. Era como estar en una corriente invisible, una corriente que no movía agua sino algo más fundamental: el espacio mismo en el que estaban inmersos.

A veces el entorno se volvía sólido durante unos segundos.

Era una sensación desconcertante: de pronto, sus pies encontraban una superficie bajo ellos, una superficie que parecía tierra o piedra o algo intermedio, y podían apoyarse en ella durante un instante. Pero antes de que lograran dar un paso, aquella superficie se deshacía bajo su peso, colapsaba como un castillo de naipes, y volvían a flotar.

Otras veces se volvía líquido.

No agua, pero algo parecido: una densidad que los envolvía, que les dificultaba el movimiento, que los obligaba a mover los brazos y las piernas como si estuvieran nadando. Varek sentía la presión contra su piel, el esfuerzo muscular necesario para avanzar, luego la densidad se disipaba de repente y se encontraba flotando de nuevo, jadeando por el esfuerzo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.