Varek cayó sobre hierba mojada.
Fue un impacto duro, inesperado. Su cuerpo, acostumbrado a flotar en la ingravidez, no estaba preparado para encontrar de pronto una superficie sólida. Sus rodillas chocaron contra el suelo, sus manos se hundieron en tierra blanda y húmeda, y su pecho golpeó la hierba con una violencia que le robó el aire.
Pero era hierba.
Era tierra.
Era real.
O lo bastante real como para sostenerlo, para darle un punto de apoyo, para recordarle que su cuerpo era un objeto físico con peso y volumen.
El aire le entró en los pulmones con violencia.
No el gas inofensivo que había estado respirando en el desgarro, sino aire de verdad, con olor a vegetación húmeda y a tierra recién mojada. Tosió, expulsando algo que no sabía que tenía en los pulmones, y aspiró aquel aire nuevo con la avidez de quien ha estado demasiado tiempo sin él.
Elara cayó a su lado.
Su impacto fue menos violento. Había caído sobre él, sobre su costado, y su cuerpo había absorbido parte del golpe. Pero aun así se quedó sin aliento durante unos segundos, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada.
Durante unos instantes, ninguno de los dos habló.
Solo respiraron. Aspiraron y exhalaron, sintiendo cómo sus pulmones se expandían y se contraían en un ritmo que por fin tenía sentido, que seguía las reglas de un mundo que podían comprender. Aspiraron el olor de la hierba mojada, de la tierra, de algo que recordaba a pino. Exhalaron el aire viciado del desgarro, el miedo acumulado, la tensión de horas o días o semanas sin saber si volverían a ver la luz.
Varek abrió los ojos.
Estaban en un claro.
El cielo era de un azul profundo, tan intenso que parecía pintado con una mano demasiado generosa, un azul que no se veía en la Tierra porque en la Tierra el cielo nunca era tan puro. Estaba salpicado de astros que no pertenecían a ninguna constelación que él hubiera visto, estrellas que brillaban con una luz demasiado blanca, demasiado fría, demasiado constante. No brillaban como las estrellas de su mundo. Permanecían fijas, inmóviles.
La luna —o lo que fuera aquel cuerpo suspendido sobre el horizonte— era demasiado grande, demasiado pálida, demasiado quieta. No tenía las sombras familiares de la luna terrestre, no tenía cráteres ni mares de basalto. Era una esfera lisa, uniforme, que reflejaba una luz que no parecía proceder de ningún sol visible.
Los árboles que rodeaban el claro parecían pinos. Tenían la misma forma general, el mismo porte erguido, la misma estructura de ramas que se extendían hacia el cielo. Pero sus agujas tenían un tono plateado, un brillo metálico que capturaba la luz de aquella luna extraña y la reflejaba en destellos diminutos. Sus troncos se retorcían como si una mano invisible los hubiera moldeado mientras crecían, describiendo curvas imposibles que no seguían ninguna lógica botánica.
El silencio era total.
No había pájaros.
No había insectos.
No había viento que moviera las hojas de los árboles.
No había ningún sonido, ni siquiera el rumor distante de algún río o la brisa susurrando entre las ramas. Solo el jadeo de ambos, su respiración entrecortada, el latido de sus corazones. Y esos sonidos, en medio de aquella calma imposible, resultaban casi obscenos, demasiado ruidosos para un lugar tan quieto.
Varek se arrodilló, exhausto.
Las piernas le temblaban. No podía sostener su propio peso sin que sus músculos se contrajeran en espasmos involuntarios. Los brazos le colgaban sin fuerza a los costados. La cabeza le pesaba, el cuello apenas podía sostenerla, y tenía la sensación de que todo su cuerpo estaba a punto de derrumbarse en un montón de carne y ropa sucia.
Elara se sentó junto a él, igual de fatigada, pero con los ojos abiertos de par en par. Miraba el lugar con una mezcla de fascinación y miedo, los iris verdes y grises recorriendo cada detalle del claro, de los árboles plateados, de la luna enorme, de las estrellas imposibles.
—¿Dónde estamos? —susurró, su voz apenas fue un hilo.
—No lo sé —respondió Varek.
—¿Es el Infierno?
—No. No huele a azufre. No hay gritos. No hay fuego.
—¿La Tierra?
Varek observó los árboles plateados, la luna enorme y las estrellas. Observó el cielo de un azul demasiado intenso, el silencio demasiado absoluto. Observó sus propias manos, temblorosas y débiles, y supo que no estaba en ningún lugar que hubiera conocido.
—Tampoco —dijo.
Elara guardó silencio.
Su pecho subía y bajaba con la respiración. Su rostro estaba pálido, más pálido de lo normal, con círculos oscuros bajo los ojos que delataban el cansancio acumulado. Tenía el cabello desordenado, algunas hebras pegadas a la frente por el sudor. Su abrigo, el mismo abrigo demasiado grueso que llevaba la primera noche en el parque, estaba manchado de tierra y de algo que podía ser su propia sangre.
Luego lo miró.
Sus ojos estaban llenos de preguntas que ninguno de los dos podía responder todavía. Pero no había acusación en ellos, ni reproche, ni duda. Solo una curiosidad cansada, la misma que había mostrado la primera vez que se sentaron juntos en aquel banco.