Desde los albores del Fuego Primigenio, el Averno llevaba cuenta de los suyos. Cada caída, cada ascenso y cada nombre quedaban inscritos en pergaminos de piel curtida que sobrevivían a eras enteras. Eran los anales del Averno, y apenas dedicaban un párrafo a su figura. Un demonio más, decían: uno que cometió el error de enamorarse y que, por aquel pecado demasiado humano, intentó desgarrar la barrera que separaba la esencia infernal de la carne mortal.
Fracasó, por supuesto.
Todos fracasaban.
Sin embargo, su recuerdo perduró en los susurros de los condenados, en las grietas de los archivos prohibidos y en el aliento tembloroso de los demonios demasiado antiguos para seguir temiendo a los Señores del Averno. Mucho antes de que estos aprendieran a estremecerse ante el nombre de la Desposesión, existió aquel demonio. Los registros más recientes lo llamaban el Errante de Azram, aunque la historia era anterior incluso a él. Quienes intentaron repetir el ritual comprendieron demasiado tarde el verdadero peso de su elección.
La Desposesión no era una transformación. No ofrecía una metamorfosis elegante ni un despertar glorioso bajo la luz de un sol desconocido. Era un desollamiento del alma. Un desgarro de la identidad. El acto desesperado de quien se arrancaba la piel a tiras convencido de que, debajo, encontraría algo distinto. Pero debajo solo había huesos. Y los huesos, en el Infierno, siempre terminaban en polvo.
Los heraldos del Humo habían traído el conocimiento en una época anterior a los Señores, cuando el Averno aún era un caos de fuego, ceniza y materia sin nombre. Aquellos seres de niebla descendieron de ninguna parte y susurraron sus secretos al oído de los primeros demonios que aprendieron a escuchar. Les enseñaron a fragmentar la esencia, a vaciarse de poder, a dejar de ser aquello para lo que habían sido creados. No lo hicieron por bondad. Lo hicieron porque el Infierno necesitaba historias de fracaso. Relatos que recordaran a sus habitantes que la jaula era todo cuanto existía, que la libertad no era más que un espejismo y que cualquier intento de escapar terminaría alimentando los mismos muros que pretendía derribar.
El primer demonio que trató de ejecutar el ritual era tan antiguo que su verdadero nombre se había perdido. Los registros lo mencionaban únicamente como aquel que quiso ser viento. No deseaba convertirse en humano. Los humanos todavía no existían en la Tierra. Quería ser algo más leve, algo sin cuerpo, sin cadenas, sin una forma que el Averno pudiera reclamar. Reunió los tres elementos exigidos por los heraldos: un recipiente, un testigo y un sacrificio. Pero eligió mal.
El demonio que aceptó recibir su esencia no pretendía actuar como un conducto. Deseaba retenerla, apoderarse de ella y sumar aquel poder al suyo. En el instante de la transferencia, ambas voluntades se enfrentaron. Ninguna quiso ceder. Las dos esencias comenzaron a devorarse mutuamente en un ciclo de agonía que se prolongó durante trescientos años. Los Señores que surgieron después llamaron al desastre la Danza de los Vacíos. Sus restos aún flotaban en alguna capa olvidada del Infierno, demasiado unidos para separarse y demasiado destruidos para volver a existir.
Después llegó Azram.
Su nombre sí se conservaba, aunque deformado por los siglos. Era un demonio de rango medio, uno de tantos seres atrapados en la periferia del poder: lo suficientemente fuerte para evitar ser aplastado, pero no lo bastante para aspirar a un trono. Todo cambió durante una incursión a la superficie. Allí conoció a una humana.
Se llamaba Lyra.
Su única particularidad era haber nacido con lo que los mortales llamaban vista: la capacidad de contemplar las formas ocultas tras el velo y percibir la presencia de criaturas pertenecientes a otros planos. Lyra vio a Azram cuando ningún otro humano podía hacerlo. Y, en lugar de huir, permaneció frente a él.
Nadie sabía cuánto duró su amor. El tiempo no transcurría del mismo modo en el Infierno y en la Tierra. Pero cuando Azram decidió abandonar su esencia para convertirse en hombre, casi una vida humana había pasado para ella.
Lyra envejecía.
Él no.
La desesperación terminó por consumirlo. Buscó en archivos olvidados, descendió hasta cámaras que ningún demonio sensato se atrevía a visitar y reunió fragmentos del conocimiento transmitido por los heraldos del Humo. Así descubrió la Desposesión. Fue el único que estuvo cerca de completarla.
Lyra aceptó convertirse en su recipiente. Lo hizo consciente, sabiendo que durante unos instantes la esencia de Azram atravesaría su cuerpo antes de dispersarse. El testigo fue un demonio anciano que, a cambio de una promesa de poder, juró observar el proceso sin intervenir. El sacrificio fue la sangre de Azram, derramada durante siete noches mientras el calor del Averno se filtraba en sus venas y arrancaba, gota a gota, todo cuanto lo convertía en demonio.
Sin embargo, Azram había ignorado una advertencia esencial. La esencia infernal podía atravesar un cuerpo humano, pero nunca lo hacía sin dejar una huella.
A medida que el ritual avanzaba, Lyra comenzó a transformarse.
No se convirtió en demonio. Se convirtió en algo peor.
Su cuerpo se abrió entre ambos mundos hasta transformarse en una grieta viviente. Empezó a absorber no solo la esencia de Azram, sino también el fuego, las sombras y todo cuanto existía a su alrededor. El testigo, aterrorizado, rompió su juramento e intentó intervenir.