Siete noches de sangre

CAPÍTULO 3: SILENCIO BAJO LAS FAROLAS

CERNUNNOS, FRONTERA ENTRE POLONIA Y ESLOVAQUIA.
03:17 DE LA MADRUGADA.

Tres siglos habían transcurrido desde la noche en que Kael se sentó en el trono de huesos y humo y le ordenó regresar a su puesto.

Varek obedeció. Y siguió obedeciendo. Cumplió cada misión, cada ejecución y cada silencio con la misma exactitud fría que lo había mantenido a salvo desde mucho antes de que el nombre de Kael significara algo. Su posición apenas había cambiado: comandante de escuadrones de castigo, responsable de recuperar almas fugadas y de vigilar que los condenados recién llegados no confundieran la desesperación con la libertad.

Era un rango modesto para alguien que había contribuido a levantar un imperio, pero a Varek no le importaba. Nunca había medido su existencia en títulos, territorios o criaturas inclinadas ante él. La medía en permanencia, en la capacidad de atravesar los siglos sin llamar la atención de quienes podían destruirlo. Kael le había ordenado permanecer, y tres siglos después seguía siendo exactamente lo que el soberano necesitaba que fuera: útil, predecible y fácil de olvidar.

La misión de aquella noche era sencilla. Un alma condenada había escapado durante un eclipse menor, aprovechando una fisura residual entre el Averno y el mundo humano. No había roto su condena ni recuperado la libertad; solo había encontrado una abertura desatendida y se había deslizado por ella antes de que los supervisores infernales pudieran cerrarla. En vida, el fugitivo había traficado con personas. En la muerte, ya no conservaba rostro, nombre ni voz. Ahora vagaba por las calles de Cernunnos, atrapado en un ciclo de confusión, incapaz de tocar a los vivos pero lo bastante visible como para atraer la atención de ciertos humanos sensibles a lo sobrenatural.

Los humanos corrientes olvidarían cualquier destello extraño antes del amanecer. Los otros no. Los que veían a través del velo podían seguir un alma hasta una grieta, y una grieta mal cerrada conducía a lugares que ningún mortal debía conocer. Varek debía recuperar al condenado y devolverlo a su fosa antes de que eso ocurriera.

La grieta se abrió en el techo de un aparcamiento subterráneo, a tres calles del objetivo. No hubo luz. No hubo sonido. Solo una breve ondulación en el aire antes de que una figura atravesara el umbral entre mundos. Varek descendió hasta el suelo sin producir más ruido que el roce de sus botas contra el cemento. La abertura se cerró sobre su cabeza y dejó atrás una mancha de humedad, dos tuberías oxidadas y la luz intermitente de un fluorescente. Nada que pudiera despertar preguntas.

Los demonios habían aprendido hacía milenios que la discreción era la primera herramienta de su oficio, y Varek conocía aquella lección mejor que la mayoría. Ajustó el cuello de su chaqueta negra, comprada durante una incursión anterior en una tienda humana; había elegido la primera prenda que no llamara la atención entre la multitud. El tejido resultaba más incómodo que cualquier armadura infernal, pero cumplía su función: bajo aquella apariencia, nadie habría visto a un comandante del Averno, solo a un hombre alto caminando solo de madrugada.

Un motor arrancó en el nivel superior, los neumáticos chirriaron sobre el suelo pulido y el sonido se alejó por la rampa de salida. Después, el aparcamiento quedó en silencio. El objetivo se encontraba a quince minutos a pie, pero Varek no tenía prisa. La noche era larga para los muertos que fingían pertenecer al mundo de los vivos. Subió las escaleras y salió a una calle estrecha, bordeada por edificios antiguos y escaparates apagados. El aire mortal olía a humedad, piedra fría y lluvia reciente. En algún piso elevado, una luz se apagó detrás de unas cortinas.

Varek avanzó bajo las farolas sin mirar los nombres de las calles; no los necesitaba. Sentía al condenado como una vibración débil al otro lado de los edificios: una mancha de miedo desplazándose sin rumbo, incapaz de comprender que la muerte no lo había liberado de nada.

Lo encontró junto a la entrada de un parque. El alma flotaba a ras de suelo bajo una hilera de farolas anaranjadas, carecía de bordes definidos y se movía como una llama atrapada dentro de un cuerpo que ya no recordaba. Se alargaba, se encogía y volvía a deformarse sin ritmo, y cada vez que avanzaba, dejaba tras de sí un resplandor breve que desaparecía antes de tocar el suelo. Su luz era débil, cansada, casi triste.

Varek sabía que aquella tristeza era una ilusión; las almas condenadas no se arrepentían necesariamente de lo que habían hecho, sino que muchas lamentaban solo haber sido descubiertas. Se detuvo frente a ella. No tenía rostro, ni forma humana, ni ofrecería resistencia. Extendió la mano, y la criatura intentó retroceder, pero la autoridad infernal de Varek ya se había cerrado a su alrededor. El alma fue atraída hacia su palma y se plegó sobre sí misma, retorciéndose en un silencio que ningún oído humano habría podido percibir.

Un pensamiento, un movimiento de los dedos, y la materia espiritual quedó reducida al tamaño de una canica opaca. Varek abrió la cápsula de hueso ennegrecido que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta; las marcas grabadas en su superficie despertaron con un destello rojizo cuando introdujo el alma, después cerró la tapa y selló la prisión con el pulgar.

Misión cumplida. Debía regresar al aparcamiento, abrir la grieta y entregar al condenado. Se giró. Entonces la vio. Una mujer estaba sentada en un banco cercano a la entrada del parque. No la había visto al llegar porque ella no estaba allí; lo sabía con la certeza que le otorgaban siglos de vigilancia. Había revisado cada rincón del parque, cada ventana iluminada y cada sombra capaz de ocultar una amenaza, y la mujer se había sentado mientras él recogía el alma, en el espacio exacto de unos segundos.




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