INFIERNO CENTRAL. FORTALEZA DE KAEL.
REGISTRO DE INGRESO: 04:12 HORAS.
MISIÓN: RECUPERACIÓN EXITOSA.
Varek regresó al Infierno con el alma fugada en el bolsillo y un nombre que no debería haber conservado en la memoria. Se le había adherido al pensamiento como una astilla bajo la piel, pequeña pero imposible de ignorar, y por más que intentara arrancarla durante el trayecto entre mundos, seguía allí, clavada en algún punto exacto de su conciencia donde no tenía derecho a existir.
La grieta se cerró a su espalda con un estremecimiento apenas perceptible. El aire frío de Cernunnos desapareció de inmediato, sustituido por el calor seco y opresivo de los niveles centrales, por ese olor que llevaba siglos respirando y que nunca terminaba de resultarle indiferente.
Todo estaba exactamente como lo había dejado. Los corredores se extendían en la misma penumbra rojiza de siempre, los lamentos amortiguados tras los muros seguían sonando como un murmullo lejano que nadie escuchaba ya, las sombras se arrastraban por las juntas de la roca con la pereza de siempre, y los demonios de rango inferior inclinaban la cabeza al cruzarse con él. Nada había cambiado. Aquello debería haberlo tranquilizado, debería haberle devuelto la certeza de que el mundo seguía girando sobre su eje, pero no lo hizo.
Varek avanzó hacia la cámara de registro y depositó la cápsula de hueso ennegrecido sobre una mesa tallada en roca volcánica y esperó. El demonio encargado de recibir las almas verificó las marcas, abrió el sello lo justo para comprobar que el condenado seguía dentro y volvió a cerrarlo.
—Recuperación limpia —gruñó.
Varek asintió.
—¿Incidentes?
La pregunta formaba parte del protocolo, una formalidad tan gastada como las inscripciones de los muros. La respuesta también lo era.
—Ninguno.
La palabra salió con demasiada facilidad, como si llevara ensayada desde antes de que la formularan, y esa misma fluidez debería haberlo alarmado. El demonio grabó una marca sobre una tablilla oscura con la punta de una garra y apartó la cápsula sin mirarla. Misión terminada. Varek debería haber regresado a su puesto, debería haber dado media vuelta y dejado que la rutina lo absorbiera de nuevo. En lugar de hacerlo, se quedó mirando la línea que acababa de aparecer en el registro, grabada con una precisión que no admitía matices.
INCIDENTES: NINGUNO.
Había mentido. No con una verdad torcida para cumplir una orden, ni mediante una omisión solicitada por Kael, ni con ese tipo de silencio estratégico que los demonios aprendían a dominar antes de aprender a hablar. Había mentido porque quería conservar algo para sí mismo, porque existía un fragmento de aquella noche en Cernunnos que no estaba dispuesto a entregar al Averno, y aquello era distinto. Mucho más peligroso.
—¿Piensas quedarte ahí toda la noche?
Uldred lo observaba junto a una de las columnas con esa quietud paciente de quien lleva rato esperando y disfruta haciéndolo notar. Su superior inmediato tenía un rostro que parecía construido con demasiadas piezas y ensamblado después con poca paciencia: la mandíbula excesivamente ancha, la piel oscura recorrida por pequeñas grietas que dejaban entrever un resplandor enfermizo debajo, y cuando sonreía, enseñaba más dientes de los que una boca razonable debería contener.
—La misión está cumplida —dijo Varek.
—Eso veo.
Uldred se acercó a la mesa con pasos deliberados, pasó un dedo sobre el registro, y detuvo la yema sobre una cifra concreta.
—Tardaste más de lo previsto.
—El objetivo se había desplazado.
—Diecisiete minutos.
Varek lo miró. Uldred golpeó dos veces la tablilla con una uña negra.
—Diecisiete minutos por encima de la estimación.
—Lo recuperaré en la próxima misión.
—No te estoy reclamando tiempo. Me pregunto qué hiciste con él.
Varek sostuvo su mirada. Durante siglos había aprendido que la mejor forma de esconder una mentira era no adornarla, no justificarla, no ofrecer más de lo necesario.
—Cumplir la misión.
Uldred esperó. Varek también. El silencio entre ambos se llenó con el crepitar lejano de las antorchas y el goteo constante de algo viscoso en algún punto indeterminado de la fortaleza.
Finalmente, el demonio apartó la mano del registro.
—Qué decepción.
—¿Qué cosa?
—Por un momento pensé que habías encontrado algo interesante.
Varek no respondió. Uldred pasó junto a él y le dio una palmada en el hombro, un gesto que en otro contexto podría haber parecido casi afectuoso y que en aquel lugar sonaba a advertencia.
—Vuelve a tu puesto.
Esa sí era una orden. Varek la obedeció.
Mientras caminaba por los corredores de la fortaleza, con el eco de sus propios pasos como única compañía, intentó convencerse de que el encuentro con la humana terminaría allí, de que sería una nota al margen en la rutina de siglos, una anomalía nada más.