Durante los días siguientes intentó convencerse de que una segunda visita había sido suficiente, de que la curiosidad estaba saciada y el hilo que los unía se rompería por inercia. No funcionó.
Regresó siete noches después. Luego, nueve. Después, cuatro. Nunca dos noches consecutivas. Nunca siguiendo un patrón que pudiera registrarse con facilidad. Varek convirtió el delito en costumbre con la misma disciplina metódica con la que había convertido todo lo demás en rutina, como si la transgresión pudiera domesticarse si se le aplicaba suficiente orden.
Alteraba turnos. Intercambiaba patrullas. Abría las grietas desde puntos diferentes, en cámaras olvidadas, en huecos entre niveles donde la vigilancia era laxa o inexistente. Esperaba a que los supervisores cambiaran de puesto, a que los corredores se vaciaran, a que el Averno respirara en su letargo más profundo. No utilizaba dos veces seguidas la misma ruta a través de los niveles inferiores.
La primera vez había regresado porque quería verla. Después empezó a construir métodos para poder hacerlo, y esa evolución, ese paso del impulso al cálculo, lo asustó más que la transgresión misma.
Elara tampoco estuvo siempre en el banco. En una ocasión, Varek llegó y la encontró caminando alrededor del parque con las manos hundidas en los bolsillos. Otra noche apareció veinte minutos después que él.
—Pensaba que sabías cuándo venía —dijo.
—Sueño con grietas. No recibo horarios.
Varek descubrió que aquella respuesta le gustaba. Significaba que los sueños no controlaban todos sus encuentros, que no eran marionetas de una profecía ni esclavos de una visión. Al menos una parte seguía perteneciendo a ellos, a la decisión frágil y terca de presentarse en un banco de madera cuando nadie lo exigía.
Hablaron, al principio, de cosas insignificantes: los libros que Elara llevaba al parque y que nunca terminaba, el cielo y sus variaciones, la ciudad dormida más allá de los árboles, las diferencias entre los olores del invierno y del verano, entre la lluvia que limpiaba y la lluvia que pudría. Varek descubrió que los humanos tenían conversaciones enteras sobre alimentos que no estaban comiendo, lugares en los que no se encontraban y personas que nunca volverían a ver. No entendía la utilidad. El lenguaje, en el Averno, servía para ordenar, informar, obedecer. No para llenar silencios con nada.
Elara decía que no todo tenía que ser útil. Aquella idea le parecía sospechosa, casi peligrosa.
—Entonces, ¿qué haces cuando no estás aquí? —preguntó ella una noche, con el libro cerrado sobre las rodillas y la mirada fija en algún punto del cielo que Varek no podía ver.
—Trabajo.
—Eso no significa nada.
—Significa exactamente lo que he dicho.
—Varek.
Él la miró. Elara se giró hacia él con esa expresión que había aprendido a reconocer, la de quien está a punto de cruzar una línea que ha medido muchas veces antes de hacerlo.
—Apareces siempre después de medianoche. No duermes. No comes. Puedes abrir agujeros en el aire y la primera noche llevabas un alma en una caja.
—¿Eso crees que era?
—No soy idiota.
—Nunca he dicho que lo seas.
—Bien. Entonces deja de responderme como si lo fuera.
La dureza de su tono lo sorprendió. No era rabia, no exactamente, sino una frustración acumulada que llevaba noches buscando salida. Elara cerró el libro que tenía sobre las rodillas con un golpe seco.
—No necesito que me cuentes secretos que puedan matarte. Pero, si vas a seguir viniendo, necesito saber hasta dónde puedo preguntar.
Varek la estudió. En el Averno, los límites los imponía quien tuviera fuerza suficiente para hacerlos cumplir, y todo lo demás era territorio de nadie. Elara no podía obligarlo a nada. No tenía autoridad, ni poder, ni un rango que la respaldara. Eso convertía su petición en algo que Varek conocía mucho menos: una elección. Un límite ofrecido, no impuesto. Una frontera trazada con palabras en lugar de garras.
—Pregunta —dijo.
Ella frunció el ceño.
—¿Y tú?
—Decidiré si respondo.
—Eso no es precisamente justo.
—No.
Elara pareció sorprendida por la admisión, como si esperara una justificación, una disculpa, cualquier cosa que suavizara la asimetría. Después asintió, despacio, aceptando el terreno tal como era.
—De acuerdo.
Pensó unos segundos, mordiéndose el labio inferior, sopesando cada palabra antes de soltarla.
—¿Eres un fantasma?
—No.
—¿Estás muerto?
Varek tardó un poco más. La pregunta era sencilla, pero la respuesta tenía capas que no sabía si estaba dispuesto a pelar.
—Lo estuve.
—Eso ha sido inquietantemente específico.
—Era la intención.
—¿Eres lo que la gente llamaría un demonio?
Varek se quedó completamente quieto. Ni un parpadeo, ni un cambio en la respiración. Elara no apartó la mirada.