No regresó durante dieciocho días.
No porque no quisiera, sino porque Elara había pedido tiempo. Aquello tampoco debería haber importado: el parque era público, la ciudad no le pertenecía, y Varek había atravesado dimensiones más hostiles que un simple banco de madera y un atardecer anaranjado. Podría haber aparecido cuando le viniera en gana, como había hecho siempre, como hacía cualquier criatura con suficiente poder para ignorar los límites de los humanos. Pero ella había retrocedido cuando él avanzó, y había dicho no. Y Varek, que había pasado siglos obedeciendo órdenes de seres capaces de desintegrarlo con un pensamiento, descubrió que aquella palabra, pronunciada por una humana sin más armas que su voz y su miedo, pesaba más de lo que jamás habría imaginado.
Así que esperó. Los dieciocho días se alargaron incómodos y vacíos, llenos de un silencio que antes no le afectaba. Pero en el decimonoveno, cuando la impaciencia se volvió insoportable, abrió una grieta.
Elara estaba en el banco. No llevaba café, y eso lo descolocó más de lo que quiso admitir: su rutina era una de las pocas certezas que le quedaban, y verla rota le recordó que ella también podía cambiar. Varek se detuvo a varios metros, una distancia que consideró prudente, aunque su instinto le exigiera acortarla. Ella levantó la mirada, y el viento movió algunos cabellos sueltos que se pegaron a sus labios.
—Puedes acercarte. Pensaba que volverías antes —dijo ella, en su tono había un reproche apenas escondido.
—Pediste tiempo.
—Sí.
—No dijiste cuánto.
—No.
—Así que elegí una cantidad que me pareció suficiente.
—¿Dieciocho días?
—Sí.
—¿Por qué dieciocho?
Varek lo pensó, aunque no era una cuestión que requiriera análisis. Diecisiete le habían parecido pocos; diecinueve, demasiados; dieciocho era el número que su mente había fijado sin consultarle a nadie.
—Diecisiete parecían pocos —respondió al fin.
Elara lo miró unos segundos, sus ojos recorriendo su rostro con una mezcla de incredulidad. Después se rio. La risa fue corta, pero rompió la tensión lo suficiente para que ambos respiraran con más facilidad.
—He pensado en lo que dijiste —comentó ella. —Sigo teniendo miedo.
—Es sensato —dijo él, y era cierto. Una humana que no temiera a lo que él representaba sería estúpida o ciega, y Elara no era ninguna de las dos.
—No tanto de que seas un demonio.
—Eso parece menos sensato.
—Me da miedo no saber quién eres. No sé qué has hecho—continuó—. No sé para quién trabajas. No sé qué significa para ti recibir una orden. Y no pienso fingir que no importa solo porque me caes bien.
—¿Te caigo bien?
Elara cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había una mezcla de exasperación y afecto en ellos.
—Eso es lo que has entendido de todo lo que acabo de decir.
—Es la parte menos clara.
—Eres imposible.
—Probablemente.
Ella negó con la cabeza, pero una sonrisa tembló en sus labios antes de que la seriedad regresara. Alzó la mirada, fijándose en él.
—No voy a pedirte que me cuentes cosas que no puedes contar. Pero tampoco voy a imaginar que eres bueno solo porque no me has hecho daño.
—No lo soy —admitió.
—No he dicho eso.
—Yo sí.
Elara lo estudió. Sus dedos se detuvieron sobre el lomo del libro, y el silencio se alargó hasta que ella preguntó:
—¿Has hecho cosas terribles?
—Sí.
—¿Te arrepientes?
Varek abrió la boca. La pregunta era simple, pero su respuesta no lo era. Durante siglos, el arrepentimiento había sido un lujo que no podía permitirse, una emoción que habría interferido con su función.
—No lo sé —admitió al fin. Era una respuesta mucho más difícil que un sí o un no, y lo sabía. Porque un sí o un no lo habrían absuelto o condenado. —Durante mucho tiempo no pensé en ello. Hacía lo que debía hacerse.
—Eso no significa que estuviera bien.
—No.
Elara pareció sorprenderse otra vez. Varek bajó la mirada hacia sus manos, como si buscara en la palma de su piel la respuesta que no encontraba.
—Tampoco significa que pudiera elegir siempre.
—¿Y ahora? —preguntó ella. —¿Puedes elegir?
Varek pensó en los registros falsificados, en las grietas clandestinas, en los turnos modificados. En dieciocho días esperando porque una humana le había pedido espacio.
—Estoy empezando a hacerlo —respondió.
Elara permaneció en silencio. Aquella noche no le pidió nada más, y Varek entendió que la razón por la que había regresado no era porque ella ignorara lo que él podía ser. Era precisamente lo contrario: Elara había empezado a verlo, y todavía no se había marchado.