Siete noches de sangre

CAPÍTULO 7: IMPERFECCIONES NECESARIAS

CERNUNNOS.
ONCE MESES DESPUÉS DEL PRIMER ENCUENTRO.

El invierno había llegado a Cernunnos, y el parque donde se habían conocido parecía más pequeño bajo la nieve. Los senderos cubiertos por una capa fina de hielo crujían bajo los pasos, y las ramas desnudas de los árboles se extendían sobre las farolas. Elara estaba sentada en el banco con una bufanda enrollada dos veces alrededor del cuello, el aliento escapando en pequeñas nubes que se deshacían antes de alcanzar la luz.

Varek apareció detrás de ella. No hubo grieta visible, ni distorsión del aire. Simplemente, la sombra que proyectaba la farola se alargó un segundo más de lo debido, y él estaba allí.

—Llegas tarde —dijo Elara sin volverse. Su aliento escapaba en pequeñas nubes que se deshacían antes de alcanzar la luz anaranjada.

Él se detuvo, los dedos aún fríos por el tránsito entre planos, aunque el frío del Infierno era seco y este, húmedo.

—Cinco minutos.

—Siete.

—Cinco.

Elara levantó la muñeca y le mostró la pantalla de su reloj con una ceja arqueada.

—Siete.

Varek la observó un momento, y en sus ojos, se dibujó una chispa de aquella precisión que ella había aprendido a reconocer.

—Tu reloj adelanta dos minutos —corrigió él.

Ella entrecerró los ojos, pero una sonrisa temblaba en el borde de sus labios.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Lo comprobé la última vez.

—Eso es inquietante.

—Tú miras mi respiración.

—Punto para ti.

Varek se sentó a su lado, y el banco crujió bajo su peso. Ya no guardaban la distancia prudente de los primeros meses. Sus hombros casi se rozaban, separados apenas por el grueso tejido de sus abrigos. Elara le entregó un vaso de café. Ya no utilizaban la tapa del termo. Dos meses atrás ella había empezado a traer dos vasos pequeños porque, según sus propias palabras, compartir uno con un demonio que consideraba el café un castigo ritual era una experiencia demasiado deprimente. Así que bebían por separado, pero juntos. Varek bebió, sintiendo el amargor extenderse por su lengua. Seguía sin gustarle, pero había dejado de decirlo.

—¿Qué lees? —preguntó, señalando el volumen apoyado sobre las rodillas de ella. La cubierta mostraba una ilustración desgastada de una casa derruida bajo una luna pálida.

—Una historia de fantasmas.

—Tienes acceso a fantasmas reales —señaló Varek, sin ironía. Para él, era un dato factual.

—Los reales son menos interesantes —respondió ella, pasando una página sin levantar la vista—. Además, los de los libros suelen explicar qué quieren al final. Los vuestros solo gritan.

—Eso es ofensivo.

Ella sonrió, aquella sonrisa era tan humana y tan deliberada, era como una pequeña victoria que se anotaba en un combate que solo ella conocía.

Varek no respondió. Observó el perfil de Elara. La luz de la farola resaltaba las ojeras bajo sus ojos, marcas de cansancio que el maquillaje ya no lograba ocultar del todo. Había algo diferente en ella esa noche. Una tensión que no provenía del frío.

Antes, sus silencios le parecían iguales: vacíos, neutros, espacios muertos entre una frase y otra. Ahora sabía distinguirlos. Había un silencio cómodo, en el que Elara simplemente disfrutaba de no tener que llenar el espacio entre ambos. Otro aparecía cuando estaba enfadada, tenso y afilado como un filo. Y uno distinto, pesado y denso, cuando algo le preocupaba pero todavía no había decidido si quería compartirlo.

Aquella noche era el tercero.

—¿Qué ocurre? —preguntó Varek. Su voz, pese a su intención de sonar neutra.

Elara volvió la mirada hacia el sendero, hacia el bosque de árboles que se extendía más allá del círculo de luz de la farola.

—Nada.

Varek esperó. No presionó. Había aprendido que con ella, a veces, el silencio era una respuesta más honesta que cualquier palabra. Pero también había aprendido a leer la mentira. Y aquella era una mentira pequeña.

Ella suspiró, aquel suspiro arrastraba una fatiga que iba más allá del cansancio físico.

—Odio que sepas cuándo miento.

—No sé siempre cuándo mientes —dijo él.

—Eso ha sido mentira.

—Sí.

—Eres insoportable.

Varek inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que en él equivalía a una sonrisa.

—También me has dicho eso antes.

—Porque sigue siendo verdad.

Guardó el libro en el bolso con movimientos lentos, como si ganara tiempo para lo que estaba a punto de decir.

—Anoche soñé otra vez —dijo Elara de repente.

La atención de Varek cambió de inmediato, sintió una alerta sutil en la base de su cuello. No era peligro inmediato, no exactamente. Era la sensación de estar siendo observado desde lejos, una presión atmosférica que cambiaba sin razón aparente. Sus dedos se cerraron alrededor del vaso de café con una fuerza que casi lo deformó.




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