CERNUNNOS.
DOS DÍAS DESPUÉS DEL ENCUENTRO EN EL INFIERNO.
Elara llegó antes que Varek aquella noche. Había dejado de depender de los sueños para decidir cuándo acudir al parque. Algunas noches simplemente iba, sin más razón que el deseo de estar allí, de sentir el frío en la cara y el silencio de los árboles. Si él aparecía, hablaban. Si no, leía. Al principio aquello había parecido una espera, entre la posibilidad y la ausencia. Después dejó de importarle la diferencia. El parque también se había convertido en suyo.
Estaba sentada bajo la farola, el libro abierto sobre las rodillas pero sin leerlo, cuando sintió el cambio. No fue una grieta. No exactamente. Fue algo más sutil, más profundo: el aire se volvió más pesado, como si una presión invisible hubiera descendido sobre el parque. El Instinto que llevaba acompañándola desde niña, aquel que le susurraba cuando algo no estaba bien estaba ahí. Cerró el libro despacio, con movimientos que no querían delatar su alarma.
Una figura se encontraba al otro lado del sendero.
Elara supo inmediatamente que no era humana. El desconocido era alto, demasiado ancho de hombros, con una silueta que la oscuridad parecía incapaz de contener correctamente, como si su forma se desbordara por los bordes de la realidad. Llevaba ropa humana, un abrigo oscuro y botas que apenas se distinguían en la penumbra, pero nada en él conseguía parecer humano. Ni la postura, demasiado inmóvil para ser natural; ni la quietud, demasiado absoluta.
Elara se levantó, y el libro cayó al suelo con un golpe sordo. La figura avanzó, sus pasos no dejaban huellas en la nieve.
—Así que tú eres el motivo —dijo la voz.
Ella retrocedió, y el banco chocó contra la parte posterior de sus rodillas.
—No sé de qué hablas.
—Eso ha sonado convincente. —El hombre inclinó la cabeza, y por un instante sus ojos la recorrieron sin disimulo, como si estuviera evaluando una mercancía o un enigma—. Entiendo la curiosidad. Aunque esperaba algo más... extraordinario.
Elara sintió náuseas, pero no apartó la mirada. No se permitió hacerlo.
—¿Quién eres?
—Una pregunta excelente. Podrías llamarme compañero de trabajo.
Las sombras detrás de Elara se retorcieron, y ella sintió que algo se movía en el aire, un desplazamiento que precedía al caos. No tuvo tiempo de reaccionar. Varek apareció entre ambos. No atravesó el sendero, no salió de una grieta visible, no anunció su llegada con ningún sonido.Simplemente estaba allí de pronto, como si siempre hubiera estado allí. Pero esta vez no había calma. Varek tenía una mano alrededor de la garganta de Uldred, levantándolo del suelo y los ojos completamente rojos.
Elara nunca había visto a Varek moverse así. Nunca había visto lo que escondía bajo aquella máscara de control que había aprendido a leer con el tiempo. La apariencia humana se había quebrado: sombras oscuras trepaban por sus brazos, sus manos parecían terminar en algo demasiado largo para ser dedos, en garras que se extendían y se contraían con un impulso animal. Las venas de su cuello brillaban ocultas bajo la piel, su aliento, antes casi imperceptible, era ahora un chorro de vapor caliente que se mezclaba con el frío de la noche.
—Ahí está —jadeó Uldred, con esfuerzo, pero con diversión—. El guardián pierde los estribos.
Varek apretó más. La sonrisa de Uldred se distorsionó, pero no desapareció.
—No vuelvas a acercarte a ella —dijo Varek, su voz ya no era humana.
—¿O qué? ¿Me matarás? Aquí, delante de ella.
Varek no respondió, pero la sombra a su alrededor se expandió, tragándose la luz de la farola. Elara sintió un frío que no provenía del invierno, sino de un abismo antiguo. Sus piernas temblaban, pero dio un paso adelante.
—Te disuelvo aquí mismo.
—Varek.
Él no giró la cabeza. Sus ojos seguían fijos en Uldred, brillando con un rojo furioso.
—Varek —repitió ella, su voz era temblorosa—. Déjalo.
Esta vez giró ligeramente el rostro, apenas un grado, apenas un movimiento que rompiera su concentración. Uldred golpeó su brazo, se liberó y cayó al suelo, rodando sobre la nieve antes de ponerse en pie con una agilidad que contradecía su tamaño. Varek iba a lanzarse de nuevo, iba a cerrar la distancia que los separaba, cuando Elara habló.
—No.
Se detuvo. Sus dedos, que ya eran garras, se relajaron, y su respiración, antes entrecortada, volvió a ser regular. Elara sostuvo su mirada, y en sus ojos grises no había miedo.
Uldred se incorporó, sacudiéndose la nieve de la chaqueta, y sus ojos se posaron primero en Elara, después en Varek. Su sonrisa creció, en ella había algo parecido a la admiración.
—Interesante —murmuró Uldred, mirándose las manos donde aún quedaban las marcas rojas de los dedos de Varek—. Muy interesante.
Varek se colocó entre Uldred y Elara. Respiraba con dificultad, no por cansancio, sino por la contención de una violencia que amenazaba con desbordarse.
—Vete —ordenó Varek.
—No he venido por ella —dijo Uldred, ajustándose el cuello del abrigo—. He venido por ti. O más bien, por lo que te hace débil.