CERNUNNOS.
DOS DÍAS DESPUÉS DEL ENCUENTRO EN EL INFIERNO.
Elara llegó antes que Varek aquella noche. Hacía tiempo que había dejado de depender de las visiones o de los sueños fragmentados para decidir en qué momento debía acudir al parque; algunas noches simplemente se calzaba las botas, envolvía su bufanda alrededor del cuello y salía, sin más razón que la necesidad de estar allí, de sentir el frío en la cara y el silencio de los árboles. Si él aparecía, hablaban; si no lo hacía, ella leía. Al principio, aquella incertidumbre se había parecido demasiado a una espera, entre la posibilidad y la ausencia, pero con el paso de los días dejó de importarle la diferencia.
Estaba sentada bajo el tenue halo amarillo de la farola, el libro abierto sobre las rodillas pero sin leerlo, cuando sintió la alteración. No fue la fractura violenta de una grieta rasgando la realidad, no exactamente, sino algo mucho más sutil y aterradoramente profundo. El aire se volvió denso y pesado a su alrededor. El Instinto que la acompañaba desde que era una niña se despertó bruscamente en su interior; no gritó, porque nunca lo hacía, pero dejó tras de sí una certeza fría y acerada incrustada bajo sus costillas: algo no estaba bien.
Procurando que sus movimientos no delataran la alarma que amenazaba con acelerar su pulso, Elara cerró el libro despacio. Fue entonces cuando lo vio. Había una figura erguida al otro lado del sendero helado y supo, con una claridad instantánea y primitiva, que no era humana. El desconocido era monstruosamente alto y demasiado ancho de hombros, poseedor de una silueta que la misma oscuridad parecía incapaz de contener de forma adecuada; daba la impresión de que su verdadera forma se desbordaba por los márgenes de la realidad y que las sombras de la noche se veían obligadas a corregir su contorno a cada segundo. Llevaba ropa humana, un abrigo oscuro y botas que apenas se distinguían en la penumbra, pero absolutamente nada en él lograba parecer terrenal: ni la postura ríspida, ni la quietud absoluta con la que permanecía de pie, ni esa manera depredadora de observarla sin necesidad de mover un solo músculo.
Elara se levantó de golpe. Sorprendido por la brusquedad del movimiento, el libro resbaló de su regazo y cayó sobre la nieve con un golpe sordo y sordo. El desconocido echó a andar hacia ella, y lo más inquietante fue que sus botas pesadas no dejaron una sola huella sobre el manto blanco.
—Así que tú eres el motivo —dijo.
Elara dio un paso atrás, retrocediendo a ciegas hasta que la parte posterior de sus rodillas chocó contra la madera congelada del banco.
—No sé de qué hablas.
—Eso ha sonado convincente. —El hombre inclinó ligeramente la cabeza. Sus ojos la recorrieron sin disimulo, despacio, pulgada a pulgada, como si estuviera examinando una mercancía recién adquirida o intentando resolver un enigma indeseable.—. Entiendo la curiosidad. Aunque esperaba algo más... extraordinario.
Elara sintió náuseas, pero no apartó la mirada. No se permitió hacerlo.
—¿Quién eres?
—Una pregunta excelente —sonrió, revelando una expresión demasiado humana para ser real—. Podrías llamarme compañero de trabajo.
Las sombras que se proyectaban detrás de Elara se estremecieron bruscamente. Sintió un desplazamiento en el aire, esa alteración mínima y vibrante que precedía a la apertura de una grieta infernal. Sin embargo, no tuvo tiempo de reaccionar ni de echar a correr.
—Uldred.
La voz de Varek se escuchó por el parque. Un segundo antes no estaba ahí; al siguiente, ya había agarrado al desconocido por el cuello con una fuerza que no parecía humana, levantándolo del suelo sin ningún esfuerzo.
Elara apenas consiguió contener el aliento, nunca había visto a Varek moverse con semejante velocidad. Nunca había presenciado aquello que luchaba por salir tras su apariencia humana. Tenía los ojos completamente rojos, como si le ardieran por dentro, y unas sombras oscuras le subían por los brazos igual que venas a punto de estallar. Las manos ya no parecían las de siempre: los dedos se le habían convertido en unas garras largas, negras y afiladas que se movían solas, como si tuvieran vida propia, con un impulso más de animal que de persona. En el cuello, donde siempre había tenido la piel pálida, ahora parecía que le saliera luz desde dentro. Y cuando respiraba, echaba un vaho espeso y caliente que sonaba raro al chocar con el frío del parque.
—Ahí está —jadeó Uldred, cuya sonrisa, lejos de apagarse aun estando suspendido en el aire por el cuello, se ensanchó—. El guardián pierde los estribos.
Varek apretó aún más la mano. La sonrisa de Uldred se deformó bajo la presión de sus nudillos, pero no desapareció.
—No vuelvas a acercarte a ella.
—¿O qué? —Uldred consiguió articular las palabras a través de los dedos demoníacos que le oprimían la tráquea—. ¿Me matarás? ¿Aquí? ¿Delante de ella?
La oscuridad que rodeaba a Varek se desbordó de golpe, como si ya no pudiera contenerse, y la luz amarillenta de la farola parpadeó hasta quedar en un hilo apenas visible. Elara sintió un frío que le calaba hasta los huesos, pero no era por la nieve ni por el viento helado del invierno; era algo mucho más antiguo, una sensación de vacío tan profundo y desolado que, por un instante terrorífico, tuvo la impresión de estar atisbando un abismo donde la luz jamás había existido. Le temblaron las piernas bajo el peso de esa aura aplastante, pero, aun así, dio un paso al frente.