LA TORMENTA QUE SE AVECINA
Elena
Hace 12 años
Verano de 2014.
Murgia, Álava (País Vasco)
El calor sofocante se va apagando poco a poco, dando lugar al fresco de la tarde. Recorro las calles de Murgia, el pueblo que me vio crecer. Sonrío a la gente con la que me voy cruzando, ya que al ser pequeño todo el mundo me conoce, la nieta de Jon y Amaia.
Mis abuelos vivían en una casa junto a la Torre de San Martín. Todos los veranos los pasaba con ellos, recorriendo sus calles, haciendo amigos nuevos que año tras año volvía a ver… Y luego estaban ellos, la familia Simón Mendibil, amigos de mis abuelos de toda la vida, que vivían en la casa de al lado. Sus hijos eran amigos de mis padres y su hija, la mejor amiga de mi madre, era mi madrina. Después llegamos los nietos, que llenamos todo de vida.
Entre ellos estaba Unai, hijo de mi madrina, un año menor que yo, alegre, sincero, amable y mi mejor amigo. Ese amigo al que le cuentas todo, te conoce a la perfección y con el que has pasado por un millón de cosas juntos.
Unai quería ser futbolista profesional y había dejado todo, su hogar, sus amigos, para trasladarse a Bilbao y comenzar a jugar en la cantera del Athletic Club, uno de los mejores equipos del país. Estaba orgullosa de él, de que siguiera persiguiendo sus sueños y que trabajase tan duro para conseguirlo, pero verlo cumplir sus metas estaba haciendo que lo perdiera.
Ya no era el mismo de siempre, ya no llamaba como antes, no preguntaba, ni siquiera lo veía durante las vacaciones tanto como antes. Entiendo que ahora tiene responsabilidades, pero estaba descuidando a su familia, a sus amigos, a mí.
Y luego estaba ella, Clara, la novia que se había echado en Bilbao y con la que llevaba dos años. Ella era… la peor persona con la que me había cruzado en mi corta vida.
No soportaba estar en la misma habitación que ella y era algo mutuo. Desde el principio no la caí bien, siempre tenía una mueca de disgusto cada vez que me veía, me miraba con desprecio, se burlaba… Hacia cualquier cosa con la que pudiera hacerme daño. Pero me daba igual, no me inmutaba con sus provocaciones. Al principio lo intenté, conocerla, hacerme su amiga, por él, pero con solo dos días, supe que jamás seríamos amigas.
Lo que más daño me hacía no era la manera que tenía ella de tratarme, sino cómo esa relación había cambiado a Unai. Él ya no era el mismo, cuando estaban los dos en la misma habitación conmigo estaba tenso, siempre a su lado, me respondía lo justo, ni siquiera me miraba, era cómo si yo no existiera para él.
Entiendo que cuando una persona está enamorada de otra solo tiene ojos para esa persona, que los demás desaparecen, pero tanto como para hacerla caso en todo, seguirla a ciegas…
Me dolía, ya no solo por el hecho de que estuviera perdida y jodidamente enamorada de él en secreto, y verlo con ella me partiera el corazón en dos. Sino que estaba perdiendo a mi mejor amigo. No me importaba no tenerlo nunca, si con eso él seguía formando parte de mi vida como mi mejor amigo. Pero ahora… Las cosas estaban cambiando, ya no me sentía igual de cómoda que siempre con él, ya no le contaba mis cosas, ni nos reíamos juntos… Ya no era mi Unai, el chico que me protegía de todo, con el que estaba segura entre sus brazos y siempre era capaz de hacerme sonreír cuando nadie más podía.
Y aquí estoy, recorriendo las calles del pueblo huyendo de la fiesta que habían organizado sus abuelos en su jardín para ambas familias, como hacían cada verano para reunirnos todos juntos.
Huir de allí fue la mejor decisión porque me estaba asfixiando, no soportaba verlo, no podía mirarlo a los ojos sabiendo lo que sabía y callarme. Encima estaba ella a su lado, no se despaga de él y solo se dedicaba a mirarme de forma asesina y a meterse conmigo por cualquier cosa.
Así que cansada de todo salí, necesitaba respirar y aclarar mis ideas. Sé lo que tenía que hacer, hablar con él, porque si llega a enterarse por otra persona y no por mí, sabiendo lo que sé, será peor. Tiene que saberlo, pero… No quiero destrozarlo, sé que si se lo cuento lo voy a romper y no quiero hacerle daño. Pero que le estén viendo la cara de tonto tampoco quiero.
Tengo que decírselo.
¿Pero cómo le dices a una persona que quieres que su novia le ha puesto los cuernos sabiendo el daño que esas palabras le van a causar?
¿Cómo?
No hay ninguna guía que explique cómo contárselo a un amigo y ya no solo eso, sino que encima que te crea sin pruebas, simplemente con lo que estás diciendo.
Estoy echa un lío, mi cabeza me dice que se lo cuente, que no hacerlo será peor, pero mi corazón me dice que no, que no soportaría verlo sufrir. Pero sé que tengo que hacerlo. Tengo que decírselo.
Lo sé porque mis pasos me han llevado de nuevo a su casa, a la entrada del jardín. El silencio es absoluto y me extraña no escuchar las voces de mis padres o de cualquiera de los miembros de ambas familias, pero al mirar al cielo entiendo por qué. No me había dado cuenta de que la noche había caído mientras paseaba por el pueblo.
Atravieso la verja del jardín y camino en silencio mirando a todas partes por si está allí. Entrecierro los ojos hasta que al final lo localizo, está sentado junto a un árbol, solo y sin hacer nada.
Camino hasta él parándome justo a su lado.
—Hola —susurro rompiendo el silencio—, ¿puedo sentarme? —pregunto con cautela.
—Claro —me responde con una pequeña sonrisa.
Me siento a su lado, miro al cielo viendo como las estrellas brillan con fuerza y suspiro con fuerza, sabiendo a lo que he venido, a la tormenta que se avecina.
—Tenemos que hablar, Unai —digo seria mientras lo miro a los ojos.
Su mirada cambia al ver mi semblante, su ceño se frunce y en sus ojos puedo ver preocupación.