La señora Alba abrió la nevera. No para buscar una jarra de jugo de naranja fría, no había luz, sino para extraer de ella un sartén de teflón que cuidaba como a su vida.
Sin luz, la nevera prestaba otros servicios. Allí guardaba sartenes, las refractarias para el horno, la olla esmaltada que su madre le regaló en la Navidad pasada, la jarra de cristal con doce vasos que ganó su hijo en un sorteo en el supermercado.
Suspiró mientras evocaba aquel festejo. Ese día se gastaron una fortuna: mercado para dos meses, algo de ropa y visita al salón de belleza, todo gracias al bono de sus hijos y la prima.
Alba miró en dirección al jardín. Con altos y bajos, corte de luz, casamiento cancelado y agua a baldazos, la familia se sostenía.
La voz del señor Robin pidiéndole una taza de café la hizo girarse.
— Querido, voy al mercado, regreso en unas horas.
— Alba, aprovechemos hacer los pagos que tenemos pendientes, la cuota del banco venció ayer — su esposo le dio un beso, mientras tomaba su portafolio y salía a prisa. Cuatro clientes para visitar en el día ya era una bendición. — Alba, con lo que te quede, intenta estirarlo.
Ella sabía perfectamente cómo estirar quincenas y bonos, con sus postrecitos, sus costuras y su nuevo proyecto: tortas artesanales hechas en casa, a mano limpia, sin batidora, ni ayuda extra.
Sobre la mesa ya reposadas comenzaba a empacarlas para salir a venderlas, y qué mejor lugar para darlas a conocer, que la tienda donde su hija trabajaba.
La señora Alba se quitó el delantal, cambió su vestido, se perfumó y, tomando su cartera y carrito de compras, partió feliz, sonriente y llena de brillos... Cremita que le habían dado los chicos.
“La felicidad no tiene estatus, ni condiciones, ni horarios, ni contrato, es un estado del corazón que mantiene el alma”, leyó en su librito que mantenía con ella, “Frases Para Tu Día”.
— Vaya, y qué maravilloso día — se colocó sus lentes, mientras se perdía entre la multitud.
“House Makinthon” La gran tienda por departamentos, lanzaba su ofertón de la semana: compre dos y llévese el tercer producto con el sesenta por ciento, compre tres, lleve su boleta para el sorteo del mes, una vajilla de veinticuatro puestos, estilo “Monarquía”, y por la compra de seis artículos, uno por departamento, le damos un artículo de jardinería, totalmente gratis.
Teresita leía el letrero remarcando las últimas palabras G R A T I S… Y treinta por ciento en todos los artículos de hogar, niños, luces, juguetes, ropa, regalos y accesorios de cocina.
Mientras que Soledad, del área de lencería de hogar y colchones, reía:
— Uh, que tontería, esta promoción… ayer cinco mil, hoy, cuatro mil, novecientos noventa. Pero, en fin, Borlando no sabe nada de publicidad, ocupa el puesto por pura burocracia, esos letreros los debió de hacer su esposa, la pobre trabaja todo el día en un jardín infantil, desagradecido, debería pagarle.
— Ay hermanas… hagamos brillar el día, que así sea, muchas ventas, vienen caminando, repitan conmigo “Atraigo y pido luz en mi camino, todos nos apoyamos, si a m é n n n... así será” — dijo Lucy, que siempre parecía vivir en un plano trascendental, espiritual de armonía.
— Lucy, ¿qué tonterías dices? — Soledad tomaba varios panfletos y se largaba enojada — que amén ni que nada. “Hay que producir, y dar ventas a los jefes”.
Alizza llegaba cargada con su caja de lámparas, para remates.
La señora Tayjili, de la sección de cosméticos, traía una cesta.
Lucy saltó sobre ella:
— Oh, que lindo, descuentos del treinta y cincuenta… es el universo, hermana, me pienso comprar varios labiales — Lucy comenzaba a escoger.
Tayjili gritó:
— Ay, yo que tú, no compraría esos labiales, están en oferta porque son tonos pasados de moda… Lucy, querida, compra algo que sirva — le daba una palmada en la mano.
— Ah, lo nuevo nunca tiene descuento — aseguraba Teresa.
Alizza daba una mirada a la gran cesta de remates.
— Alizza, ¿y qué comprarás tú, hermanita?
— Creo que tú deberías comprar algunas lamparitas, así ayudas al universo a cuadrar el inventario choneto que me dejaste —
— No las dañé a propósito, solo algunas se echaron a perder… pero mira, están armoniosas, encendiendo sus lucecitas… bendiciones —
Lucy hizo una reverencia.
— ¿Estás en una secta o qué? — Teresa explayaba sus manos.
Las miradas se centraron en Lucy.
— Bien, mi bono sufrirá otro extravío este mes, y las promociones son cacharros que tenemos en bodega, perfumes pachulí, accesorios de los setenta, ochenta, y algo de los 2.000, y los precios están elevados, así, al comprar sientes ese aire fresco de “compré a mitad de precio” claro que, algo es algo, así sea algo viejo, muy viejo — Alizza era llamada a su sección. Otro par de señoras en busca de esferitas. La sensación del momento era la lámpara de cuerda, hecha en casa… jajaja… Ella sí, que tenía un real ofertón.
El reloj marcó las nueve y media, Alizza se despidió de sus compañeras, Lucy les entregaba un estuche a cada una con una pieza de torta, comprada a una señora con lentes y bolsito coqueto.
Después de una hora, Alizza llegaba a casa, al ingresar prendía su linterna, hasta llegar a la cocina, donde una luz se encendió y al canto de… “Aquí está la jarrita, pa ver, lo que vamos a brindar” su madre la tomaba del brazo acomodándola en su puesto. La mesa estaba llena de varios platillos, arroz frito, pollo al horno, papas a la crema, ensalada verde y… claro, la luz como candelero filial.
Después de cenar, brindar con limonada, y lavar los tratos, todos se fueron a dormir.
Alizza encendió la lamparita de su escritorio. Tomó su pluma y apuntó.
Nota de diario – 11:45 p.m. En la habitación, sin linterna y con luz a solas.
Querida Vida: Hoy fue un día especial, mamá hizo su arroz frito, pollo, y ensalada, su mirada era brillante, parecía que habíamos ganado la lotería, pero se debe a un milagro, pagar la luz, en Génesis narra ese momento, Dios dijo; Hágase la luz, y fue la luz, hoy en casa sucedió, al contrario, Papá quizás dijo, Paga la luz, y mamá estiró el dinero… vendí ocho lámparas, un avance, y como dice la hermana Amén, que así siga la venta… Att; Alizza, no Milano y con luz en mano.