Sigue Las Estrellas

Capítulo 6 Papá Sí Tiene Quien Le Escriba

Para variar, esa mañana la cocina estaba envuelta en un pequeño caos. Una bolsa llena de recipientes, servilletas y cucharas plásticas. Una cesta. Un carrito de compras. Al costado, la señora Alba sonreía mientras contaba detalladamente: setenta pastelitos, que cubrió rápido al escuchar la voz de su esposo.

—Alba, ¿recuerdas dónde está mi traje gris?
—En el mismo lugar de siempre. En el armario de Alizza. La última vez lo mandamos a la lavandería, la que está cerca de su trabajo, ahí hacen dos por uno.
—Ah, con razón no lo veía. ¿Y sabes dónde están mis zapatos de cuero?
—En el cuartito del fondo, en su caja, limpios y en su bolsa.
—¿Y la corbata rosada...?
—Esa corbata está descolorida. Te compré una nueva, gris plomo con visos, en la tercera gaveta de nuestro clóset.
—Gracias, cariño. Es que tengo una reunión con un cliente, quiere adquirir una enciclopedia para su hijo.
—Pues es un milagro. Ahora todo lo leen en el celular, no quieren saborear el conocimiento a través de la lectura. En mis tiempos yo leí muchos libros.

Un grito en la cocina los hizo girarse, justo en el momento en que el chocolate hervía.
—¡Papá... es terrible... angustioso...! ¡Te escribieron... una carta...! ¡Papá, ¿no que a ti nadie te escribía!

Alba y su esposo se miraron.
—Ay, hijo —dijo Alba, sin dejar de contar pastelitos—. Tu padre sí tiene quien le escriba... su hermana, la pedigüeña. Alizza miró a sus padres. Nada le extrañaba de la tía, ella aparecía y pedía dinero, sin ton ni son.

Después de tomar chocolate casi hirviendo y salir corriendo con sus tacones en mano, Alizza se miraba rápidamente en el espejo, un toque de labial, un mechón que se acomodaba y… la tarjeta del cajero en mano. El autobús estaría dando la vuelta en la esquina, corrió, y al llegar, subió con rapidez. Al sentarse y abrir la ventana, la ráfaga de viento era perfecta. Lucy se acercó.

—Alizza, buenos días, el universo te desea hoy muchas buenas vibras, deseo que te vaya super beautiful, con el inventario, A.M.E.N.… abracito universal —Lucy sonreía. Alizza le miró, frunciendo el ceño.

—Los inventarios no se acomodan por arte de magia, la magia verdadera estuvo en la cola y el carrete de cabuya —dijo mientras tomaba su espejo para pintar sus cejas.

—Ay, hermana, serénate, anoche encendí un toque de buena hier... —Teresa subía al auto con su pantalón rosado, botas y blusa rosa malva —claro, a juego con su bolso, corbata de cabello y reloj— lanzando su grito mañanero:
—¡CHICAS HERMOSAS... LAS AMOOOO... SOMOS LAS TEXAS POWERRRR!

Como era de esperarse, Soledad ni se inmutó, leía el librito de indicaciones de las nuevas almohadas. Estelita reía mientras susurraba:
—Yo siempre he tenido curiosidad, ¿en realidad lee esos folletos tan hartos?
—Shiiii... hermana, no rompas su concentración, se puede desarmonizar, no es bueno que se desajuste, se pondrá como co-co-dri-lo... amarla mucho, necesita luz..

El autobús llegaba a la tienda, al bajar y marcar tarjeta, cada una se fue a su área. En el camino a su tienda de luces, Alizza susurró a su pequeña esfera:
—Justo ahora, es donde llegará Borlando con sus chistes flojos, y su cabello lleno de...
Borlando saludaba y les daba arengas:
—Vamos señoras, a trabajar, menos charla, y recuerden, Makinthon... la estrella de tu hogar... a brillarrrrrrr.

Mientras Alizza hacía mil piruetas armando los faltantes, la señora Alba y su esposo salían a visitar un cliente, la venta podría dejar una buena comisión, algo vital para la familia, la casa necesitaba con urgencia refacciones.
—Alba, no te vayas a olvidar, justo cuando tenga unos cinco o siete minutos, tú haces que vas como si nada, y ves los libros y ahí interactuamos, eso motiva al cliente.
—Tú tranquilo, yo sé las líneas de mi libreto.
Cuando llegaron a la esquina, Alba cruzaba la calle y el señor Robin pulsaba el timbre.
—Muy buenos días, mucho gusto, Robin Trenton de Editorial La Luz, ¿cómo me le va, mi señor?
Un hombre de rostro fruncido y mirada de pocos amigos hizo señas de que se acomodara donde mejor le pareciese. Robin, acostumbrado a ver caras largas y ceños fruncidos, sonreía.
—Me alegra que su día esté genial, mire lo que le traje, esta bella enciclopedia juvenil ilustrada de geografía, tapa dura, con diccionario y guías.
El hombre cabeceaba, sin decidir nada. En ese momento una señora cruzaba la avenida.
—Buenos días, caballeros, ¡Ohhh... pero ¡qué es esto! Justo lo que mi nieto me preguntó hace días, es que ya no hacen libros como los de antes, yo le digo, Carlo, no es igual un teléfono para estudiar... ¡qué belleza! ¿Qué costo tiene?
El señor Robin atendió a la inquieta señora diciéndole que era su día de suerte, justo estaba en promoción. La señora se llevaba tres tomos y de regalo un estuche de tres marcadores. El hombre que había estado frunciendo el ceño hizo un gesto y al final, cuando estaba por pagar, sus hijos salieron: una enciclopedia y dos novelas de ciencia ficción.
El señor Robin se despedía. Al llegar a la esquina se persignó, guardando su sagrada venta en su cartera.

Horas más tarde, en casa, mientras la familia cenaba, Alba contaba su papel estelar de compradora de libros. Alizza les miró, sí que eran divertidos. De repente, Rodfer llegaba con una maleta.
—Hijo, ¿dónde vas? —Rodfer le miró mientras se giraba.
—Familia, ya llegué... espero no incomodarles.
—Cuñada, sigue... sin pena.
Tomaron té y platicaron. Alizza se despedía, debía madrugar. Entró en su habitación y tomó su diario.

Nota de diario – 10:28 p.m.
Querida Vida:

En proceso mental, llegó la tía que supuestamente no escribía, ahora somos cinco, y el chocolate tendrá más agüita... espero que esta visita no se extienda, hay familia que nunca te llama, pero bien que aparecen con maleta en mano y esperando baucher.
Att: Alizza, sin pensamientos malos, y sin ese Milano.




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