Alba y Robin platicaban animadamente sobre las remodelaciones que harían. Un poquito de pintura por aquí, otro retoque por allá, y la cocina: pintura a los muebles vintage, cambiar el mesón y pintar el comedor.
Alba estaba animada. Después de cerrar números, revisar el catálogo de pinturas y colocar los billetes en orden en su pequeña cartera, se colocó sus lentes de sol y, tomando su carrito de compras, salió rumbo a sus actividades: vender sus pastelitos y visitar la tienda de materiales.
Apenas había avanzado unos pasos y tuvo la mala fortuna de ver a Rossy Blasco. Lucía chistosa, casi la confunde con un papagayo. En fin, la ignoraría.
— ¡Alba, qué sorpresa! Hace meses que no te veo, ¿todavía con rencor?
Alba acomodó sus lentes con donaire.
— Para nada, ¿cómo crees? Para mi hija es como... aquella película... el amor, a veces le da cólera, o algo parecido.
Rossy acomodaba su cabello sin lograr unir las piezas.
— No te entendí nada.
— Quiero decir, que es una tontería que mi hija se eche a morir por eso. Sin cólera, la vida es mejor... Mira, mejor te ofrezco pastelitos, ricos, económicos y recién horneados. Ay, no te dé pena, después lo pagas. Toma.
Alba le daba tres y la cuenta, tenía que hacer su venta.
— Mira qué bellos: zanahoria, da buena vista, melocotón, endulza el corazón y fresa... fresa para la fiesta.
Alba se despedía dejándole el estuche en manos, mientras sonreía divertida, tres ventas de un solo tirón. Robin, que vende libros, también se marchaba con su bolso y paquetes promoción. Alizza se iba a Makinthon, a la sección luces, y Rodfer a trabajar. Qué mejor día que un sábado de mucha emoción.
Tula Trenton despertó al sentir un rayo de sol que entraba por la rendija de la ventana. Se colocó de pie rápidamente, lanzando el cobertor sobre la cama para tenderla. Al llegar a la cocina, vio una nota.
"Tula, chocolate en la tetera, hay pan en la cesta sobre el refrigerador, y huevos en la cesta del rincón".
Encendió la hornilla y, al abrir el horno, se quedó asombrada. Tortas, y de esas que a ella le encantaban.
Para amenizar la mañana, Tula encendió la bocina de la cocina.
— Hola, soy Tula, quiero escuchar a Madonna.
Nadie respondió.
— En esta casa están súper atrasados, ¿cómo es posible que te hable y no respondas...? Mamá tiene una que se llama Alexa. Bueno, te perdono, peor es nada.
Después de lograr conectar su teléfono, la música inició, mientras ella cantaba a los gritos, desafinada, cual perico.
Quiso lavar. Echó medio pote de jabón en el cuarto de lavado. El cuarto se volvió un mar de espuma blanca que salía por la puerta.
Quiso regar las plantas. Agarró la manguera, la jaló y dejó la casa sin agua.
Quiso cocinar. Hizo una pasta que parecía engrudo y una ensalada con trozos de cebolla enormes, que hacían llorar solo de verlos. Quiso guisar un pollo, varias piezas terminaron pegadas al fondo de la olla. La tía se apuraba con los quehaceres, lo importante era la buena voluntad.
Pasado el mediodía la familia Trenton regresaba a casa. Era sábado y, por buena fortuna, Alizza había solicitado permiso, se tomaría la tarde para ir a la modista, se avecinaba el aniversario de la empresa y se festejaba por todo lo alto.
Sus pies estaban por subir la escalinata del autobús, cuando su madre la llamaba, estaba frente a la tienda.
— Mamá, ya cruzo hacia donde estás tú, no te preocupes, no hay problema... puedo ir el lunes, el descanso me vendrá bien igualmente.
De camino a casa charlaron sobre las ventas de sus pastelitos, de la casa y la pintura nueva. Cuando llegaron frente a la casa se miraron, el asombro era grande.
Abrieron la puerta y la casa era un desastre. Espuma en el cuarto de lavado, sin agua, olor a pasta pegada y cebolla cruda. Pollo guisado casi quemado, muebles con jabón, y en medio de la sala, Tula bailando con sus zapatillas finas y medias amarillas, licra rosa y camisa de flores. Bailaba con la escoba, eso sí, desafinada totalmente.
Por suerte ellas no tenían bocina inteligente, de lo contrario hasta Alexa habría salido espantada.
— ¡Tía, ha pasado un huracán por aquí!
— ¡Llegaron por fin!... querida, se me pasó la mano un poco con el jabón, pero vengan, ya les hice la comida, algo tostadito, pero sabe bien — el señor Robin y Rodfer llegaban justo para unirse al "banquete tostado". Todos fueron empujados al comedor. Al colocar los platos, ella sonreía divertida. Alba se apresuró a buscar un arroz que tenía listo y verduras.
— Miren qué belleza, arroz frito, verduras y algo de pollo medio rostizado, con una salsita se cubre. Ni modo, el hambre no esperaba.
La señora Alba organizó y con ayuda de su marido e hijos limpiaban. El señor Robin hizo un pequeño parapeto para colocar una manguera que iba del jardín, pasando por la ventana al interior, llenar baldes y cargar agua.
En la noche, después de tomar té y comer galletitas de coco de mamá Alba...
En la habitación, a solas y con luz por suerte, Alizza plasmó:
Nota de diario 1.56 p. m., sin agua, casa hecha rollo y mucho alboroto.
Querida Vida: hay visitas que parecen pesadas, pero en el fondo quizás buscan llamar nuestra atención. Mamá, por suerte, es serena y todo lo procesa, como la nueva procesadora que Rodfer le regaló en estos días. Creo que la tía Tula es una niña en un cuerpo grande, sola y arrinconada cual oveja negra familiar. En la tienda las cosas están en el mismo punto, ajusté el inventario haciendo mil maromas, como si fuera Chita, pero sin mi Tarzán... Si tía Tula es solterona y solo quiere divertirse, entonces ¿qué seré yo?... Creo que dormiré escuchando a Cyndi… ¡PORQUE YO TAMBIÉN, SOLO QUIERO DIVERSIONNNNNNN!
Att. Alizza, sin pizza, ni risa, y sin onda de MILANO.