La familia se organizaba para la rutina sagrada del domingo: sermón, desayuno fuera de casa y, de paso, comprar las verduras y los víveres de la semana.
Al salir, avanzaron por la avenida rogando con fe no encontrarse con los Blasco. Y fue una suerte, por lo menos de ida, el enemigo ni se vio a la vista.
Al llegar a la iglesia, se centraron en los cantos, rezar y escuchar atentamente. Hasta que llegó el momento de dar la paz.
El reverendo, con esa voz que parecía hablar directo a los Trenton, dijo: “Hay que amar a nuestros enemigos, a tu enemigo.” O eso es lo que escuchó Alizza, en el altoparlante.
Y minutos después… “Como hermanos, démonos el saludo de la paz”.
Alizza se giró. Y claro. A dos bancas. Los enemigos… es decir, los Blasco.
Allí estaban, como fiel representación de una secta de traidores, fingiendo esa modesta humildad de domingo. Se cruzaron en un acto de calidez espiritual obligatoria. Sonrisas tensas. Manos estiradas.
Alizza suspiró. Levantó la mano, la agitó como si fuera una reina saludando a su pueblo y soltó un cálido:
—Que la paz sea primero conmigo, no contigo...
Alba dejó escapar una risita.
Y qué bueno que no se escuchó. Entre los cantos, las buenas intenciones se perdieron.
Al salir, la señora Alba, ya liberada y renovada por el destello del consumo, propuso: comer unos deliciosos sándwiches de pollo y tocino, helado, de paso comprar cortinas nuevas, sartén y ver la promoción del día. Después de cuatro horas de vueltas por aquí y por allá, la familia tomaba el taxi a casa con paquetes a bordo. Al llegar a la cocina, Alba descargó las bolsas y se dispuso a lavar.
El traje de su esposo, la chaqueta de jean de su hijo y el vestido de Alizza. Perfumó las prendas y las colgó, y como buena ama de casa, calculó. Sol. Brisita. Buen tiempo. Ideal para secar. Así que se animó y agregó el resto: las sábanas, los delantales de su hija, una licra de Tula y, por supuesto, su chalina preferida. Todo quedó ahí, colgando, inocente, bajo un cielo que parecía demasiado perfecto
Alizza decidió dar una vuelta por el barrio en su bicicleta junto a su hermano. Necesitaba salir. Necesitaba aire.
Desde lo de Tomy Blasco —desde que lo descubrió con su amiga y rompió el compromiso sin decir nada— llevaba todo guardado. Y hay cosas que no se gritan, se pedalean.
Era divertido y le inyectaba esa adrenalina que la hacía sentir viva de nuevo. Mientras pedaleaban y reían, su mente evocó años atrás, cuando eran chicos, cuando la vida parecía no tener responsabilidades, ni compromisos, ni deudas.
De repente aceleró. Echoes For You, versión de Midnightpetals, la perfecta para impulsarse y dejarse llevar por el viento con los brazos abiertos, porque abrazaba sus recuerdos, y de alguna manera, sus fantasmas.
La tonada en sus audífonos la transportó, como si tuviera alas. Hay canciones que pegan así, que te hacen sentir que cuentan tu historia.
Alizza levantó la voz:
“Still lost in the afterglow... of moments I'll never let go. Even as the world moves on, your ghost still lives in my songs”.
Muchas veces había imaginado aquella escena, ahora la estaba recreando. Sin prisa, sin carreras. El viento fuerte la impulsaba.
— ¡Rodfer, vamos a toda contra el viento! — gritaba riendo, porque por primera vez en semanas sentía que tenía la fuerza de comerse el mundo y no que este se la tragara a ella.
Alba salía corriendo por el patio, agarrando un pedazo de su chalina. La brisa colgaba la ropa en la copa del viejo árbol. Un delantal volaba hasta el tejado y se quedaba atrapado, y las sábanas parecían dignas amigas de Gasparín.
El señor Robin tomaba una vara larga para atrapar su camisa manga larga, blanca, a punto de quedarse sin puños.
— ¡Justo necesito que alguno de los chicos llegue! ¿Dónde andarán? — gritaba Robin.
— ¡Se fueron en las bicis! Deben estar como locos, sabes lo que les encantan los ventarrones — le contestaba Alba, mientras miraba cómo el vestido de Alizza tomaba vuelo.
— ¡Agárralo Robin, que no se vaya!
Pero… algo tarde. El vestido tomaba vuelo… como la vida, cuando agarra pista y se pierde entre las nubes.
Varias gotas de lluvia hicieron su presencia. Ni modo. Lo que se pudo rescatar, Alba lo guardó rápido. Y lo que se había ido, no regresaría.
Una hora después, Alizza y Rodfer llegaban empapados, muertos de la risa. Alba les daba la noticia: las prendas habían volado.
Pero ellos seguían riendo.
Alba frunció el ceño. Ahora vendría lo mejor: sacar la vieja máquina de debajo de la cama, hacer trucos y arreglar la ropa. Esa que… el viento se lleva y arrastra de un lado a otro.
Después del ataque de risa, Alizza carraspeó.
— Mamá, por suerte no lavaste mi vestido.
Alba cruzó la mirada.
— Pues que descanse en paz, se lo llevó el viento.
— Oh, no puede ser. Tengo la reunión... y mucho dinero no hay.
— Tengo un cortecito de tela, y un vestido que no uso hace años, está como nuevo. Te hago un modelo, estilo mamahija.
— ¿Mamahi... qué es eso?
— Un estilo. Estampado en los bordes, manga tres cuartos, falda en capas. Ya verás que va a ser hermoso.
— Ay mamá, tú y tus inventos.
Rodfer soltaba la carcajada.
— Alizza, confía en doña Alba — dijo haciendo una reverencia, mientras tomaba la toalla para ir a la ducha —. Madre, yo... en vos confío.
Alizza se encogió de hombros. No quedaba de otra. Esperar el invento de su madre.
Después de calentar el agua, darse un baño, bajo cobijas y chocolate, tomaba notas.
Nota de diario 11:38 p.m. Houston. Aquí Alizza, ¿allá quién...?
Querida Vida:
Un domingo de ventarrón, lluvia loca y pedaleo frenético. Hoy corrí con mis recuerdos, fue liberador. Y más cuando ves a la familia Blasco.
Mi vestido se fugó. Mamá inventará un tal estilo mamahija, o algo similar. Seré payasín de la noche, pero no hay dinero pa' vestido nuevo. Espero que madre se luzca, el curso de costura debe dar frutos ahora.