Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 1

MAYA

MAYA

Miré a la doctora Dexter con una seguridad que no sentía.

Era fácil.

A veces, fingir podía ser la cosa más sencilla de este jodido mundo.

Solo tenía que esbozar una sonrisa, decir que todo estaba bien, que ya lo estaba superando.

¿Ves?

Fácil.

Era tan sencillo que, a veces, me preguntaba si en realidad sabían que estabas mintiendo, pero no decían nada. Ya fuera por no involucrarse demasiado con la gente o, quizá, porque preferían ser ignorantes antes que cargar con los problemas de los demás.

—Bueno, Maya, ¿has seguido durmiendo con los audífonos? —preguntó la doctora con cautela.

Sí.

—No, ya no duermo con los audífonos —mentí.

La doctora asintió.

—Eso es un gran paso.

No, no es un gran paso, porque no lo estoy haciendo, dijo la voz de mi cabeza.

—Sí, estoy orgullosa de eso.

Sonreí.

Era fácil poner sonrisas falsas.

La doctora anotó algo en su libreta. Siempre me había intrigado saber qué escribía en ella, qué perspectiva tendría de mí o de sus otros pacientes.

La curiosidad era un arma de doble filo.

Podía ser nociva o beneficiosa.

En cualquier caso, el temor a que hubiera escrito «Paranoica» resonaba en mi cabeza como un eco constante.

Desde que tenía uso de razón, me había guiado demasiado por lo visual, por los gestos y por la mirada de la gente.

A veces, los ojos decían mucho más que las palabras y eran capaces de mostrar todo aquello que una persona callaba.

En ese sentido, me había vuelto demasiado analítica.

No era algo que me disgustara.

Pero me abrumaba.

—Bueno, Maya... debemos hablar del otro problema... —dijo lentamente.

Me puse tensa.

—No.

La palabra salió como una sentencia.

—Maya, comprendo que es algo que te da pavor, pero debemos hablar de ello. Necesitamos darte las pautas adecuadas.

—No necesito pautas.

Me crucé de brazos.

—Debemos hablar de tu gestión de las emociones. No es algo con lo que debamos jugar.

Su tono permaneció completamente neutral.

No quería hablar de mis emociones.

Me parecía absurdo.

¿Cómo se puede gestionar algo que aparece de la nada? ¿Algo que surge en momentos específicos por culpa de las situaciones que la vida te pone delante?

Mi abuela había insistido mucho en que hablara de eso con la doctora y, aunque continuamente le decía que sí, que lo haría, siempre terminaba evitándolo.

Odiaba tener que explicar cómo me encontraba.

Odiaba tener que aprender a manejar la ira, la tristeza o la rabia.

Por eso era mejor apagarlas.

Silenciarlas.

Al menos así todos salían ganando.

—¿Sigues escribiendo en el diario? —preguntó con una sonrisa.

—Sí, lo hago todos los días.

La firmeza de mi voz pareció convencerla.

Y esta vez era verdad.

Me gustaba escribir porque, al menos, el papel no me preguntaba cómo estaba ni cómo me sentía.

Nadie sabía lo que escribía en mi diario y agradecía que así fuera.

Si ya de por sí detestaba expresar mis emociones, soportar miradas cargadas de compasión despertaba en mí un odio irracional.

No me gustaba sentirme débil.

Cuando eres débil, la gente ataca.

No duda.

Aprovecha la más mínima grieta para abrirla todavía más, meterse dentro de ti y sacar todo aquello que llevas años intentando esconder.

No.

No, gracias.

No quería que nadie llegara hasta mis grietas.

—Me preocupan mucho tus impulsos cargados de ira. La última vez... ¿qué pasó?

Abrí la boca.

La cerré.

Miré el escritorio de madera blanca.

Me retorcí los dedos.

La ropa me pesaba.

Los recuerdos llegaron a mi mente como ráfagas imposibles de detener.

—Pasaron muchas cosas... —logré decir.

—¿Qué cosas? —preguntó, entrelazando los dedos y apoyando las manos bajo la barbilla.

—No quiero hablar de ello.

—Lo sé. Pero creo que necesitamos hacerlo.

—Ahora mismo ese es el menor de mis problemas.

Mi mandíbula se tensó.

—Maya...

Suspiré.

Claro que sabía que tenía que hablar de ello.

Pero solo recordarlo hacía que la sangre me hirviera.

—No les hice nada a esos chicos, si es lo que quieres saber.

Mi voz salió demasiado a la defensiva.

—Lo sé, pero también sé que descargaste toda tu ira contra la puerta del garaje de tu casa.

—Ellos empezaron y, por muy poco, no fui a por ellos. En lugar de golpearles la cara, descargué toda mi rabia contra la puerta del garaje.

—Comprendo.

No comprendes una mierda, pensé.

No sabías lo que era lidiar con comentarios malintencionados, con burlas o con miradas cargadas de superioridad.

No estabas en mi piel.

Del mismo modo que, si tú me contaras algo parecido, yo tampoco podría decirte cómo deberías sentirte.

Porque la forma en que una persona vive una situación nunca es exactamente igual a la de otra.

—Cada uno tiene una percepción distinta y actúa en consecuencia. Sé que no estuvo bien, pero la verdad... me controlé bastante. En otro momento habría ido directamente a por ellos.

Mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

—Eso es cierto, Maya. Pero lo que pasó terminó con una mano rota.

—Lo sé.

Claro que lo sabía.

No pude hacer el maldito examen de fotografía porque con la izquierda no era tan buena.

Pero...

¿A quién le importa?

A nadie.

Nadie debería meterse en mi vida.

Cuando salí de la sesión, suspiré resignada




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