ROMÁN
Disfruté de la libertad que me daba conducir.
Era algo que siempre me había apasionado.
Sentir cómo el aire se colaba por las ventanillas, la velocidad, la adrenalina, el cigarro entre los labios y la música a todo volumen.
Todos dirían que esos momentos no significaban nada.
Pero, para mí, los detalles más insignificantes lo eran todo.
Era mi forma de vivir.
Todo o nada.
No conocía los puntos intermedios ni las medias tintas.
Por el retrovisor pude ver cómo Will fumaba otro cigarro en la parte trasera, mientras Asher escribía un mensaje en el móvil. Seguramente estaría avisando a Luna de que ya íbamos de camino.
La verdad era que me alegraba de que mi amigo hubiera encontrado por fin a su unicornio.
Luna era una chica excepcional.
Podía decir, sin pelos en la lengua, que estaba hecha para Asher.
Era como si, al verlos juntos, supieras que eran dos piezas del mismo puzle.
Algo alucinante.
Claro está, para quienes creían en esas ñoñerías.
Tú también creías, me recordó la absurda voz de mi cabeza.
Pero tenía razón en una cosa.
Creías.
Ya no.
Las relaciones eran para otros.
No para mí.
Yo era un alma libre.
Odiaba atarme.
Detestaba la palabra compromiso.
Al menos, a día de hoy.
Hubo una época en la que creía en los cuentos de hadas. En la que pensaba que los «para siempre» eran reales.
Con el tiempo, había aprendido que el amor también podía ser sinónimo de daño.
No decía que todas las relaciones terminaran mal.
Ni mucho menos.
Pero las mías sí.
Nadie soportaba mi forma de entregarme.
Ni tampoco la manera en la que amaba.
Demasiado intenso.
Demasiado absorbente.
Según unas, yo era el malo.
Según mi versión, ellas eran las malas.
¿Quién tenía razón?
Probablemente, ambas partes.
Cada uno vivía la relación desde una perspectiva diferente.
No había buenos ni malos.
Solo un inmenso color gris invadiéndolo todo.
—¿Luna habrá hecho su famosa tarta de zanahoria? —pregunté, mirando a Asher.
—Sí. Que sepas que la ha hecho por ti. Adoro a Luna, pero no es la mejor repostera que conozco.
Se rió por lo bajo.
Chasqueé la lengua.
—Eso es que no tienes paladar.
Sonreí.
—Mejor. Más para mí.
Aceleré un poco más.
Aparqué de cualquier manera por la zona.
Observé la casa de dos plantas que se alzaba ante mí.
Aún se me hacía difícil creer que cuatro chicas pudieran vivir allí.
Aunque, claro, Rebecca Stone podía permitírselo.
Aun así, impresionaba.
Silbé al verla.
—Siempre haces lo mismo —se metió conmigo Evan.
—Es que cada vez que veo esta casa tengo que silbar. Ya es una tradición.
Lo dije con total convicción.
—¿Desde cuándo? —preguntó Will, alzando una ceja.
—Desde hoy.
Di el tema por zanjado.
Abrimos la valla blanca y seguimos el camino de piedra hasta la puerta de madera.
Asher llamó al timbre.
Enseguida apareció Avril.
Su cabello avellana y sus ojos verdosos asomaron tras la puerta, acompañados de una sonrisa delicada que iluminó su rostro.
—Hola, pasad.
—¿Has corrido? —me atreví a preguntar.
—No, no he corrido. He andado rápido. Luna está inmersa en la cocina y Rebecca se está duchando.
Soltó una pequeña carcajada.
Entramos en la casa y, al instante, una agradable sensación de calidez nos envolvió.
Solté un suspiro.
El olor a comida inundó mis fosas nasales.
Evan se apresuró a coger el aparato de Avril.
Ella le dedicó esa sonrisa tan suya, tan luminosa.
—Muchas gracias, aunque puedo sola.
Evan solo la miró.
Se encogió de hombros y caminó junto a ella hasta el sillón.
Vi que estaba dibujando el boceto de algo.
Seguramente un vestido.
Varias telas descansaban esparcidas por el suelo, junto al costurero y un pequeño maniquí.
Mientras tanto, los zapatos de Luna seguían desperdigados por toda la entrada.
Sin duda...
Aquel sitio transmitía exactamente eso.
Hogar.
—Muñeca, ¿has hecho el bizcocho de zanahoria? —pregunté, asomándome a la cocina.
—Eh, tú. No llames así a mi novia —bromeó Asher, dándome un puñetazo en el brazo.
—Llamo así a todas las chicas.
Menos a Maya. A ella la llamas «nena», me recordó la voz de mi cabeza.
Y era cierto.
Pero solo porque sabía que aquel apodo le fastidiaba más que cualquier otra cosa.
Esa mujer tenía un palo metido por el culo.
Uno que parecía impedirle disfrutar de la vida.
Podía contar con los dedos de una mano las veces que la había visto sonreír.
Y casi todas habían sido en el cine, mientras atendía a clientes.
Encima...
Sonrisas falsas.
—Sí, lo he hecho —respondió Luna con tranquilidad desde la cocina.
En ese momento, Rebecca bajó las escaleras.
Hablaba por teléfono con alguien.
—¿Entonces vienes a finales de este mes?
No logré escuchar la voz de la otra persona.
—Vale, genial... No me creo que vengas aquí.
Editado: 19.09.2026