Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 3

MAYA

MAYA

Adoraba hacer fotos a las montañas.

La naturaleza era perfecta para ser capturada.

Miré a través del objetivo y busqué la mejor posición para plasmar lo que quería: un pájaro de plumaje azulado y verdoso que enseguida llamó mi atención.

Nadie conocía aquel sitio.

Ni siquiera mis amigas.

Era como mi pequeño oasis de paz, al que acudía para dejar que todos los problemas se evaporaran.

Aún quedaban restos de nieve, aunque no demasiados.

Los animales ya estaban saliendo de sus madrigueras, anunciando la llegada de la primavera.

Adoraba la primavera.

Mientras Luna amaba el invierno, Rebecca el otoño y Avril el verano...

Yo amaba la primavera.

Las flores.

Los animales.

Todo eran estímulos visuales que llenaban mi mente de recuerdos, como un recordatorio constante de que la vida, más allá de los coches, los edificios y los problemas financieros o familiares, seguía adelante.

¿Cómo podía existir algo tan magníficamente perfecto sin necesidad de intentarlo?

Era la misma pregunta que me hacía cada vez que acudía a aquel lugar.

Mi abuela solía decirme que los animales que veíamos eran seres que habían reencarnado.

Su misticismo me había acompañado durante toda mi infancia.

A veces, cuando veía un conejo blanco, la imagen de mi madre acudía a mi mente.

¿Se habría reencarnado en un conejo?

Ella los adoraba.

Lo sabía porque uno de los pocos recuerdos que conservaba de ella era verla con su cabello negro y liso, su ropa holgada —porque le encantaba ir cómoda—, la piel morena brillando bajo el sol y aquellos ojos azules que destacaban a simple vista mientras daba de comer a los animales.

También conservaba el recuerdo de mi padre.

Su cabello castaño claro.

Sus ojos color avellana.

Su complexión alta.

Y, sobre todo, lo que más recordaba...

La forma en la que miraba a mi madre, completamente embelesado, cada vez que ella sonreía.

Marie Fischer, que después pasó a ser Marie Carrington, era la viva imagen de la armonía, de la paz, de la felicidad.

O, al menos, así era como mi padre siempre hablaba de ella.

Marcus Carrington, en cambio, era la viva imagen de la perseverancia y la organización.

Dos polos opuestos que se atrajeron como imanes, sin necesidad de esfuerzo, como si el destino hubiera dicho:

Él es para ti... y ella para ti.

Mi abuela solía decir que lo supo desde el primer minuto en que mi madre se chocó con mi padre en aquel supermercado.

Él estaba trabajando como reponedor y mi madre buscaba la salsa cajún que tanto le gustaba a mi abuela.

Se chocaron.

Se miraron.

Y ella pensó:

Ese es para ella.

Pero no dijo nada.

Porque Greta Fischer —apellido que adoptó al casarse con mi abuelo— nunca decía nada.

Todo se lo guardaba para ella.

—Ojalá mamá y papá estuvieran aquí. Seguro que les gustaría esto.

Miré al cielo.

Cerré los ojos y envié mis más sinceros pensamientos hacia arriba con la esperanza de que mis padres pudieran oírme.

Siempre podían.

O, al menos, eso era lo que mi abuela me había hecho creer desde pequeña.

Yo sí creía, igual que ella, en lo místico.

Me había adentrado en ese mundo desde muy joven.

Los Laveau, el linaje de mi bisabuela, llevaban generaciones dedicándose al mundo de lo místico y lo espiritual. Durante años habían recorrido ferias como nómadas hasta que terminaron enamorándose de Nueva Orleans y decidieron establecerse allí.

Mi madre aseguraba que podía tener visiones.

Nunca supimos si era realmente cierto, pero algunas de las cosas que había predicho terminaron cumpliéndose.

Sí.

Vivíamos en el mundo real.

No había nada fantástico en todo aquello.

Pero, aun así, me gustaba pensar que procedía de una familia con cierto aire místico.

Mi bisabuela preparaba remedios naturales.

Mis tías leían las manos.

Mi abuela echaba las cartas del tarot.

Mi madre aseguraba tener el don de la clarividencia.

Y yo...

Según mi familia, había heredado el talento de mi abuela para el tarot.

Aunque nunca había estado completamente segura de ello.

Un pájaro se posó en el suelo e inmediatamente dejé a un lado mis pensamientos para hacerle una foto.

Ver las cosas a través del objetivo era una jodida pasada.

Quité el flash y disparé.

Cuando salió volando, hice otra.

Al mirar la cámara, sonreí.

Sonreí de verdad.

Está genial, pensé al ver la imagen en la pantalla.

Ya sentada, me comí mi sándwich de atún y simplemente dejé que la brisa me acariciara el rostro.

Esto era vida.

Y era un momento de desconexión de lo más especial para mí.

No me molesté en coger el móvil para mirar los mensajes. No, al menos, hasta que vi que estaba recibiendo una llamada.

Gruñendo, cogí el dichoso aparato, pero mi mal humor se evaporó de inmediato cuando vi el nombre en la pantalla.

Mémé.

Era mi abuela.

—Hola, Mémé —dije con voz cantarina.

Ma chérie, ¿cómo estás? Sé que últimamente estás demasiado ocupada con el trabajo. Ya no tienes tiempo para tus viejos abuelos —bromeó mi abuela con ternura.

—Espera... Viejales, ven. La niña está en el aparato del demonio —bramó, haciendo que me riera.

Enseguida mi abuelo hizo acto de presencia.

—Hola, abuelo. Qué guapo estás. ¿Cómo lo haces? —lo halagué.

—Menos lobos, Caperucita, que llevamos esperando a que nos llames una eternidad —dramatizó con ese acento alemán tan característico de él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.