ROMÁN
Cuando entré, Bratt me llevó directamente a una cafetería.
Supe que la cosa era peor de lo que podía llegar a imaginar.
Después de pasar tanto tiempo con él, me había dado cuenta de que, cuando estaba al límite o realmente mosqueado, siempre recurría a grandes dosis de café, como si eso consiguiera calmar su estado de ánimo.
Yo estaba de los nervios, no lo iba a negar.
El simple hecho de que Bratt hubiera venido en persona a verme ya decía bastante.
Como era de esperar, se pidió un solo largo.
Genial.
Estaba realmente cabreado.
¿Qué había hecho?
No lo sabía.
Intenté recordar cualquier cosa que hubiera hecho aquella semana. Algo que me diera un indicio de lo que se avecinaba.
Pero nada.
Al menos, nada que yo supiera.
—Voy a ir directo al grano —sentenció Bratt.
Me puse tan rígido que podía asegurar que la estatua que había en la plaza sentiría envidia de mi capacidad para hacer exactamente lo mismo que ella.
—Ayer nos llegaron unas imágenes comprometidas tuyas —dijo con seriedad.
Fruncí el ceño.
No sabía de qué estaba hablando.
—El fin de semana pasado fuiste a una fiesta, ¿verdad? —preguntó sin apartar la vista de mí.
—Sí.
De eso sí me acordaba.
—¿Qué pasó en esa fiesta?
Vi cómo se crujía los nudillos y tragué saliva ruidosamente.
—No me acuerdo.
Lo dije de verdad.
No me acordaba.
—No te preocupes, chaval. Yo haré que recuerdes.
Esbozó una sonrisa cínica mientras sacaba una carpeta de color marrón y la dejaba sobre la mesa.
—Ábrela, por favor. No seas tímido —me incitó Bratt.
Asentí.
Cogí la carpeta y mantuve la vista fija en ella con cierto recelo.
—¿Tengo que hacerlo? —pregunté con cautela.
—Ya te digo yo que sí —respondió con firmeza, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos.
Suspiré.
La abrí lentamente.
—Sácalas, por favor. Ilumínanos con tu grandiosa actitud —dijo con sarcasmo.
—¿Sabes? ¿Nunca te han dicho que no hay que abrir la caja de Pandora? La historia acabó muy mal para la pobre mujer... y para toda la humanidad. ¿Es realmente necesario repetirla? —dije con una sonrisa encantadora de «perdóname la vida».
—Román...
—Solo digo que deberíamos tener en cuenta la historia. La historia nos ayuda a no repetir los errores del pasado. Por lo tanto... ¿qué necesidad hay de abrir la caja de Pandora? —dije, ampliando aquella sonrisa tan forzada.
Para mi sorpresa, Bratt se rió por lo bajo.
—Mira que me caes bien, chaval. Me das dolor de cabeza, pero me caes bien.
Hizo una pausa.
—Ahora abre la caja de Pandora.
Saqué las fotografías y las extendí sobre la mesa.
Mierda, pensé al ver a qué se refería Bratt.
Debió de verlo reflejado en mi cara porque asintió lentamente.
—Dime qué estás viendo.
—Vale... La he cagado.
—No me digas. ¿Has llegado tú solo a esa conclusión? —dijo con ironía.
Rodé los ojos.
—Pero tampoco es nada del otro mundo, joder. Tengo veintiún años —respondí con seriedad.
En las imágenes se me podía ver perfectamente con un porro en la mano. En otra, aparecía bebiendo directamente de una botella. En una tercera, estaba subido a la barra, sin camiseta, bailando de forma insinuante con dos chicas con las que, después, también se veía que me estaba liando en el sofá de la casa donde había tenido lugar la fiesta.
—Sé que tienes veintiún años, Román, y que es algo común entre los jóvenes —suspiró con resignación—. El problema es que esas fotografías han llegado a gente que sabe perfectamente cuánto pueden valer. Y, si terminan publicadas, estamos de mierda hasta el cuello.
Mi expresión cambió.
—Tus jodidos patrocinadores son muy tradicionales —continuó—. Son los típicos de familia perfecta: madre, padre, dos niños, perro y los domingos a misa. Uno de tus principales patrocinadores ya nos ha dejado bastante claro que no piensa seguir asociando su imagen a la tuya si continúas dando motivos para este tipo de escándalos.
Eso hizo que dejara de parecer una exageración.
—Ya, pero que ellos tengan esa forma de pensar...
—¡Román! —me cortó—. Estamos hablando de tu jodida carrera. No de un patrocinio pequeño. Estamos hablando de uno enorme, que colabora con grandes marcas. ¿Te das cuenta de la gravedad del asunto?
No apartó la mirada de mí.
—Ya, pero que ellos sean de ese modo no significa que yo tenga que serlo —respondí con decisión.
—¡Pues fíngelo, coño! Si esos ricachones de mierda te dicen que vayas los jodidos domingos a misa, vas. Rezas al jodido Dios y luego te sientas a cenar con ellos con tus mejores galas. Al menos hasta que consigamos escalar más —dijo completamente exasperado.
Analicé sus palabras.
Noté cómo la mandíbula se me tensaba.
Estaba haciendo todo lo que esos imbéciles querían porque necesitaba el dinero, pero aquello sobrepasaba mis límites.
—Pues dejaré el patrocinio de esos ricachones de mierda —afirmé.
—Si lo haces, tu carrera se estancará o se acabará, y no vamos a tirar por la borda tanto tiempo de trabajo por eso. Mira... —Se pellizcó el puente de la nariz—. Debemos limpiar tu imagen, al menos durante un tiempo. Después harás lo que te salga de los cojones, pero ahora mismo tenemos que arreglar esto.
—¿Cómo? —pregunté.
Se quedó pensativo unos instantes.
La camarera dejó el café de Bratt y, después, me tendió discretamente un papel donde, evidentemente, había escrito su nombre y su número de teléfono.
Editado: 19.09.2026