ROMÁN
Luna, Avril y Rebecca me estuvieron persiguiendo por toda la casa.
Las preguntas no cesaban.
Mientras cargaba las cajas que Maya había empaquetado, podía oír el zumbido constante de las chicas, que empezaba a resultarme realmente molesto.
Maya, por otro lado, no decía absolutamente nada.
Se limitaba a sonreír y a inventarse una historia tan absurda que todavía no entendía cómo sus amigas, esas que la conocían desde hacía toda la vida, habían podido tragársela.
Suspiré al salir de la casa y ver mi vieja camioneta prácticamente llena de cajas.
Todas estaban perfectamente etiquetadas con rotulador:
«Frágil»
«Ropa de invierno»
«Ropa de verano»
Dejé con cuidado la que ponía «Fotografías» y me giré hacia las chicas, apoyando las manos en la cintura.
—No me lo creo —sentenció Luna con determinación.
Sus ojos grisáceos seguían enrojecidos.
Había llorado.
Seguramente más de lo que quería admitir.
—¿El qué no te crees, peliblanca?
—Que Maya, literalmente de la noche a la mañana, decida hacer la locura de irse a vivir contigo durante «un tiempo» para ver cómo es la convivencia y descubrir... —hizo comillas con los dedos— «hacia dónde va la relación».
Sonreí de medio lado.
—¿Y por qué no ibas a creértelo? Estamos pilladísimos el uno por el otro y nos ha dado por hacer esta locura. ¿Dónde ves el problema?
¿Mis palabras resultaron creíbles?
Ni por asomo.
En los rostros de las tres podía leerse exactamente lo mismo:
Incertidumbre.
Duda.
Y, sobre todo, sospecha.
Con los chicos no había ido mucho mejor.
Asher, Evan y Will tampoco se habían tragado la historia.
No habían dejado de preguntarme si estaba bajo coacción, si me había metido en algún lío o si Maya me había puesto una pistola en la cabeza para aceptar vivir con ella, sabiendo de sobra que yo, Román Robinson, llevaba años diciendo que la monogamia no estaba hecha para mí.
¿Les mentí?
Por supuesto.
¿Se lo creyeron?
Ni de puta coña.
Pero debía hacer frente a las consecuencias de mis actos.
Y aquella era una de ellas.
Maya sujetaba una caja entre los brazos.
Me acerqué para quitársela, pero me esquivó de inmediato y la dejó en la camioneta.
—Ya estaría todo —dijo seria.
—¿Todo? —pregunté con incredulidad.
Ni de puta broma pensaba cargar con más cajas.
—Sí. Solo lo esencial: algunos efectos personales y ropa. Tampoco quería llevarme toda la casa.
Aquello me hizo soltar un suspiro.
De por sí, la situación ya era una puta mierda.
Tener que vivir con una persona a la que apenas conocía no era algo que, sinceramente, entrara en mis malditos planes de futuro.
Siempre me había considerado una persona decidida.
Podría contar con los dedos de una mano las veces que me había arrepentido de algo...
Y aún me sobrarían dedos.
Pero, sin duda, mi lista sería algo así:
Vivir con Maya Carrington por un absurdo trato.
Conducir borracho y participar en una carrera ilegal.
Liarme con una hermana y, después, con la otra.
Más o menos en ese orden.
Y, viendo las otras opciones, estaba convencido de que la primera acabaría borrando a las demás de un plumazo.
Maya estaba demasiado callada.
Algo bastante poco habitual en ella.
¿Me molestaba?
En absoluto.
O eso pensaba.
Podía entender por qué estaba así.
Joder.
Estaba dejando atrás su casa y la convivencia con sus amigas para mudarse con una persona a la que apenas toleraba.
Debía de ser bastante invasivo.
¿No?
—Entonces... —Me rasqué la nuca—. ¿Vamos? ¿O prefieres venir después?
Se quedó mirando las cajas durante un largo rato.
La verdad era que Maya podía ser desesperadamente difícil de leer en determinadas situaciones.
Nunca sabía si estaba enfadada, triste, molesta o simplemente pensando.
Su rostro se había vuelto completamente impenetrable.
—Me da igual.
Su voz sonó suave.
Demasiado suave.
Aquello no me estaba gustando una puta mierda.
El simple hecho de que no me hubiera lanzado una sola pulla durante toda la mudanza empezaba a ponerme de los nervios.
Retiraba mi pensamiento anterior.
Prefería que dijera algo.
Que gritara.
Que dijera que aquello era una puta basura.
Que preguntara qué demonios se me había pasado por la cabeza para aceptar semejante trato.
Lo que fuera.
Pero no aquel silencio.
Sin decir una palabra más, se acercó a sus amigas y las abrazó.
El abrazo duró demasiado.
Rebecca le susurró algo al oído y, por fin, consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.
Entonces dijo algo que hizo que todo el cabreo que llevaba acumulado aumentara todavía más.
—Maya, si hay algo detrás de toda esta situación, dínoslo... Lo solucionaremos.
Fruncí el ceño.
¿Tan malo era vivir conmigo?
Vale.
No era precisamente un jodido ángel.
Pero tampoco el mismísimo demonio.
—Vamos, Maya.
Mi voz sonó demasiado defensiva.
Le lancé una mirada a Rebecca.
Ella me la devolvió al instante.
Sin apartar los ojos.
Era jodidamente desafiante.
Nunca bajaba la cabeza.
Nunca.
Y, aunque jamás había ido por la vida mirando a nadie por encima del hombro, tampoco era de las que escondían lo que pensaban.
En aquel momento podía verlo perfectamente.
Editado: 19.09.2026