MAYA
La mudanza estaba siendo una auténtica tortura.
Ver todas mis cosas desperdigadas por un espacio que todavía no sentía mío solo conseguía aumentar mi dolor de cabeza. Intenté respirar hondo. Intenté convencerme de que aquello eran solo seis meses y de que debía tomármelo con filosofía.
No funcionó.
Cuando Román dejó la última caja en el suelo, no pude evitar soltar un sonoro suspiro.
—Ahora me toca colocar todo esto.
—Te ayudo —se ofreció.
Lo miré de reojo.
—No hace falta. Me gusta ordenarlo a mi manera.
Mientras hablaba, repasé mentalmente las cajas, comprobando que no faltara ninguna.
—Vale. Mi amabilidad tiene fecha de caducidad —bromeó.
Puse los ojos en blanco.
La casa era preciosa. No podía negarlo. Pero en mi piso con las chicas había fotografías, mantas, libros olvidados sobre el sofá, plantas que Luna se empeñaba en rescatar y figuritas repartidas por cualquier rincón.
Había vida.
Aquello, en cambio, seguía sintiéndose como la casa de otra persona.
—Vale, duda existencial —dijo Román.
—Dispara.
—¿Qué habitación quieres?
Me quedé pensativa.
La lógica me decía que eligiera la grande. Al fin y al cabo, él me la estaba ofreciendo.
Pero la realidad era otra.
Aquella era su casa.
Yo solo era parte del decorado.
La novia de mentira.
El accesorio perfecto para las cámaras.
—Es tu casa —respondí finalmente—. Elige tú.
Noté cómo su cuerpo se tensaba.
—Es nuestra casa.
Remarcó el nuestra con tanta firmeza que hasta me sorprendió.
Negué despacio.
—Los dos sabemos que no es así. La casa es tuya. Yo solo estoy aquí seis meses.
—Maya...
—Así que elige tú.
Permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Quédate con la habitación grande.
—¿Y tú?
—Yo me quedo con la pequeña.
Giré ligeramente la cabeza.
—¿Seguro?
Asintió.
—Completamente.
No insistí.
Solo pensar que aquella iba a ser nuestra rutina durante medio año me provocaba un cansancio terrible.
Tenía que hacer todo lo posible para que esos seis meses pasaran volando.
—Creo que he traído demasiadas cosas... —murmuré mientras observaba las cajas.
Escuché cómo soltaba una risa por lo bajo.
—Yo diría que has traído muy pocas.
Fruncí el ceño.
—¿Tú crees?
Miré de nuevo el montón de cajas.
—Mañana iré a casa de las chicas y dejaré la ropa de invierno. También algunas figuras y un par de libros. No creo que me haga falta tenerlo todo aquí.
No vi su expresión, pero sí escuché el gruñido que escapó de su garganta.
—Haz lo que quieras.
Aquellas cuatro palabras sonaron mucho más secas de lo que pretendía.
Giré la cabeza hacia él.
—Claro que haré lo que quiera.
Román desvió la mirada.
Cogí las cajas y las fui entrando una a una en la habitación. No había demasiadas cosas, como era lógico. Solo lo esencial.
—Bueno... Manos a la obra.
Me remangué y empecé a colocarlo todo.
No sé cuánto tiempo pasé ordenando, pero, poco a poco, aquella habitación empezó a tener algo de mí.
No era mucho.
Solo mi figura de vudú, que había comprado años atrás porque me había parecido graciosa; mi manta negra con dibujos de la muñeca de Lilo, un regalo de Luna porque insistía en que se parecía a la mía, esa que guardaba con tanto cuidado y que nadie tenía permitido tocar.
También coloqué fotografías con las chicas, con mi abuelo, con Billy y Marina, con Naia y Dereck, con Delenay y Marc. Con Seven y Son.
Mi familia.
Sonreí sin darme cuenta.
Ver aquellos pequeños recuerdos repartidos por la habitación consiguió que, por primera vez desde que había llegado, sintiera que ese rincón también era un poco mío.
Al salir del dormitorio, me detuve en seco.
Parpadeé varias veces.
Mi incienso estaba perfectamente colocado sobre la mesita junto al televisor.
La caja de madera descansaba en la estantería.
Mi tapiz de la carta del Diablo colgaba de la pared del salón.
Las velas, desde las doradas hasta las blancas, estaban repartidas con cuidado sobre los estantes.
Hasta el jodido jarrón con estrellas que me había regalado mi abuela ocupaba un sitio.
Fruncí el ceño.
—¿Y esto?
Román levantó la vista desde la cocina.
—Lo he colocado donde creía que quedaba bien. Si no te gusta, lo cambias.
Se mordió el labio inferior un instante.
—¿Por qué has hecho eso?
Me miró como si la pregunta le resultara extraña.
—Lo he visto, lo he colocado. No hay más historia.
—Perfecto.
—Maravilloso.
Los dos nos quedamos en silencio.
Me pellizqué el puente de la nariz.
Aquello no iba a funcionar si seguíamos respondiéndonos así.
—Vale, Román. Tenemos que parar un momento.
Él me miró sin comprender.
Dejé el bolso sobre la barra americana, rebusqué en su interior y saqué un bolígrafo y una pequeña libreta.
Después me senté en el sofá.
Le di dos palmaditas al cojín que tenía a mi lado.
—Ven.
Dudó unos segundos.
Finalmente, terminó sentándose.
—¿Qué pasa?
Abrí la libreta.
—Vamos a poner unas normas.
Alzó una ceja.
—¿Otro contrato?
—No.
Negué con la cabeza mientras apoyaba el bolígrafo sobre el papel.
—Unas normas básicas para que la convivencia no sea una tortura. Qué podemos hacer, qué no, cómo organizarnos...
Editado: 19.09.2026