ROMÁN
Maya y yo llevábamos una semana conviviendo.
Una semana en la que, de alguna manera, me había acostumbrado a su rutina, a sus manías, a sus desayunos y a sus tés extraños.
Desde que decidimos hacer aquella tregua, la convivencia iba mejor. No me refería a que fuéramos amigos para toda la vida; dudaba mucho que llegáramos a ese punto.
Pero sí habíamos empezado a mantener conversaciones más cordiales.
También había sido una semana en la que me había viciado a la absurda serie que Maya insistía en que era una obra maestra y en la que la había visto pasarse horas editando fotografías como una loca.
Nunca me metía en lo que hacía o dejaba de hacer. Consideraba que era cosa suya y que yo no tenía por qué entrometerme.
Maya había cambiado por completo su rutina para adaptarse a la mía. Aunque al principio le costó, porque le costó, terminó siguiéndome el ritmo a una velocidad casi insultante.
Lo que peor llevaba, y eso debía admitirlo, era levantarse a las seis de la mañana para ir al gimnasio.
Aquello fue toda una odisea.
Recuerdo perfectamente el primer día.
Sonó el despertador. Me levanté, me preparé mi batido de proteínas y, mientras las agujas del reloj seguían avanzando, Maya no daba señales de vida.
Así que fui hasta la puerta de su habitación y llamé.
Una vez.
Dos.
Al otro lado escuché un gruñido.
—Joder...
Hubo unos segundos de silencio.
—Piérdete, Robinson. No pienso levantarme.
No pude evitar reírme.
—Nena, es una emergencia de extrema importancia.
Mentía descaradamente.
No respondió.
Esperé unos segundos más.
Nada.
Así que hice uso de la primera norma que habíamos escrito en aquella libreta.
En caso de emergencia, la otra parte puede entrar sin llamar.
Y, para mí, llegar tarde al gimnasio era una emergencia.
Abrí la puerta.
La habitación estaba prácticamente a oscuras.
Solo entraba un pequeño hilo de luz por la persiana.
Me acerqué hasta la ventana y corrí las cortinas de un tirón.
—¡Buenos días, nena! —dije con un entusiasmo digno de un psicópata—. Ha llegado la hora de acompañar a tu maravilloso y perfecto novio falso al gimnasio.
Maya soltó otro gruñido.
—Déjame...
Hizo una pausa dramática.
—Muerte... Sí... Eso... Muerte...
Y volvió a cubrirse completamente con la manta.
¿Cómo acabó la historia?
Pues conmigo quitándole la manta, agarrándola por un tobillo y sacándola de la cama a rastras.
Lo mejor fue que aquella mujer tuvo el reflejo de agarrar la almohada antes siquiera de tocar el suelo.
Mientras la arrastraba por el pasillo, seguía abrazada a ella como si su vida dependiera de aquella almohada.
Ni protestaba.
Ni abría los ojos.
Simplemente se dejaba llevar.
La arrastré hasta el salón.
Y lo más sorprendente de todo era que seguía medio dormida.
Hubo un detalle que me llamó la atención y que decidí no comentar.
Dormía con los audífonos puestos.
Fruncí ligeramente el ceño.
¿Eso era normal?
¿No tenía que quitárselos para dormir?
No tenía ni idea.
Pero, por alguna razón...
Aquello me chirrió un poco.
Y, cómo no, Maya Carrington no iba a permitir que ganara tan fácilmente.
Así que, en cuanto me di la vuelta para prepararle aquel té asqueroso que se empeñaba en beber todas las mañanas, la muy traidora gateó por el suelo como si estuviera en una misión secreta, se puso en pie y salió disparada hacia su habitación.
Un segundo después...
¡Pam!
La puerta se cerró de golpe.
Me quedé unos segundos mirando el pasillo.
Después no pude evitar echarme a reír.
¿Me molestó?
Ni de puta coña.
De hecho, me estuve riendo de ella un buen rato.
Lo mejor llegó un par de horas después.
Cuando la vi entrar conmigo en el gimnasio, con cara de absoluta desgracia.
Me acerqué despacio hasta quedar a su lado.
Incliné ligeramente la cabeza hacia su oído.
—Robinson: uno. Carrington: cero.
Maya ni siquiera me miró.
Simplemente levantó una mano, me plantó la palma en toda la cara y me apartó de un empujón.
—Aléjate de mí.
Solté una carcajada.
Y así era nuestra dinámica.
Nos picábamos.
Competíamos por cualquier tontería.
Nos sacábamos de quicio con una facilidad pasmosa.
Pero, si había una cosa que tenía clara...
Era que con Maya Carrington uno podía desesperarse.
Aburrirse, jamás.
Hoy era sábado y, aunque le había dicho a Maya que había quedado con una amiga especial, ella, obviamente, no me preguntó nada. Simplemente suspiró y me pidió que le avisara cuando terminara.
En esos momentos me encontraba en la cama con Chloe Turner.
La mujer de cabello platino y ojos verdosos me observó con una sonrisa satisfecha.
Habíamos pasado toda la mañana juntos y, por la forma en la que me miraba, estaba bastante convencido de que no le importaría alargar un poco más el plan.
Pero yo no podía.
Tenía varias cosas que hacer aquel día.
O, mejor dicho, Maya se había encargado muy amablemente de recordármelas.
Nótese la ironía.
—Oye, muñeca, me tengo que ir.
—¿Ya?
Se acercó un poco más a mí y deslizó suavemente las uñas por mi pecho.
Cloe Turner era una influencer de moda. Una mujer con millones de seguidores y una repercusión mediática enorme.
La conocí durante mi primera campaña publicitaria. Estaba completamente perdido. Era la primera vez que me enfrentaba a la prensa y no tenía ni idea de cómo moverme en aquel mundo.
Editado: 19.09.2026