Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 9

MAYA

MAYA

La verdad, nunca entendí a la gente que detestaba ir de compras. A mí me gustaba mucho.

Después de todo lo que tuvimos que hacer y de las múltiples preguntas que le hice al médico sobre la nutrición y el entrenamiento que debía seguir Román, terminamos yendo al supermercado, que no estaba muy lejos de la zona en la que vivíamos temporalmente.

Sí.

Prefería llamarlo así.

Vivienda temporal.

Román era un completo desastre en ese aspecto. Siempre decía que improvisaba sobre la marcha, mientras que yo llevaba una lista con todo lo que necesitábamos. Había comparado distintos tipos de alimentación, consultado artículos, leído foros de deportistas e incluso apuntado varias recetas ricas en vitamina B12.

Debía asegurarme de que Román estuviera bien.

Era parte del contrato.

Aunque, debía admitirlo, podía llegar a ser un poco agotador.

Mientras él conducía, yo iba anotando en el móvil todo lo que el médico nos había recomendado. Como ya le había dicho anteriormente, tenía que aumentar el consumo de alimentos ricos en vitamina B12. Si sus niveles seguían bajando, podía convertirse en un problema.

Por suerte, el resto de sus análisis eran prácticamente perfectos.

Nada más salir del hospital, envié los resultados a Bratt, a Son y al entrenador Uriel, asegurándome de que toda la información llegara a las personas adecuadas.

Román tenía dos entrenadores.

Son se encargaba del equipo universitario, mientras que Uriel era quien lo dirigía en la liga profesional y con quien disputaba la mayoría de los partidos importantes.

Por suerte, los entrenamientos de ambos apenas coincidían.

Aquello me dio bastante tranquilidad.

Podía organizar su agenda con margen suficiente para que no tuviera que renunciar a ninguna de las dos cosas.

Solo debía acordarme de una última tarea.

Mandarle al entrenador Uriel el horario de clases de Román y el calendario de exámenes del trimestre.

Mentalmente, ya estaba escribiendo un post-it para que no se me olvidara.

—Vale, antes de que se me olvide... —solté al aire.

Román me miró de reojo.

—Debo anotar que, cuando lleguemos a casa, tengo que mandarle tus horarios al entrenador Uriel. Además, debemos llevar tu traje a la tintorería y también...

Noté cómo empezaba a agobiarme.

Román me colocó una mano sobre el hombro.

—Respira, nena. No te preocupes —hizo una breve pausa—. El día de hoy ya está organizado. Mañana será otro. Ahora mismo, lo único que tenemos que pensar es qué cojones vamos a cenar esta semana.

Sonrió.

—Y me niego a comer esa comida picante que me hiciste la última vez.

Fingió un escalofrío.

Para mi sorpresa, me reí de buena gana.

—Que conste que normalmente no echo tanto picante... pero me moviste todas las hojas.

—¿Fue una venganza?

Sonreí con malicia.

—Un poco.

Vi un brillo divertido en sus ojos que no supe interpretar.

—Eres muy rencorosa. ¿No te lo han dicho nunca, nena?

—No me llames nena. No hay nadie alrededor —gruñí.

—De acuerdo, nena. Lo apuntaré en la lista de cosas que no voy a hacer, aunque fingiré que me lo pensaré.

Le di un puñetazo suave en el brazo.

—No seas así, nene.

Utilicé su mismo apodo.

—Que conste que no me molesta.

Se acomodó en el asiento con una sonrisa de suficiencia.

—Puedes llamarme así siempre que quieras. ¿Ves? Deberías aprender a ser como yo.

—Ni de puta broma. Antes le pido a mi tatarabuela Melissa que aparezca delante de mí.

Las palabras salieron antes de que pudiera frenarlas.

Mierda.

No debía haber dicho eso.

Ese tipo de bromas nunca solían gustar. La mayoría de la gente me miraba como si estuviera completamente loca.

Pero Román no.

Frunció ligeramente el ceño.

Con curiosidad.

—¿Tu tatarabuela Melissa? ¿Y qué hacía exactamente?

Parpadeé.

—Vudú —respondí con total naturalidad—. Además, era una zorra de cuidado... aunque encantadora. Y una maniática de la limpieza.

Sonreí sin darme cuenta.

—Mi abuela dice que, de vez en cuando, la visita. O eso asegura ella. Siempre se está quejando de que Melissa le cambia las cosas de sitio y de que ya está harta de decirle que la deje tranquila.

Me mordí el labio.

Ya estaba.

Otra vez había hablado demasiado.

Esperé la típica mirada rara.

La típica sonrisa incómoda.

El típico «ya... claro».

Pero nunca llegó.

Román se quedó unos segundos pensativo.

Después asintió muy serio.

—Entonces, nena...

Hizo una pausa.

—Lo siento mucho, pero no quiero a tu tatarabuela Melissa viviendo con nosotros.

Lo miré sin entender.

—¿Te imaginas que me cambia las medallas de sitio?

Negó con la cabeza.

—Ni de coña.

Se cruzó de brazos.

—Hacemos un trato. Si tu tatarabuela Melissa aparece... me dices qué hierbas hacen falta y entre los dos la echamos de una patada de casa. ¿Estamos?

Lo miré unos segundos.

Y, por primera vez en mucho tiempo...

Me reí.

De verdad.

No porque la broma fuera especialmente buena.

Sino porque era la primera persona que no se reía de mí.

Se había limitado a seguirme la corriente.

Y, sorprendentemente...

Aquello me gustó mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—Eres extraño —le solté.

—Vaya, cada día mejoras más con los halagos. ¿Cómo no iba a enamorarme de ti? —bromeó.

—Me refiero a que la mayoría, cuando hablo de esas cosas, me miran como si estuviera loca. Pero tú has reaccionado bastante bien, en mi opinión —me sinceré.




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