ROMÁN
El subidón se apoderó de mí cuando noté el tacto del stick en la mano. El vaho escapaba de mi boca como un mensaje de advertencia para mis contrincantes. Mi mirada recorría todos y cada uno de los puntos estratégicos de la pista de hockey.
Hice un rápido barrido por la zona. Podía ver a Asher en una esquina, cerca de las gradas; a Will, en el extremo derecho. Evan era el portero al que debía enfrentarme.
Miré a Alex con determinación. Una sonrisa tiró de mis labios al ver que él me la devolvía con la misma intensidad.
En esos momentos estábamos entrenando con Son. Después de la fiesta de Timmy, mi rutina había vuelto a ser la misma. Lo único que cambiaba era que ahora Maya vivía en mi casa, junto con un perro con tendencia a destrozarme los calcetines.
Pero la vida seguía igual.
No había cambiado nada.
O, al menos, yo lo sentía de ese modo.
Maya y yo aún no habíamos formalizado la relación y Bratt se estaba poniendo de los nervios. Sabía que, seguramente, Maya estaría ideando en su cabeza la historia de amor perfecta, pero no quería que ella se encargara de todo.
Ya lo hacía de por sí.
La había visto varias noches despierta organizándome los horarios, buscando recetas y sacándome huecos para las innumerables fiestas a las que me invitaban.
Era consciente de lo saturada que estaba, aunque no decía nada. Lo hacía todo sin rechistar y lo único que repetía era:
«Es mi trabajo».
Antes de volver a lo suyo.
¿Me había cabreado?
Sí.
Porque notaba cómo, poco a poco, el agotamiento se apoderaba de ella.
Aun así, seguía sin flaquear, como un defensa protegiendo la portería.
En el ámbito del hockey sería, sin duda, un defensa como yo.
No caía y, si lo hacía, se levantaba.
Nada la hacía decaer.
Siempre se mostraba fuerte y segura.
El pitido sonó.
La tensión era evidente entre los presentes. A pesar de que era un partido entre miembros de nuestro propio equipo, éramos competitivos de cojones y no nos gustaba perder.
Son me había pedido que aquel día hiciera de capitán para obligarme a organizarme mejor y pensar cada jugada.
Pero me costaba.
Yo no era de los que se quedaban parados analizándolo todo.
Actuaba de inmediato casi todo el tiempo.
Esquivé a Alex con rapidez en un movimiento bien planificado. Pude ver por el rabillo del ojo la sonrisa orgullosa de Son.
Le lancé el puck a Asher.
Este patinó unos metros más.
Los compañeros se abalanzaron sobre él, pero los esquivó sin dudarlo.
El disco pasó a Will, que patinó tan rápido como pudo.
¿Cuál era su obstáculo?
Evan.
Uno de los mejores porteros que habíamos tenido en el equipo.
No tardó en detener el disparo y oí las maldiciones de Will.
Unas risas procedentes de las gradas captaron mi atención durante unos segundos.
Pude ver a Maya bailando de una forma extraña, moviéndose como si fuera, literalmente, un pescado.
Su cabello rizado caía como una cascada hasta la mitad de la espalda. Lo llevaba recogido con una especie de pañuelo de color azul cielo, mientras dos mechones traicioneros enmarcaban su rostro.
Llevaba un top amarillo de manga larga que hacía resaltar su piel de ébano. Sus pantalones blancos caían con elegancia sobre su cintura y unas botas de tacón azuladas, adornadas con pequeñas piedras blancas, completaban el conjunto.
—Te juro que no sé cómo lo hice —la escuché decir.
Se rascó de nuevo la zona del audífono y pude distinguir una mueca de dolor en su rostro.
¿Cuánto tiempo llevaba puesto aquello?
¿Podía llegar a doler tanto?
—Te juro, Maya, que si no tuvieras novio, en la fiesta de Timmy habrías ligado con esos movimientos —la halagó Avril entre risas.
Me di cuenta enseguida de los diferentes estilos y de las distintas personalidades que tenían.
Avril llevaba una camiseta rosa que parecía un corsé de manga larga, una falda de bailarina blanca y unas medias transparentes. Su pelo color avellana estaba recogido en un moño.
Rebecca era todo lo contrario. Llevaba una camiseta de una banda de rock, una falda de skater y unas botas que le llegaban hasta debajo de las rodillas.
Luna, en cambio, con su estilo más hippie, vestía un vestido largo de color violeta, unas cuñas blancas y el pelo también recogido en un moño.
Sin duda, eran mundos diferentes y, aun así, se complementaban.
—¿Qué miras tanto, Román? —masculló Brandon, una nueva incorporación al equipo.
—Nada —respondí sin apartar la vista de las cuatro chicas.
Maya seguía bailando de forma exagerada.
Ni siquiera me estaba mirando.
—¿Quién es la morena? —preguntó Brandon con verdadera fascinación.
Lo miré durante demasiado tiempo.
Quizá más del que pretendía.
—Se llama Maya —dije con un tono algo seco.
—¿Sabes si tiene novio?
No, no tiene, pensé.
—Sí. —Hice una pausa—. Estás hablando con él.
Él abrió los ojos de golpe.
—Perdón. De verdad, perdón.
Lo ignoré.
Fue la primera vez que me di cuenta de que Maya podía tener su público.
Era curioso.
Antes no me fijaba en esas cosas, pero ahora que pasaba más tiempo con ella sí lo hacía.
—No te preocupes —dije, encogiéndome de hombros—. No lo sabías.
Enseguida volví a centrarme en el partido, aunque una pregunta seguía rondándome la cabeza.
¿Se quitaba el dichoso audífono en algún momento?
Editado: 19.09.2026