MAYA
No sabía cuánto tiempo hacía que no escribía en mi diario. Era algo que había dejado de lado, dado que el trabajo que tenía ahora —es decir, ser la niñera de Román— me impedía tener un momento de descanso.
Pero lo necesitaba.
Mucho.
Tampoco había podido asistir a las sesiones con la doctora Dexter, pues mis horarios interferían con ellas. Sin embargo, me las había apañado para poder ir al día siguiente sin ningún problema.
Otro asunto que no dejaba de rondarme la cabeza era el momento que había compartido con Román.
Sí, era una gilipollez, pero su cercanía me había inquietado un poco.
Solo un poco.
Y, sorprendentemente, no en el mal sentido.
Seguramente se debía al tiempo que llevaba sin tener a un chico tan cerca de mí.
En cualquier caso, allí estaba, en mi silenciosa habitación, escribiendo en mi diario.
Noté una punzada más intensa en el oído.
No sabía cuánto tiempo llevaba sin quitarme el audífono. Tampoco sabía si aquello era bueno. Me lo ponía para dormir, para trabajar, para cualquier cosa. Y el único momento en el que me lo quitaba era para ducharme.
Era entonces cuando sentía el verdadero terror.
Aún tenía pesadillas relacionadas con ciertos recuerdos que mi mente se empeñaba en revivir. Desde el accidente de mis padres hasta lo que pasó con Milán.
Sabía que debía aprender a convivir con ello. Era plenamente consciente.
Pero había momentos en los que me estaba superando.
Y el simple hecho de no descansar ni siquiera de los audífonos estaba empeorándolo todo.
¿Dormir?
Dormir se había convertido en una especie de fábula. En uno de esos cuentos que se les cuentan a los niños.
Me despertaba continuamente sobresaltada por las pesadillas. Algunas incluso terminaban mezclándose entre sí.
En unas, Milán era quien conducía el coche. Me sonreía con aquella malicia que todavía era incapaz de olvidar y acababa estrellándose.
En otras, iba sentada junto a mi madre mientras él permanecía a mi lado, tan cerca que su sola presencia conseguía inquietarme.
Por eso había pasado noches enteras organizando los horarios de Román.
Necesitaba mantener la mente ocupada.
Necesitaba no pensar.
Y ahora mismo estaba escribiendo sobre la situación que estaba viviendo.
Podía ser peor.
Era lo que me repetía para consolarme.
Pero seguía costándome considerar aquella casa como mi hogar.
Mi hogar estaba con las chicas.
Echaba de menos escuchar a Avril cantar fatal por las mañanas, ver a Luna estresarse porque llegaba tarde a todas partes o encontrarme a Rebecca limpiando y organizando su habitación.
Eran momentos únicos.
Momentos que me hacían sentir parte de algo.
Parte de una familia.
Lo que estaba viviendo ahora no podía considerarlo un hogar. Era consciente de que todo aquello no dejaba de ser trabajo. Aquella casa no era mía, sino de Román. Cuando terminara el contrato, volvería a mi verdadero hogar.
Y, aunque sonara egoísta, pensar en ello era lo único que conseguía aliviarme un poco.
La puerta sonó, haciendo que dejara el bolígrafo entre las páginas de mi diario. Lo guardé con esmero en el cajón del escritorio.
—Nena, ¿puedo entrar? —preguntó Román desde el otro lado.
Miré a Susto, que alzó la cabecita un instante antes de volver a acomodarse en la cama para seguir durmiendo.
—Sí, claro. —Suspiré.
No podía estarse quieto ni un segundo. Era incapaz de dejar que el silencio existiera.
Cuando entró, me di cuenta de que iba sin camiseta y solo llevaba el pantalón del pijama.
Aparté la mirada por acto reflejo porque sentía que estaba invadiendo un poco su intimidad, a pesar de que era él quien se había presentado así en mi habitación.
Pero mis hormonas eran traicioneras y mi mente dijo:
¿Y por qué no devorarlo un poquito con la mirada?
Así que lo hice.
Su cuerpo era demasiado perfecto para ser real. Se le marcaba la V que descendía hacia la cintura del pantalón. Sus manos eran grandes y parecían fuertes. Su cabello dorado estaba desordenado y sus ojos azules se clavaron en los míos con picardía.
—¿Me estás devorando con la mirada? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.
Tenía dos opciones.
La primera: pensar y mentir, que era la más lógica y sensata.
O la segunda: decirle la verdad.
Y ni de coña iba a hacer eso.
Pero, cómo no, mi mente y mis hormonas no estaban colaborando precisamente aquel día. Mi cerebro parecía haberse convertido en papilla, quizá por el tiempo que llevaba en celibato.
—Sí, lo estoy haciendo —me sinceré.
Román sonrió con más picardía y yo maldije a todos mis ancestros, que seguramente se estaban riendo desde el más allá al verme incapaz de mantener la cabeza en su sitio y soltar siempre lo primero que se me venía a la mente.
—¿Tan espectacular soy? Es normal. Aunque, sinceramente, saber que me devoras con la mirada hace que la situación sea mucho mejor. ¿Por qué conformarse con mirar si puedes tocar? —dijo, alzando las cejas varias veces con una expresión cargada de diversión.
—Tampoco nos pasemos, Robinson. Es una reacción normal. Me habría pasado con cualquier otro.
Noté cómo se me calentaban las mejillas.
—Qué mentirosa puedes llegar a ser. Sabes que ninguno me superaría, pero no pasa nada. Te doy todo el permiso del mundo para que me mires de la forma que más te plazca. ¿Has visto lo considerado que soy?
Se acercó a mí y se sentó en el borde del escritorio.
Editado: 19.09.2026