MAYA
Había pasado una semana desde la fiesta de Tom, en la que habíamos llevado a cabo la primera fase del plan. La segunda estaba prevista para el domingo, ya que aquel día era sábado, y tuve que decirle a Román que tendríamos que posponer la cita hasta el día siguiente.
¿El motivo? Habíamos recibido un mensaje de Marina. Había discutido con Billy y estaba completamente destrozada.
¿Solo fue eso? Ni por asomo.
Al parecer, todas las parejas habían decidido que aquel sábado era el día perfecto para discutir. Son se había peleado con Seven, Luna con Asher y Marina con Billy.
¿El resultado?
Que las cuatro terminamos reunidas en casa.
Marina tenía la cabeza apoyada en el hombro de Son; Son, a su vez, descansaba la mejilla sobre la cabeza de Marina, y Luna apoyaba la suya en mi hombro.
Rebecca iba repartiendo kleenex a los dos más afectados que, para sorpresa de todas, eran Son y Marina.
—Entiendo que las parejas discutan, es normal. Llevamos mucho tiempo cansados, pero... jope, no me gusta cuando Billy se enfada. Me genera mucho malestar —dijo Marina, sorbiéndose la nariz de forma notoria—. Y ha sido por una tontería. Está estresado por el trabajo y no paran de llamarlo para que arregle asuntos, a pesar de que Marc está allí. Solo le he dicho que se tome un descanso... y ha estallado.
Las lágrimas volvieron a brotar con más fuerza.
—Billy es tonto —masculló Rebecca, apoyando a su cuñada—. Siempre se ha agobiado por todo. No sé cómo no ha mejorado con la edad.
Suspiró.
Marina alzó la cabeza de golpe y clavó la mirada en Rebecca con una determinación que ninguna esperaba.
—Rebecca Stone, no vuelvas a hablar así de tu hermano, ¿estamos?
—Sí, señora.
Rebecca levantó las manos en señal de rendición, obediente.
En resumidas cuentas, Luna se había enfadado con Asher porque lo había visto hablando demasiado animadamente con una chica. Son, por su parte, estaba enfadado con Seven porque había acabado demasiado magullado en el ring. Su entrenador le había dicho que tirara la toalla y él, como siempre, no le hizo caso. Ganó, sí... ¿pero a qué coste?
Nosotras no habíamos ido a verlo. Teníamos terminantemente prohibido asistir a sus combates desde que, meses atrás, acabó con la nariz rota y nosotras quedamos traumatizadas de por vida.
—Yo entiendo que el boxeo sea su trabajo, que le apasione, pero... joder, no me gusta que le hagan daño. No me gusta ver a mi maridito herido y él no lo entiende. No me escucha. —Hizo una pausa dramática y las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos—. ¡Le dejaron esa cara preciosa y hermosa completamente magullada! ¿Qué ser inhumano sería capaz de hacerle algo así a una obra de arte? ¡¿Quién?!
Dicho aquello, empezó a zarandear a Marina por los hombros, provocando que esta terminara soltando una pequeña carcajada entre lágrimas.
Avril se rio y vi cómo sus mejillas se sonrojaban. Sin duda, Seven y Son eran únicos. Aunque se pelearan y se gritaran, siempre, pero siempre, decían algo bueno del otro. Igual que Marina, que, aunque estuviera furiosa con Billy, siempre lo protegía, porque ella solía decir: «Si alguien va a decirle algo a mi marido, soy yo. No se lo permito a nadie; de lo contrario... lo machacaría como a una cucaracha».
Miramos a Luna, esperando que nos contara su versión de la historia. Respiró hondo varias veces; tenía los ojos enrojecidos. Le acaricié suavemente el brazo para consolarla.
—No me molesta que hable con chicas, es normal, y me gusta que sea tan sociable. —Hizo una pausa—. Pero Shannon lleva detrás de él muchísimo tiempo y me provoca inseguridad. Lo que ha pasado es que él simplemente ha sido amable. Lo sé, lo entiendo, pero... ella lo ha interpretado de otra forma y se ha lanzado a besarlo.
Todas contuvimos el aire.
Son y Marina se incorporaron en el sillón de golpe. Sus expresiones cambiaron al instante, adoptando una seriedad casi detectivesca.
—¿Se apartó? —preguntó Son.
—¿Le ladró cual perro y la alejó a veinte mil metros de distancia? —añadió Marina, apretando los puños.
—Solo sé que no llegó a darle el beso. —Son respiró aliviado—. Pero le sonrió... y le acarició la cabeza.
Luna bajó la mirada, como si le diera vergüenza admitirlo.
Marina arrugó el pañuelo que tenía entre las manos y una furia claramente fingida apareció en sus ojos.
—Deberíamos cortarle la mano —masculló.
—No, eso sería demasiado piadoso —la secundó Son—. Deberíamos atarlo y no dejarlo salir de la habitación nunca más.
Sonrió con una malicia completamente falsa.
—Me encanta cómo piensas, mi amor. —Marina le dedicó una sonrisa orgullosa.
Era el apodo que siempre utilizaban entre ellos. Decían que, legalmente, estaban casados con sus respectivos maridos, pero que, espiritualmente, el matrimonio verdadero era el suyo.
—¿Y tú, Maya? ¿No has tenido problemas con tu novio? Solo dínoslo y haremos que pague.
Los dos supuestos adultos de treinta años hablaron con una determinación digna de una misión de Estado.
Estaba tan metida en mis pensamientos, analizando la conversación de los presentes, que, de manera inconsciente, solté:
—¿Qué novio?
Fruncí el ceño.
Y entonces caí.
Mierda.
La había cagado. Pero bien.
Me di un golpe mental y me maldije a mí misma por ser tan despistada.
—Perdón... Es que yo no suelo decir que sea mi novio...
Hice una pausa.
Piensa rápido, Maya. Sal de esta.
—Para mí es más como mi marido. —Sonreí. Demasiado forzado, en mi opinión.
Editado: 19.09.2026