Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 13

MAYA

MAYA

Cuando sentí algo duro, lo primero que acudió a mi mente fue: ¿qué ha pasado?

Desorientada, me moví en la pequeña cama. Convencida de que era la mía, me giré. Fue entonces cuando estuve a punto de caerme de bruces al suelo, pero una mano me sujetó por la cintura y me pegó a él.

Miré a mi alrededor y me percaté de que se trataba de la habitación de Román. Flashes de la noche anterior aparecieron en mi mente como secuencias fotográficas, haciendo que me pellizcara el puente de la nariz.

Tuve una horrible pesadilla de la cual no me quería ni acordar. La sensación de angustia, el miedo irracional y la pérdida de control, sumados al intenso dolor de oídos que sufrí, me impulsaron a buscar seguridad en Román. ¿Fue un error? Quizá, pero en esos momentos no lo sentí así, pues fue la primera vez en mucho tiempo que había descansado de verdad; fue la primera vez en mucho tiempo que no me desperté de madrugada examinando el lugar en busca de sombras ocultas en la oscuridad.

Y, además, el dolor incesante de oídos había cesado considerablemente, lo que me dio un alivio sensorial flipante.

Me giré lentamente y me quedé mirando a Román. Una sonrisa lobuna se apoderó de su rostro, haciendo que notara otra vez mis mejillas sonrojadas.

Movió los labios, pero no entendí lo que decía. Con un gesto que indicaba que esperase, me coloqué los audífonos. Enseguida, un leve pitido hizo acto de presencia.

—¡Buenos días, rayito de sol! —se burló, seguramente porque mi cara era de puro asco.

—Lo serán para ti... ¿Qué hora es? —pregunté, bostezando.

Él se giró un poco y estiró el brazo hasta coger el móvil que descansaba en la mesita.

—Las ocho de la mañana.

Abrí los ojos.

—Dios, ¿tan temprano es? —pregunté en un suspiro.

—No es temprano, es bastante tarde.

—Es domingo, Robinson —puntualicé.

Este se rio entre dientes, haciendo que yo sonriera. Él me miró con demasiada determinación, haciendo que me revolviera incómoda en la cama.

—Que no se te suba a la cabeza lo que voy a decir —advirtió—, pero estás guapa recién levantada.

Me quedé sin palabras. No consideraba que estuviera guapa recién levantada; más bien todo lo contrario. Pero, claro, sabía que Román solía decir esas cosas porque era parte de su naturaleza ligona. Seguramente se lo habría dicho a cualquier otra chica que hubiera dormido con él, por lo tanto, no le di mayor importancia.

—Tarde, Robinson, se me ha subido a la cabeza. —Le saqué la lengua.

Este se rio entre dientes.

—Vale, hoy es nuestra «cita» —dijo, haciendo comillas en el aire al mencionar la palabra.

—Madre mía, hace un millón de años que no tengo una cita —exageré.

—Yo no tengo citas —dijo, encogiéndose de hombros.

Nos levantamos de la cama a duras penas, a pesar de que yo tenía ganas de seguir durmiendo. Susto se encontraba en su cama, en el comedor. Cuando nos vio, emocionado, nos saludó a los dos. Me encantaba tenerlo en casa; hacía que una alegría se apoderara de mí, y el simple hecho de ver a esa pequeña criatura hacía que mi estado de ánimo cambiara enseguida.

—Hola, Susto —le dije, dándole un beso en la cabeza.

Movió la cola emocionado.

—Vale, el plan es simple y rápido —dijo Román.

Me giré para mirarlo.

—La cita va a ser en la cafetería de la uni. Habrá estudiantes desayunando, ya que muchos habrán salido de fiesta —dijo mientras cogía dos vasos.

Me di cuenta de que había cogido mi tetera, esa que usaba para mis tés. Echó el agua y rebuscó en el armario hasta encontrar la bolsita. Una sonrisa se apoderó de mí.

—Después nos iremos a pasear. No sé adónde, pero a algún lado.

—Hay un festival... Bueno, podemos ir adonde quieras —dije, corrigiéndome enseguida.

Él me miró con el ceño fruncido y aparté la mirada. Había una especie de exhibición de fotógrafos amateurs. Tenía muchas ganas de ir; lo había planeado al empezar la semana. Pero, después de lo que pasó ayer y de que tuve que posponer la cita falsa, dejé el plan a un lado, pues sabía que, de todas formas, no podía ir.

—¿Qué festival? —preguntó con curiosidad.

—Déjalo, ha sido una tontería —dije, quitándole importancia con un gesto de la mano.

Me echó el agua en mi taza favorita y colocó la bolsita con cuidado. Después añadió una cucharada de azúcar. Vi cómo arrugaba la nariz, como si el olor le disgustara.

Me tendió la taza de inmediato y le di un sorbo. Él siguió mirándome, como si con eso pudiera averiguar lo que estaba pasando por mi mente.

La verdad era que me había dado cuenta de que Román no era tan imbécil como pensaba. Era una persona bastante detallista, no solo conmigo, sino también con los demás. Además, las semanas que llevaba conviviendo con él habían sido mucho más soportables de lo que llegué a imaginar. Seguramente la doctora Dexter me habría dicho que había juzgado a las personas sin haberlas conocido y, en este caso, tenía razón.

—Maya, me gustaría que me dijeras lo que quieres hacer tú —soltó de repente—. Entiendo que esto es un trabajo, pero me gustaría que te sintieras libre de hacer cosas que te gustan.

Hizo una pausa.

—No quiero que, por estar atada a un contrato, dependas de mí. Me refiero a que no dejes de hacer cosas que te gustan solo porque a mí quizá no me agraden —dijo lentamente.

Tenía razón, pero tenía tan metido en la cabeza que aquello era un trabajo que ni siquiera había pensado que me estaba olvidando de hacer cosas que me gustaban porque creía que a Román no le agradaban. Normalmente no habría sido así, pero tener un contrato y que me pagaran por ello hacía que mi percepción cambiara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.