ROMÁN
Otra fiesta. Otra fiesta a la que acudía y, a mi lado, Maya. Se la notaba cabreada, como si no quisiera estar allí. Podía entenderla; desde que vivía conmigo había acudido a más fiestas de las que yo había ido en toda mi vida. ¿Que me reía de ella? Sí, porque adoraba reírme de ella, del mismo modo que ella se reía de mí.
Hoy estaba especialmente callada, sin decir apenas una palabra. Había estado insistiendo en que no debíamos ir, a pesar de que aquella era la última fase del plan. La gente ya estaba hablando de nosotros; no tardaron mucho en empezar a correr los rumores, que era precisamente lo que queríamos. Aun así, ella me había dicho que al día siguiente debía hacer un anuncio y que necesitaba estar descansado.
¿La había ignorado?
Sí.
En esas semanas, es decir, en el mes que llevábamos viviendo juntos, habíamos creado una rutina bastante buena. Desayunábamos juntos todos los días. Habíamos empezado a dormir juntos, a pesar de que Maya insistía en que debía volver a dormir en su cama.
¿Quería eso?
La verdad era que no.
Me había acostumbrado demasiado rápido a su presencia constante, y dormir juntos se había convertido en algo tan normal entre nosotros que ya formaba parte de mi rutina. Igual que acudir a las sesiones que ella hacía, recogerla después de sus clases de fotografía o verla editar imágenes en casa mientras decía que todavía debía mejorar cuando, sinceramente, eran una maldita pasada.
Era muy buena en lo que hacía. Capturaba la esencia de las personas sin ni siquiera proponérselo; le salía de forma natural. Pero era lógico. Había aprendido fotografía con once años, cuando por Navidad su abuelo le regaló una cámara de Papá Noel. Me contó que se emocionó muchísimo y que, desde entonces, no había dejado de hacer fotos.
Hoy iba especialmente sencilla. Llevaba el pelo suelto, una sudadera azul que me había robado y unos vaqueros que seguramente le quedaban algo caídos de cintura.
¿Que me gustaba verla con mi sudadera?
Un poco.
Aunque nunca lo admitiría en voz alta.
Ni de puta coña.
En esos momentos me encontraba hablando en un rincón con una chica, pero, para mi sorpresa, la conversación me estaba resultando demasiado tediosa. Mis ojos, de manera inconsciente, buscaban a Maya, que estaba hablando con un grupo de chicos de su clase de fotografía.
Uno de ellos le pasó un brazo por los hombros y me puse tenso.
Demasiado tenso.
Apreté la mandíbula y no dejé de mirarlos.
Maya, que no se había percatado ni de mi mirada ni de mi tensión, se apartó con suavidad y siguió hablando con total naturalidad.
¿Que el pequeño Román que tenía dentro de mi cabeza se puso a bailar al verla apartar aquel brazo?
Sí.
Y era algo que no comprendía.
¿Por qué me molestaba que alguien le pasara el brazo por los hombros? Quizá era cuestión de ego. Me fastidiaba que, sabiendo que estaba conmigo, aunque fuera de mentira —ellos no lo sabían—, se tomaran tantas libertades.
La chica pasó la mano por mi brazo y me aparté ligeramente, haciendo que me mirara con extrañeza.
Joder, incluso yo me sorprendí de lo que acababa de hacer.
—¿Quieres subir arriba? —preguntó con tono coqueto.
Dudé.
Miré a Maya, que enseguida me devolvió la mirada. Después miré a la chica.
Maya sonrió y me hizo un gesto con la cabeza.
Ella misma me estaba incitando a que hiciera algo con aquella chica, y eso me molestó.
¿A ella no le fastidiaba que una chica se me acercara de esa manera?
No lo sabía.
Por ego, quizá. Por orgullo.
Pero no, no parecía molesta.
—Sí, claro —dije, sin apartar la mirada de Maya, que seguía hablando con el pulpo que no paraba de tocarla.
No cogí de la mano a la chica. Había demasiada gente alrededor como para cometer esa imprudencia.
Conforme subíamos las escaleras, mi mal humor no hacía más que aumentar.
¿No iba a hacer nada?
¿No iba a subir las escaleras y decirme que dejara de hacer tonterías, que con aquello solo conseguiría fastidiar el plan?
Miré detrás de mí, pero no había rastro de Maya por ningún lado.
Apreté los puños con fuerza.
Dios, debía relajarme.
—Estás tenso. No sabía que Maya y tú teníais una relación abierta. Qué modernos —dijo la chica.
Abrí la boca.
Dios, claro.
Todo el mundo sabía que estaba con Maya, pero yo estaba subiendo las escaleras con otra chica.
—Sí, algo así —respondí, un poco ofuscado.
Entramos en una habitación que estaba libre. Cerré la puerta y me quité la chaqueta.
La chica se acercó con sensualidad.
—Llevaba toda la noche deseando esto —ronroneó.
Me quedé en silencio y, una vez más, miré la maldita puerta, esperando que fuera ella, Maya, quien llamara enfurecida.
Pero aparté ese pensamiento de mi cabeza, porque sabía que no lo haría.
Que le daba igual.
—Sí, yo también —mentí.
MAYA
¿Cómo acabé subida a un árbol? Fue una completa locura, pero sabía que, si no hacía aquello, seguramente las cosas acabarían mucho peor para los dos, y me negaba a que todo se fuera al traste porque los imbéciles de turno estuvieran demasiado pendientes de lo que Román hacía o dejaba de hacer.
Editado: 19.09.2026