ROMÁN
Me costó conciliar el sueño. El recuerdo de lo que había pasado en esa fiesta seguía demasiado presente en mi cabeza como para dejarlo a un lado.
Aún podía sentir la necesidad, las ansias de los dos, las ganas que teníamos en ese momento. Si la chica no hubiera dicho nada, seguramente aquella noche Maya habría perdido su celibato y yo habría pasado la mejor noche de mi jodida vida.
Pero, al parecer, el destino no quería eso. Era como si haberlo hecho hubiera supuesto cruzar una línea invisible de la que ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta.
Solo había pasado un jodido mes y casi me acuesto con ella.
Había elegido a Maya porque ninguno de los dos nos soportábamos en ese momento. La había elegido porque pensé que nunca me atraería de una manera sexual y, mira por dónde, ahora mismo me encontraba recordando cada uno de sus sonidos, cómo su cuerpo se arqueaba, sus gemidos, sus labios sobre los míos...
En fin, una jodida liada.
Abrí los ojos y lo primero que hice fue mirar el móvil. Me di cuenta de que eran las cuatro de la mañana.
¿Por qué me había despertado?
Adormilado, miré la oscura habitación y vi que el lado donde debería estar Maya estaba vacío.
Me puse tenso.
Muy tenso.
Me levanté a toda prisa de la cama y salí de la habitación. Una sensación de amargura se instauró en la boca del estómago, porque siempre tendía a pensar en lo peor.
Pero, cuando salí al salón y la vi sentada en una de las sillas, respiré aliviado.
Maya tenía la vista perdida en el horizonte, presa de su propia mente. Miraba al vacío, como si no se diera cuenta de lo que la rodeaba. Iba envuelta en una especie de manta de color azulado.
Poco a poco me acerqué. Sabía que llevaba los audífonos, pues nada más oír mis pasos salió de su estupor y me miró.
—¿Te he despertado? —preguntó con cierta preocupación.
—Tampoco podía dormir, así que no me has despertado —le dije con una pequeña sonrisa.
No hizo falta que me dijera nada. Sin dudarlo, cogí la otra manta que había sobre el sillón y me senté en la silla de enfrente. Imitándola, miré hacia el exterior, como si este pudiera aclarar todos los pensamientos que gobernaban mi mente.
Pero ambos sabíamos que, tarde o temprano, tendríamos que hablar de lo que había pasado en la fiesta.
Lo que me gustaba de Maya era que podía hablar de cualquier cosa con ella. Daba igual lo disparatada que fuera. Habíamos creado una dinámica que me gustaba mucho. Yo era una persona comunicativa; siempre expresaba lo que se me pasaba por la cabeza, por muy alocado o absurdo que fuera. Maya, sin embargo, era más reservada. Había que sacarle la información con un sacacorchos si te descuidabas.
—Oye... —comenzó ella—. Lo de esta noche... Sé que ambos hemos cruzado una línea muy fina.
—Así es —le respondí un poco tenso.
—La verdad es que no quería que acabara así. Te abordé sin esperar a que me dieras permiso, pero juro que lo hice porque había oído a ese estúpido pelirrojo decir que te iba a echar una foto. Mañana tienes una campaña; es cuando oficialmente empezamos a limpiar tu imagen. Si te hubieran pillado con la chica, todo habría ido a más —dijo con un suspiro.
Asentí.
Tenía razón.
No debí sucumbir a eso. Aquello había provocado que Maya subiera por un jodido árbol y se metiera en el cuarto para salvarme el culo.
—Tienes razón. Fue demasiado imprudente por mi parte —reconocí mi evidente error.
—Lo que quiero decir con todo esto es que, obviamente, cuando pasó lo que pasó... pues me dejé llevar. No te voy a mentir. —Se ruborizó—. Joder, hacía un año que no hacía nada y por eso mis hormonas actuaron en consecuencia.
Parecía verdaderamente abochornada.
Hice una pausa.
Había algo detrás de esas palabras. Lo supe porque vi cómo su mirada se perdía durante unos microsegundos, cómo se ruborizaba de inmediato y cómo se mordía el labio, haciendo que yo también me pusiera tenso.
—¿Qué quieres decir con eso, Maya? —Mi voz sonó demasiado lenta y pausada.
—Pues... —Se pasó las manos por la cara—. Pues que... Dios, no sé cómo decir esto... —dijo riéndose por los nervios.
Abrí los ojos.
Lo supe de inmediato; no necesitaba que me dijera nada más.
Impulsado por algo primario, sin dudarlo, me levanté de la silla. Ella seguía diciendo cosas en voz baja, pero no pude resistirme. Antes de darme cuenta, le alcé el rostro y estampé mis labios contra los suyos.
Enseguida me devolvió el beso con intensidad. Cogiéndola en brazos, la adentré en la casa. Sentir sus piernas rodeando mi cintura fue una dulce tortura que estaba dispuesto a soportar. No sé por qué, pero terminé dejándola sobre el sillón. Me quité la camiseta y vi cómo ella hacía lo mismo.
Joder.
—Román...
Fue mi abismo más tortuoso.
Me lancé sobre ella y la besé con ganas. Le mordí ligeramente el labio, haciendo que gimiera y profundizara el beso que nos estábamos dando. Sus manos fueron enseguida hacia mi cabello y me atrajo aún más hacia ella, como si no quisiera dejar ni un solo espacio entre los dos, como si necesitara tenerme más cerca con desesperación.
Pero yo me encontraba exactamente igual.
Le besé el cuello y oí su suspiro entrecortado. Su piel ardía y, juntos, estábamos provocando un auténtico incendio.
—Román... No aguanto... —me suplicó.
Ya estaba.
Esa mujer había acabado conmigo en todos los sentidos posibles.
—Ni yo, nena —dije, tragando saliva—. Pero hace tiempo que no haces nada y es posible que te duela.
Editado: 19.09.2026