MAYA
Cuando vi mi casa delante de mí, sentí que la presión en el pecho desaparecía a niveles desorbitados. El simple hecho de estar allí de nuevo, aunque solo fuera por una noche, se me hacía casi mágico.
Había extrañado tanto esa casa, había extrañado tanto dormir con las chicas, que no me había dado cuenta de que todo el peso que llevaba encima, poco a poco, se me estaba haciendo una bola en la espalda.
Al bajar del coche junto a Susto, solté todo el aire y, con una amplia sonrisa, abrí la valla que daba acceso a la casa. Pude distinguir por la ventana a las chicas riéndose y a dos figuras masculinas.
Enseguida supe que Liam y Ken ya estaban allí. Susto movía el rabo con energía, como si la idea de estar con más personas le encantara, y me alegraba que, en tan poco tiempo, estuviera tan bien, tan sano y se hubiera adaptado a la casa en la que vivía temporalmente.
Llamé a la puerta y esperé unos segundos hasta que fue Ken quien me abrió. Sin dudarlo, me lancé sobre él, haciendo que me levantara un poco del suelo.
—Te he echado de menos —le dije con gran alegría.
—Yo sí que os he echado de menos. No sabes la alegría que me dio cuando me trasladaron aquí durante un año. Si te descuidas, en el momento en que me lo dijeron me habría subido a la mesa y habría hecho mi baile de la victoria —dijo con su deslumbrante y cegadora sonrisa.
—Oh, por Dios, la gente no verá lo espléndido que es tu baile... Qué desgracia.
El dramatismo salió a la luz, haciendo que Ken se carcajeara.
En cuanto entré en la casa, el olor a hogar inundó mis fosas nasales. Noté cómo me picaban un poco los ojos a causa de las lágrimas que no habían salido desde que me aventuré a hacer esta locura.
La tensión acumulada durante el último mes se hizo cada vez más presente en mí. No me di cuenta de la carga que llevaba hasta que Avril, emocionada, se abalanzó sobre mí y me dio un abrazo. Entonces noté cómo una pequeña lágrima resbalaba por mi mejilla.
Di gracias al cielo de que nadie me hubiera visto.
La tensión que tuve con la doctora Dexter hizo mella en mí. Cuando le conté todo lo que me estaba pasando, se quedó un poco extrañada. Le costó imaginar que yo, Maya Carrington, hubiera empezado una relación de la noche a la mañana y que, por esa relación, hubiera decidido irme a vivir con él.
Claro, no podía decirle nada del trato.
El contrato me lo impedía y, aunque me había muerto de ganas de contárselo, todavía me quedaban cinco meses por delante.
De momento, cinco...
Quizá se acortaran.
—¿Y esta monería? —chilló Avril al ver a Susto, que inmediatamente se puso sobre dos patas para que ella lo acariciara.
Ella no dudó y empezó a darle un montón de besos en la cabeza y a cogerlo entre sus brazos. La sonrisa radiante de Avril llenaba toda la maldita casa.
Pude ver que estaba muy pálida y que había bajado muchísimo de peso.
La preocupación se instaló en la boca de mi estómago y, de manera automática, miré su aparato respiratorio. Vi que le habían aumentado el flujo. El miedo me abrazó por la espalda como una sombra sin rostro y de sonrisa maliciosa que me indicaba que aquellas señales no eran buenas, que podían ser indicio de algo.
—Avril, ¿estás comiendo? —pregunté con cautela.
Juro que incluso se apreciaba cómo la camiseta le quedaba tan grande que se le escurría por un hombro, dejando al descubierto la fragilidad de sus huesos bajo la piel.
—Sí. Lo único es que me han subido un poco más la dosis de la medicina y este es uno de los efectos secundarios.
Me quedé parada.
Analicé en mi mente las palabras de Avril.
Cada día la veía más demacrada, más cansada. Podía ver el surco de sus ojeras; su piel carecía de color hasta el punto de adquirir un tono ceniza, sus labios estaban agrietados y pálidos y su respiración era irregular, preocupante.
—Por favor, Maya, no quiero que me mires así. Vamos a disfrutar de la noche —me alentó Avril.
Pude ver sus uñas quebradizas.
Tragué el nudo de emociones que se había formado en mi estómago y simplemente asentí, porque no podía negarme a nada que me pidiera Avril Carson.
Las risas no tardaron en inundar la casa. Los gestos que hacía Liam al interpretar la tarjeta que tenía en la mano hacían que me doliera el estómago y que la risa saliera sin control de mi boca. Rebecca, que era la más competitiva de las cuatro, empezó a decir un sinfín de cosas sin descanso. Frustrada, se sentó en la silla y se cruzó de brazos, haciendo un puchero digno de una niña pequeña.
—No te enfades —canturreó Luna.
Rebecca le dio un suave golpe en el brazo.
Muy suave.
Luna se rio con más fuerza, al compás de Avril, que se secaba las lágrimas de los ojos. Las cervezas sobre la mesa, junto con las patatas que habían sacado, me recordaban todas las veces que habíamos hecho aquello.
—¡Un búho! —gritó Luna con brillo en los ojos.
—¿Qué va a ser un búho, Olaf? —suspiró Liam con indignación.
—Pues, si mueves los brazos así... —Luna imitó los gestos de Liam—. ¿Qué quieres que piense? —dijo indignada.
Editado: 19.09.2026