Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 18

MAYA

MAYA

Me desperté desorientada, sin saber dónde estaba. El silencio que noté me dio a entender que había dormido sin los audífonos. Parpadeé varias veces y me di cuenta de que estaba en el cuarto que compartía con Román.

Fue entonces cuando los recuerdos de la noche acudieron a mi mente en masa y sentí cómo mis mejillas se ruborizaban ante la evidente vergüenza. Al mismo tiempo, sentí ese alivio que tan pocas veces experimentaba al dormir, hasta el punto de que me abrumó la cantidad de emociones que luchaban en mi interior.

Miré la hora en el reloj y vi que eran las seis de la mañana. Suspiré, pero esta vez no me quejé por levantarme a esa hora.

Me giré lentamente y vi que Román no estaba en su lado de la cama. Extrañada, cogí el móvil y vi la avalancha de mensajes que había llegado al chat, la mayoría de las chicas diciéndome que no pasaba nada, que sabían el motivo por el cual había tomado esa decisión y que había sido tonta por no despertarlas.

Sí, fui una tonta.

Actué sin pensar, presa del miedo que se había aferrado a mi interior como un pulpo con sus enormes tentáculos. La sensación de asfixia de anoche, la sensación de no haber dominado ni controlado la situación, eran indicios de que no estaba avanzando tanto como quería en la terapia y, aunque era frustrante, seguramente debería pedir otra sesión con la doctora Dexter.

Un mensaje de Román hizo que sonriera ligeramente.

Nene:

He ido al gimnasio. Te iba a despertar para que me acompañaras, pero, dado que seguramente me hubieras mordido y arañado, preferí mantener mi integridad física intacta.

Ladeé la cabeza. Solo Román Robinson podía sacar una pequeña broma de la situación de anoche, cosa que agradecí enormemente. No quería dramatismos innecesarios por lo sucedido.

Ya levantada de la cama, me aproximé a la cocina y me quedé aún más sorprendida, si cabía, al ver el té que solía prepararme y unos macarons que tanto me gustaban colocados en un plato, cubiertos con plástico.

Aquel gesto me llenó en lo más hondo de mi ser y simplemente solté el aire que tenía acumulado.

Pensar que había acudido a los brazos de Román Robinson por el miedo que me había provocado la pesadilla me parecía de lo más surrealista. El simple hecho de haber actuado de esa manera con él, con solo un mes de convivencia, hizo que en mi estómago se formara un extraño vacío, una sensación inexplicable.

Pero no quise pensar en eso.

No era el momento de indagar en cosas que, sinceramente, ahora no tenían cabida en mi mente.

Me senté y desayuné lo que Román me había dejado. No fue hasta que oí abrirse la puerta cuando salí de mis pensamientos.

—Hola, nena. ¿Estás despierta? Espero que seas tú, porque, si es un ladrón, estamos jodidos —gritó Román desde el rellano.

—No, lo siento. Soy un ladrón —dije, poniendo la voz lo más grave que pude.

—Entonces estamos jodidos. —Pude escuchar su pequeña risa—. No tenemos mucho en esta casa, señor ladrón, pero te puedo dar un té asqueroso que se huele nada más entrar y unos audífonos que tienen que costar una pasta.

Entró en el salón.

—¿Mi té? ¿Mis audífonos? O sea, ¿darías lo más valioso que tengo? Muy bonito, muy bonito. —Soplé por la nariz.

—Nena, en la vida hay que hacer sacrificios. No pasa nada. Si eso llegara a pasar, te compro toneladas de té y los mejores audífonos del mercado. —Se rio entre dientes.

Se acercó a mí y me dio un beso en los labios.

—¿Lo he arreglado? —preguntó, poniéndome ojitos.

—Bueno, más o menos. Solo más o menos —respondí con una pequeña sonrisa.

Estuvimos charlando un rato más. Enseguida, el ambiente se llenó de calidez y nuestras risas resonaron entre los muros de aquella casa.

Aún me sorprendía toda esa situación. Se me hacía extraña, pero tampoco estaba mal aprovechar un poco de aquello, de todo lo que estaba pasando.

—Hoy tengo clases de fotografía —anuncié—. Llegaré para la hora de la cena.

Dije eso mientras me iba al cuarto para coger la ropa.

—De acuerdo, pero hoy no hagas planes —me avisó.

Extrañada, me asomé en ropa interior y, apoyando la cadera en el marco de la puerta, pregunté con una sonrisa:

—¿Y eso?

Él me devoró con la mirada y, maldiciendo por lo bajo, dijo:

—Nena, no te conviene salir así si quieres llegar a tiempo a clase.

Se aproximó a mí.

Miré el reloj, me mordí el labio y, sin dudarlo, me lancé sobre él, envolviendo mis piernas alrededor de sus caderas.

—Tenemos media hora de margen. ¿Nos dará tiempo? —pregunté con coquetería.

—Ni por asomo —se sinceró él—. Pero la aprovecharemos.

Riéndonos, nos adentramos en el cuarto.

Vale, la verdad es que correr por todo el campus con Román Robinson no era la idea más efectiva si quería pasar desapercibida y que nadie se diera cuenta de que llegaba tarde

Vale, la verdad es que correr por todo el campus con Román Robinson no era la idea más efectiva si quería pasar desapercibida y que nadie se diera cuenta de que llegaba tarde.

Al final, a los dos se nos hizo tarde. Nos costó levantarnos de la cama, pero, armándonos de valor, lo hicimos, a pesar de que estuvimos tentados de no ir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.