Sígueme el juego-Segundo libro de la saga: vidas cruzadas-

Capítulo 19

MAYA

MAYA

La verdad es que no me esperaba el detalle que había tenido Román. Sabía que, si lo había hecho, era porque la noche anterior me había visto destrozada. Era muy detallista, una cosa que había aprendido de él a partir de la convivencia. No se escandalizaba por mis locuras místicas; es más, se intrigaba por ellas. Se prestaba a hacer las cosas que me gustaban.

¿Por qué lo hacía?

¿Tan bien le caía?

¿Tan desesperado estaba porque todo esto saliera bien como para hacer todo aquello?

No tenía ni idea y no quería pensar en ello. Solo quería disfrutar del momento en el que me encontraba, del hoy y del ahora.

Román me miró con impaciencia al ver que empezaba a barajar las cartas con los ojos cerrados. Les transmití mi energía, sentí un extraño calor y, cuando los abrí, esbocé mi mejor sonrisa.

—Vale, corta —dije, colocando las cartas frente a él.

Lo hizo.

—Elige un lado —le indiqué.

—El izquierdo.

Cogí el montón de la derecha y lo dejé a un lado. Saqué tres cartas. Las miré y abrí los ojos. Sentí algo extraño en el estómago al ver de lo que se trataba. No sabía cómo empezar a decir aquello, no entendía por qué me afectaba, pero, al fin y al cabo, no era de extrañar que eso, en algún momento, pasara.

—Vaya... Veo que te gusta alguien —dije, pensativa.

Sentí cómo mi corazón daba un pequeño vuelco.

Él se puso tenso, demasiado tenso, como si no esperara aquella confesión. Yo tenía millones de preguntas en mi mente.

¿Quién era?

¿Cómo la había conocido?

¿Desde cuándo empezaba a sentir cosas por esa chica?

Millones de preguntas para las que seguramente no tendría respuesta porque no me atrevía a preguntar.

—Es una chica bastante complicada. —Ya me caía un poco mal esa desconocida y no sabía por qué—. Es cabezona, tiene muchos problemas a la hora de confiar en las personas. Además, os espera un camino un poco largo —enumeré las características de aquella desconocida.

—¿Se sabe quién es? —preguntó con duda en la voz.

—No, las cartas no pueden decirme un nombre. —Me mordí el labio—. ¿En qué clase de chicas te fijas? —solté sin pensar—. Es decir, ¿no había una más fácil, que te diera menos dolores de cabeza?

Mentalmente me di una bofetada por haber dicho aquello.

—¿En qué clase de chica me fijo? ¿Fácil? Créeme, si es la chica que creo que es, es bastante complicada —respondió, cruzándose de brazos.

—Pues te deseo ánimos. —Mi voz sonó demasiado seca—. Los vas a necesitar.

Suspiré.

Ladeé la cabeza. No tenía derecho a ponerme así.

—¿Y ella? —preguntó con temor en la voz—. ¿Siente algo por mí?

Apartó la mirada.

Miré las cartas y las analicé. La amargura aún persistía en mi interior y, cerrando los ojos, solté:

—Está empezando a sentir cosas por ti, pero aún no lo tiene claro.

Definitivamente, me caía mal.

Seguimos bromeando. La botella de vino que había comprado Román no tardó en acabarse, haciendo que nuestras risas aumentaran con cada tontería que decíamos. No sé por qué, pero aquella situación me estaba resultando demasiado cotidiana.

Extraña, sí, pero una extrañeza agradable.

Lo miré unos segundos, solo unos segundos. Me permití el capricho de devorarlo con los ojos, casi de manera evidente, pues vi cómo Román alzaba una ceja con picardía.

Era consciente de que me había pillado, pero yo no me escondía.

—¿Sabes? —comencé a decir—. Mi madre solía decirme que, a veces, la vida tenía formas curiosas de mostrarte tu destino.

Me coloqué boca arriba, mirando al techo.

—Decía que todos teníamos un destino y que, aunque tomáramos caminos diferentes, no podíamos escapar de él.

El nudo de emociones se apoderó de mí.

Román no dijo nada.

Solo me miró.

—Cuando pasó el accidente de coche, a los pocos días recordé lo que me dijo. —Me reí con amargura—. ¿El destino de mis padres era morir en ese coche? ¿Mi destino era perder aún más audición a causa del accidente? ¿Mi destino era aprender a vivir sin ellos?

Tragué saliva.

—Te dije que te contaría el motivo de mis pesadillas. Siempre es la misma. No cambia. Es un incesante recordatorio de ese día. —Me mordí el labio—. Yo tenía cinco años. Mis padres y yo íbamos de camino a casa de mi abuela porque era su cumpleaños al día siguiente.

Dejé que los recuerdos de aquel día aparecieran en mi mente.

—Estábamos emocionados. Yo me había puesto mi vestido verde porque sabía que a mi abuela le encantaba que lo llevara. Mi madre me hizo muchas trenzas y mi padre me puso mis calcetines más graciosos, aunque no combinaran, porque sabía que me encantaba ponérmelos.

Una lágrima cayó de mis ojos.

Román se acercó a mí. Su presencia me inundó por completo y me tranquilizó de cierta manera. Me sentía apoyada. Le cogí la mano y entrelacé mis dedos con los suyos con el propósito de calmar mi ansiedad.

—Yo tenía problemas de audición, pero no hasta el punto de necesitar un aparato. Yo podía escuchar, ¿sabes? Recuerdo la voz de mi madre, la risa de mi padre, las quejas de mi abuela, las bromas de mi abuelo... —enumeré—. Tengo miedo de perder el recuerdo de ellos. Tengo miedo de olvidar el acento tan marcado de mi madre, tan alemán, o el acento londinense de mi padre. Su risa, sus bromas...

Las lágrimas cayeron a raudales por mis ojos.

—Íbamos de camino a casa. Mis padres estaban bromeando; ellos siempre estaban de bromas, ¿sabes? Se besaban a cada rato. Mi padre le susurraba ñoñerías a mi madre y ella se ruborizaba como si fuera una adolescente viviendo su primer amor.




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