ROMÁN
Me desperté con un dolor de cuello insoportable y con la sensación de tener un peso encima de mí. Cuando me moví, oí un pequeño gemido de queja procedente de una voz suave y adormilada. Al abrir los ojos, me di cuenta de que tenía a Maya durmiendo encima de mí.
Sentir su cuerpo sobre el mío fue una sensación que, joder... me revolvió por dentro.
Una sonrisa traicionera se apoderó de mi rostro al ver cómo su cabello rizado estaba revuelto y cómo se aferraba a mi camiseta como si fuera un salvavidas. Joder, la noche anterior había sido una auténtica pasada.
Me sentía mucho más cerca de ella. Sentía que habíamos conectado a niveles desorbitados. Que se hubiera abierto de aquella manera conmigo había sido una jodida pasada y no había placer más grande que el de que una persona confiara de esa forma en ti.
Por lo que pude apreciar, no había tenido pesadillas. Su ceño no estaba fruncido y su agarre no era fuerte, sino más bien suave, como si la tela de mi camiseta fuera un ancla que necesitaba para saber que estaba aquí, en el presente, y no en el pasado.
—Nena... —le susurré lentamente.
Miré la hora y recordé que Maya tenía que irse.
Tenía sesión con la doctora Dexter. ¿Cómo lo sabía? Vale, puede ser que hubiera mirado de reojo su agenda por pura curiosidad y, aunque no quise indagar demasiado en sus sesiones, recordé que hoy le tocaba una.
¿Qué? La curiosidad a veces era el peor de mis pecados.
—Nena... —Le aparté con suavidad un mechón de cabello.
Había dormido con los audífonos puestos, por lo que sabía que me estaba escuchando.
—Nena... —repetí, esta vez un poco más alto.
—Joder, Robinson, vete tú solo al gimnasio y déjame vivir... —murmuró.
Mi risa no tardó en hacerse presente. Con esta chica nunca me aburría.
—Pero es que hoy tengo doble sesión —la piqué—. Además, debes apreciarme mientras hago mi rutina de músculos. Las chicas pagarían por ello —bromeé.
—Pobres almas en desgracia las que pagarían por ver un espectáculo tan atroz... Haces sonidos raros, sudas y hueles mal. Créeme, si te miran, no es por tus músculos —me devolvió la pulla sin abrir siquiera los ojos.
—Además, eres mi novia falsa. Debes estar presente en esas cosas.
No sé por qué, pero las palabras novia falsa me pesaron demasiado en la lengua.
—Soy tu novia falsa, pero también soy realista. No eres atractivo en el gimnasio, Robinson. No lo eres.
Se giró y cayó a mi lado.
Susto fue enseguida a saludarla y Maya le respondió con el mismo entusiasmo.
—Genial. Al perro sí, pero a mí no —bufé.
—Él es el amor de mi vida —dijo con total seguridad—. Además, nunca me haría madrugar para acompañarlo a un sitio que detesto.
Se levantó del colchón mientras se desperezaba.
Pude ver cómo parte de su camiseta se alzaba, dejando al descubierto una pequeña porción de su vientre.
Me la comí un momento con la mirada para después ver cómo se metía en la cocina y empezaba a sacar cosas para preparar ese asqueroso té.
Su móvil sonó, haciendo que me girara ligeramente hacia él.
—Te llaman, nena —dije, estirándome.
—Cógelo tú, ¿no ves que estoy haciendo cosas? Haz algo por la humanidad, Robinson. —Se giró y me sacó la lengua.
—Pero es tu móvil.
—Lo sé, y yo te he dicho que lo cogieras —respondió como si fuera lo más lógico del mundo.
Cogí el dichoso aparato y vi que en la pantalla ponía: «Abuelo».
Me puse tenso.
Me puse pálido.
Entré en pánico en dos segundos.
—Joder, nena, es tu abuelo —dije con evidente horror en la voz.
Ella me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—Cógelo, Robinson. —Vi que seguía sacando ciertas especias y colocándolas sobre la encimera—. No te va a comer.
Se rio.
Dudé unos segundos. Me coloqué bien el pelo, la camiseta e intenté mostrar una imagen decente de mí mismo.
¿Por qué coño estaba haciendo eso?
Joder, si con mis anteriores parejas no me preocupaba demasiado lo que dijeran sus padres de mí, ¿por qué con los abuelos de Maya sí?
—¿Estoy bien? —le pregunté.
Ella se giró.
—Sí, por desgracia. Te odio por eso. ¿Cómo es posible que una persona se levante tan guapa? Es que yo creo que el universo no es demasiado equitativo.
Pero yo solo noté cómo unas jodidas mariposas se apoderaban de mi estómago.
Al final descolgué y vi que se trataba de una videollamada.
—Buenos días, señor Muller —dije con una voz de pito que hizo que Maya se riera desde la cocina.
Su abuelo me miró durante demasiado tiempo. Tanto que sentí que me estaba analizando más de la cuenta.
—Robinson... ¿qué haces con el móvil de mi nieta? —Su voz sonó seria—. Mi flor, el sinvergüenza de Robinson le ha robado el móvil a nuestra niña y tiene el descaro de coger la llamada.
Greta se acercó hasta él. Vi que se estaba secando las manos en un trapo y, cuando sus ojos marrones se posaron en mí, esbozó una sonrisa tan amplia que me tranquilizó al instante.
—Hola, Román, cielo. ¿Cómo te encuentras? —Le arrebató el móvil a su marido—. Vaya, qué guapo estás. Muy guapo, sí, señor.
Me halagó y me reí.
—Usted está igual de bien, preciosa —le devolví el piropo.
—Mon chéri, eres tan encantador... Pero, claro, cielo, tengo una pregunta que ronda por la cabeza de esta vieja anciana... ¿qué haces con el móvil de mi ma chérie?
Su acento era precioso y no pude evitar sonreír ampliamente.
—Pues... esto... —dudé.
Editado: 19.09.2026