Por dentro la casa se veía justamente como las que vi en las películas o series de televisión. El porche daba la bienvenida al frente, ancho, limpio, inútil. Ventanales medianos, sin cortinas pesadas, dejando pasar una luz opaca que hacía que todo pareciera más grande de lo necesario. Demasiado grande para mí.
Saque las llaves de mi bolsillo que tintinearon al estar afuera. Introduje la llave que tenía como etiqueta “Puerta-Entrada” y la giré, había sido bueno que Jack las había etiquetado a cada una. Cuando abrí la puerta no hubo eco.
Eso fue lo primero que noté.
Los muebles ya estaban ahí, ocupando el espacio como si siempre hubiera sido suyo. Un sofá amplio, exagerado, de esos donde alguien podría dormirse sin querer. Una mesa de centro con marcas suaves, no abandono, solo uso. Una alfombra que no pedía atención. La cocina se abría a la sala, con una barra de granito claro y 4 bancos que no iban a servir para nada. Los gabinetes estaban vacíos por su puesto.
Subí las escaleras despacio, como si la casa pudiera escucharme.
Las habitaciones estaban listas. Camas tendidas. Cortinas a la mitad. Un clóset vacío que parecía más una advertencia que una invitación. No había fotos. No había rastros. Ningún intento de parecer vivida. La habitación principal iba a ser mía por supuesto. La ventana que daba al exterior tenía una buena vista hacia la calle, mi camioneta estaba ahí descansado después del largo viaje. Me senté en la cama, que no crujió cuando lo hice, no como la que había sido mi lugar de descanso desde hace siete años. Era grande, me deje caer hacia atrás estirando mi cuerpo e intentando que mi cuerpo se relajara un poco por el haber estado sentado durante largo tiempo. Me moví un poco más mientras miraba el techo, era de color negro. La casa no se quejaba, no reaccionaba y funcionaba. Funcionaba demasiado bien. Me levante de un salto mientras me dirigía al baño de la habitación. Lavé mi cara con agua fría e hice mis necesidades básicas.
Revise la hora, eran las 5:15. El sol se empezaba a ocultar poco a poco, el clima aquí era muy diferente lo sabía. Sali hacia el exterior yendo hacia mi auto, abrí la cochera y estacioné mi coche adentro. Mientras se cerraba la puerta con un rechinido eléctrico no pude evitar recordar lo que paso al tercer día del brote, la puerta cerrándose rápidamente pero no lo suficiente y dejando a personas detrás. Un escalofrió me recorrió. Cuando se cerro tome las cosas que compre y las lleve a la cocina guardándolas en los gabinetes o en el refrigerador mediano que había ahí.
Volví al auto y abrí la cajuela tomando mis maletas personales. Que no eran muchas, solo una maleta relativamente grande y una bolsa deportiva junto con una mochila. Las colgué y la maleta la arrastre. Subí como pude a mi nueva habitación, abrí la puerta y dejé la maleta grande en la cama mientras me descolgaba las mochilas dejándolas en el suelo. La abrí y empecé a desempacar mientras afuera se estaba haciendo de noche. Terminé con la maleta rápidamente y comencé con las mochilas, en la deportiva llevaba algunos zapatos y botas, algunos libros que habían sido regalos de Valka y de algunos chicos compañeros de misiones y una caja pequeña que contenía una pulsera de plata. Me la dio el capitán que nos rescató al sexto día cuando me uní a sus filas. Era un buen hombre. La deje en la mesa de noche.
En la mochila pequeña solo llevaba mi tableta, algunos documentos de mi nuevo hogar y una botella de agua rellenable junto con mis medicamentos recetados por el doctor Robertson, guardé los papeles en el cajón pequeño de la mesa de noche y la tableta la puse al lado de la pulsera. La maleta grande seguía en la cama, solo me hacía falta algo de desempacar, mi correa o mi cicatriz de mi vida.
Saqué una caja relativamente grande la cual sostuve con una mano mientras la dejaba a lado de la maleta. La mire detenidamente. Estaba opaca y ligeramente abollada del medio. La abrí y ahí estaba, la Glock que le perteneció a papá y que ahora me perteneció a mí, me acompaña desde entonces, cada vez que salgo al mundo ya corrompido. La tome mientras sacaba el cargador, estaba lleno y pesaba un poco, un peso ya familiar. Dos cajas con balas 9mm estaban ahí también igual que el cargador que tenía en la mano, estaban llenas. Deje el arma en el mismo sitio. Mire el cuchillo de combate color ónice que estaba al lado, el filo brillaba y la parte serrada se veía un poco opaca con la luz. Acaricié el filo del cuchillo lentamente como si me pudiera cortar en cualquier momento, sonreí a medias.
-Espero no usarlos en un largo tiempo ¿Saben? - metí el cargador al arma poniendo el seguro- Y ahora hablo con las armas...necesito mis medicamentos-
Deje el arma en su lugar colocándola cuidadosamente, cerré la caja y la deslice debajo de la cama, lo suficiente para no poder tomarla tan fácil. Baje la maleta guardándola y tome mis medicamentos de mi mochila junto con la botella de agua, quedaba un poco. Escogí cada uno, tres pastillas. Antidepresivo, ansiolítico y estabilizador del sueño. Los lleve todos a mi boca dando un trago de agua, se sintió incomodo al momento que se deslizaron por mi garganta.
-Si voy a vivir- murmure mientras veía las pastillas- Quiero sentirlo todo... aunque duela-
Deje las pastillas en la mesita de noche junto con la pulsera y la tableta, fui a buscar un cambio de ropa y una toalla para secarme y me encamine al baño. Mientras me desvestía, tome mi teléfono, mandando un mensaje que tenía que haber enviado hace unas horas.
“Llegue hace unas horas, disculpa si no avise antes”
Valka lo entendería, siempre ha sido así.
El agua caliente tardó en llegar. Cuando lo hizo, me quedé quieto bajo la regadera, como si necesitara permiso para usarla. El vapor empezó a llenar el baño y por un momento pensé que eso era lo más parecido al descanso que había tenido en meses: ruido blanco, nada más.
Miré mis brazos solo lo justo. No para reconocerlos, sino para comprobar que seguían ahí. La piel estaba pálida, un poco más dura de lo que recordaba, como si el cuerpo hubiese aprendido a cerrarse solo. Nada espectacular. Nada heroico. Solo un cuerpo que había pasado demasiado tiempo en tensión y no sabía cómo soltarla. Me pasé la mano por el cuello, por la mandíbula. El gesto fue automático, defensivo. Como si todavía esperara que algo me saltara encima.
Editado: 01.03.2026