Siguen Respirando Codigo Lambda

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Los días siguientes fueron... normales. Todas las noches seguía trabando las puertas de entrada incluida la de mi habitación. En las mañanas despertaba, desayunaba algo y regresaba a mi cama para volver a recostarme y mirar el techo. Un día descubrí una araña, no la mate porque se veía inofensiva.

Valka esporádicamente me mandaba mensajes preguntándome como me encontraba y si estaba comiendo bien, luego me mandaba imágenes de Jacob saludando a la cámara mientras tenía el brazo vendado, quizá por la sangre que le habían sacado para experimentar. Un día compre unas cosas para ellos, unos recuerdos que le mande por paquetería. A Valka le envié una canasta de varios sabores de cafés junto con una postal. A Jacob le compré un suéter de un oso con el nombre del estado en el que me encontraba, igual con una postal con un mensaje que escribí.

“Cuando salgas te mostrare el lago que hay cerca de aquí. Quizá veamos un oso igual”

No sé cuándo les llegarían, eso se lo comenté a Valka al día siguiente que los envié, ella me regaño por no cuidar el dinero lo suficiente.

-Relájate quieres- le hable mientras cambiaba el agua de las flores, afortunadamente seguían vivas- He ahorrado lo bastantes estos años y además la FRBA (Federación de Riesgos Biológicos Avanzados) me seguirá dando mi cheque mensual. Fue lo que acordamos, yo no hablo de los brotes y hago lo que me ordenan, ellos pagan mi silencio y poner en riesgo mi vida.

Había salido a explorar también los alrededores, tenía algunos vecinos, pero sus casas estaban relativamente separadas de la mía. La más cercana, era de una familia, los Parker. Conocí al padre mientras daba una caminata mañanera observando el paisaje y escuchando música. Era un buen tipo, se presentó conmigo y me dijo que vivía con su esposa y sus dos hijos, incluso me invito a pasar a su casa. Rechacé la oferta ya que se sentía muy invasivo, pero le dije que quizá otro día. Igual su casa estaba a unos 8 minutos de la mía. Había una pareja de ancianos igual ahí, ellos se veían raros, el hombre anciano siempre tenía puesta un paño con la bandera de los Estados Unidos en su cabeza, ocultando que se estaba quedando calvo y su inseguridad salia a flor de piel cuando alguien lo notaba. Digo, tampoco era tan difícil de ignorar con los colores tan vividos de la pañoleta. Cuando me cruce con ellos, el anciano me amenazo un poco diciéndome que me fuera de su propiedad, que era partidario de la segunda enmienda si hallaba a alguien merodeando en su territorio. Yo le pregunte por el paño.

-No es de tu maldita incumbencia- me dijo poniéndose rojo, no sé si de vergüenza o de enojo. Quizá ambas.

-Lo lamento. Mi nombre es Callum, vivo en la casa roja de allá- señale al oeste-Mucho gusto en conocerlo.

El solo refunfuño. La mujer salió para ver el alboroto, tenía el pelo ya canoso y el pelo tan largo que le llegaba la cadera. Su esposo le dijo que volviera a entrar que no era una amenaza. Me volví a presentar con ella, la anciana era más amable que el calvo de su esposo.

-Iris- se presentó- Bienvenido al vecindario-

Me sonrió mostrando sus dientes casi amarillos. Le sonreí agradeciéndoles y dejándolos solos antes de que mi lengua me traicionara y volviera a preguntar de la pañoleta.

Había demás casas a los alrededores con demás personas viviendo o parejas incluso. De hecho, conocí a una, eran agradables conmigo. La mujer se llama Mia y el hombre se llamaba Emmett, según lo poco que me contaron apenas llevaban viviendo ahi apenas un año.

-Te encantara la tranquilidad aquí te lo prometo- me dijo Mia mientras miraba el cielo- Las noches estrelladas son hermosas, tenemos un telescopio y nos gusta ver la luna y los planetas.

-Imagino que se ven hermosos- la imite mirando el cielo con nubes blancas

-Quizá un día en la noche puedas venir y podemos sacar el telescopio del ático- Emmett se colocó a lado de su esposa- En el lago de aquí se ve muy bien-

-Les agradezco- sonreí hacia ellos.

Al llegar a casa ese día, las flores estaban muriendo. Volví a cambiar el agua de nuevo, fría como Lucas el chico de la florería me había dicho. Les dije que resistieran. No lo hicieron, al siguiente día estaban cayéndose a pedazos. Solo las saque del jarrón y las tire a la basura. De nuevo la casa se veía sin vida.

Me deje caer en el sofá de la sala. El silencio era muy abrumador, me pregunto si los vecinos sentirán lo mismo.

No

Ellos tienen familia o parejas. Mi única familia eras unas flores amarillas que habian muerto también.

Cerré los ojos dejando esos pensamientos de lado, respirando profundamente. Me sentía intranquilo. La alarma de mi teléfono sonó, era hora de mi medicación. Me levante pesadamente yendo a mi habitación, tome las cajas y las baje a la cocina sirviéndome un vaso de agua acercándomelo a la boca para dar un sorbo pequeño. Escogí el antidepresivo y el ansiolítico introduciéndolos a mi boca y tragándolos, dando un gran sorbo de agua, limpie mi boca con el dorso de mi brazo y deje el vaso de vidrio en el fregadero.

Conte las pastillas. 15 y 8. De los supresores del sueño, me quedaban 2. Eso era mala señal. Guardé las pastillas y salí al patio trasero dejándome caer en el césped, había nubes pequeñas. Según el pronóstico del tiempo vendría una nevada relativamente fuerte de dos días y deberíamos tomar precauciones. Suspire lentamente.

Pensé. En lo que ha sido estos últimos días. Han sido los más tranquilos de todos estos años. Pero, aun así.

¿Por qué no puedo permitirme estar tranquilo? ¿Por qué cada vez que cae la noche siempre verifico que no haya ninguna apertura en las puertas? ¿Por qué no puedo estar feliz?

Pensé en las flores. ¿Me habían dado felicidad? Me la dieron un poco cuando las compre, pero escuchar al presidente de la ONU mintiendo descaradamente a todos diciendo que nadie había sobrevivido y que los planes de evacuación fueron casi imposibles de llevar a cabo no me permitieron seguir sintiendo esa dopamina.



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En el texto hay: suspense, boyslove, bioterrorismo

Editado: 01.03.2026

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