Silas

PRÓLOGO— LA DEUDA DE SANGRE

Las paredes de roble oscuro del despacho de la residencia De Luca paracían encogerse a medida que los gritos aumentaban de volumen. El ambiente estaba cargado con el aroma a tabaco caro, whisky y la inconfundible tensión de una guerra familiar que llevaba meses gestándose en silencio y que esa noche finalmente había estallado.

​—¡No te permito que te expreses de él de esa manera, papá! ¡Tú no lo conoces! —el grito de Gianna De Luca resonó en la habitación, cargado de una frustración que le hacía temblar las manos. Estaba de pie frente al imponente escritorio de su padre, con la barbilla en alto y los ojos encendidos en una mezcla de rabia y terquedad.

​Salvatore De Luca, un hombre cuya sola presencia solía infundir respeto y un temor reverencial en los círculos más selectos de la ciudad, carraspeó, sintiendo que la presión en su pecho aumentaba con cada palabra que salía de la boca de su única hija. Se puso de pie, apoyando las palmas de las manos sobre la superficie de madera pulida, clavándole una mirada implacable.

​—Lo conozco mejor que tú, Gianna. Sé exactamente la clase de parásito que es —replicó Salvatore, con una voz ronca que intentaba mantener bajo control, aunque el temblor en sus dedos lo delataba—. Ese muchacho no es más que un vividor que se esconde detrás de una cara bonita y palabras ensayadas. ¿De verdad eres tan ciega? No ha trabajado un solo día desde que lo conociste. Las cuentas de sus trajes a medida, sus malditos relojes y los restaurantes lujosos a los que te lleva... ¿quién crees que los paga? ¡Tú! O mejor dicho, mi dinero. ¡El dinero de esta familia!

​—¡Eso no es verdad! Él está buscando oportunidades, el mercado está difícil y...

​—¡El mercado no tiene nada que ver con que sea un maldito vago mantenido! —interrumpió Salvatore, asestando un golpe seco con el puño sobre el escritorio que hizo tintinear los vasos de cristal—. Te has convertido en su maldito banco personal. Te está usando, Gianna. Se aprovecha de que te crié entre algodones, de que eres una niña mimada que no sabe lo que cuesta ganarse el respeto en este mundo. Un hombre de verdad provee, protege, sangra si es necesario por la mujer que tiene al lado. Ese infeliz solo sabe sangrar tu cuenta bancaria.

​Gianna sintió que el orgullo le escocía en la piel. Desde que tenía memoria, su padre la había consentido en todo, cumpliendo cada uno de sus caprichos, pero esta era la primera vez que se interponía de forma tan radical en su vida amorosa. Para ella, su novio representaba una vía de escape, alguien ajeno a la rigidez y las sombras que a veces intuía en los negocios de su padre.

​—¡Lo amo, papá! Y no me importa lo que digas, no voy a dejarlo —sentenció ella, cruzándose de brazos, adoptando esa postura caprichosa que solía usar para salirse con la suya. Sin embargo, esta vez el truco no funcionó.

​Salvatore sintió un pinchazo agudo justo en el centro del pecho, un dolor ardiente que le robó el aire por un segundo. Se llevó una mano al chaleco, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba disimular la agonía que empezaba a expandirse por su brazo izquierdo. La terquedad de su hija lo estaba matando, literalmente. Sabía que si él llegaba a faltar, ese mantenido despojaría a Gianna de hasta el último centavo y la dejaría en la ruina. Tenía que salvarla de sí misma, y tenía que hacerlo ya, antes de que fuera tarde.

​—No vas a arruinar tu vida... —alcanzó a decir Salvatore, con la voz apenas audible. Su rostro, usualmente bronceado y severo, adquirió un tono grisáceo espantoso.

​Gianna, sumida en su propio enfado, tardó unos segundos en notar el cambio.

​—Papá, no intentes hacer drama para convencerme...

​Pero no era drama. Salvatore se tambaleó hacia atrás, sus piernas cedieron y cayó pesadamente sobre la silla de cuero, para luego deslizarse hacia el suelo alfombrado, aferrándose al borde del escritorio mientras un gemido de dolor puro escapaba de sus labios apretados.

​—¿Papá? —el enojo de Gianna se evaporó al instante, siendo reemplazado por un terror frío que le congeló la sangre—. ¡Papá! ¡Dios mío, papá!

​Se arrojó al suelo junto a él, tomándole el rostro entre las manos. Salvatore respiraba con dificultad, con la frente empapada en un sudor frío, incapaz de articular palabra. El pánico se apoderó de la habitación mientras Gianna gritaba desesperada por ayuda, llamando al personal médico de la casa. Esa noche, el mundo perfecto y caprichoso de Gianna De Luca comenzó a desmoronarse entre el sonido estridente de las sirenas de la ambulancia.

​Horas más tarde, el panorama no era más aliciente. La suite privada del hospital metropolitano estaba sumida en una penumbra deprimente, interrumpida únicamente por el rítmico y molesto pitido del monitor cardíaco que vigilaba las funciones vitales de Salvatore. El olor a antiséptico y a enfermedad impregnaba el aire.

​Gianna permanecía de pie junto al gran ventanal que daba a la ciudad, con la mirada perdida en las luces exteriores. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y la ropa desarreglada. El remordimiento la estaba carcomiendo viva; se sentía la única culpable del infarto de su padre. El médico había sido muy claro: el corazón de Salvatore estaba sumamente debilitado, y cualquier otra impresión fuerte o alteración emocional severa podría resultar fatal. No habría una tercera oportunidad.

​Detrás de ella, se escuchó un leve movimiento en la cama. Salvatore había despertado. Tenía una cánula de oxígeno en la nariz y varios cables conectados al pecho, luciendo una fragilidad que Gianna jamás creyó ver en él.




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