El café de especialidad en el norte de la ciudad solía ser el refugio perfecto para Gianna, un rincón de luz y olor a tostado donde el peso del apellido De Luca parecía no alcanzarla. Pero esa tarde, el lugar se sentía como una sala de ejecución. Sentada en la mesa del rincón, la más apartada de los ventanales, Gianna destrozaba una servilleta de papel entre sus dedos temblorosos. Tenía el corazón latiéndole a un ritmo desbocado y doloroso, y cada vez que la campana de la entrada sonaba, una descarga de adrenalina la hacía enderezar la espalda de golpe.
Gianna vestía un impecable conjunto de dos piezas de seda en color marfil, de una caída tan perfecta que delataba de inmediato su origen de alta costura parisina. El pantalón de talle alto estilizaba sus piernas, mientras que la blusa, de mangas ligeramente abullonadas, se ceñía con delicadeza a su silueta. Su largo cabello oscuro, grueso y con ondas naturales que caían como una cascada seda hasta la mitad de su espalda, enmarcaba un rostro de facciones delicadas pero de una belleza aristocrática innegable. Tenía unos ojos almendrados y expresivos, bordeados por pestañas largas y oscuras que en ese momento luchaban por retener las lágrimas. Su piel, usualmente tersa y con un brillo saludable que delataba una vida de mimos y cuidados exclusivos, lucía una palidez casi fantasmal. En su muñeca izquierda, un delicado reloj de oro blanco destellaba bajo la luz tenue de la cafetería, marcando los segundos con una precisión tortuosa.
Cuando la puerta se abrió una vez más y la silueta de Fabrizio recortó la luz de la tarde, Gianna sintió que las lágrimas, contenidas a duras penas durante todo el trayecto en auto, amenazaban con desbordarse.
Fabrizio caminó hacia ella con esa seguridad perezosa que a ella tanto le fascinaba. Llevaba una chaqueta de gamuza italiana en tono marrón tabaco que Gianna misma le había regalado por su aniversario el mes pasado; la tela era tan suave que parecía capturar la luz. Debajo de la chaqueta, lucía una camisa de lino blanco entreabierta en los primeros botones, revelando una piel sutilmente bronceada y un físico esbelto que mantenía con esmero. Llevaba unos pantalones oscuros de corte sastre hechos a medida y unos mocasines de cuero flexible sin calcetines, un estilo que gritaba opulencia relajada.
Físicamente, Fabrizio era el prototipo del príncipe azul moderno: un rostro de facciones simétricas, mandíbula pulida y unos ojos verdes almendrados que sabían fingir una ternura infinita. Su cabello castaño, cortado al estilo de las últimas tendencias, caía con un desaliño perfectamente estudiado sobre su frente. Era hermoso, no había duda. Tenía la clase de atractivo pulido, sin aristas ni cicatrices, que transmitía calma. Una calma que estaba a punto de ser demolida por la cruda realidad del mundo exterior.
—Hola, mi principessa —saludó Fabrizio, esbozando una sonrisa a medias mientras se inclinaba para darle un beso en los labios, dejando escapar un sutil rastro de su costosa colonia de sándalo y ámbar.
Gianna se apartó sutilmente, incapaz de sostenerle la mirada, permitiendo que el beso cayera en su mejilla fría. El gesto no pasó desapercibido para él, quien arqueó una ceja perfectamente perfilada y se sentó en la silla frente a ella, cruzando una pierna con una elegancia ensayada. Se acomodó el costoso reloj de pulsera que llevaba en la mano derecha —otro regalo de Gianna—, asegurándose de que quedara a la vista.
—¿Qué pasa? Tu mensaje sonaba como si se estuviera cayendo el mundo. Me hiciste cancelar una reunión importante —mintió él sin parpadear; en realidad, había pasado la mañana durmiendo hasta tarde en su apartamento de lujo, pero sabía exactamente qué hilos tocar para hacerla sentir especial y culpable.
—Se está cayendo, Fabrizio. Mi mundo se terminó anoche —la voz de Gianna se quebró, y la primera lágrima rodó por su mejilla, trazando un camino húmedo sobre su maquillaje sutil. Tomó una bocanada de aire, buscando el valor que no tenía—. Papá… papá tuvo un infarto anoche en el despacho. Casi se muere en mis brazos.
Fabrizio abrió los ojos de par en par, adoptando de inmediato una expresión de profunda preocupación. Se inclinó sobre la mesa y tomó las manos de Gianna entre las suyas, apretándolas. Sus dedos eran suaves, libres de callosidades o de cualquier rastro de trabajo duro, en contraste con las manos ásperas y firmes de los hombres con los que Salvatore De Luca solía hacer negocios.
—¡Dios mío, Gianna! Lo siento tanto. ¿Cómo está él? ¿Qué dicen los médicos? —preguntó de prisa. Sin embargo, detrás de la fachada de angustia, una chispa de fría especulación cruzó su mente por un milisegundo: si el viejo De Luca moría, Gianna heredaría toda la fortuna familiar. Su mina de oro estaría asegurada para siempre.
—Está débil. El médico dijo que su corazón está al límite, que cualquier otra impresión fuerte lo matará. No sobrevivirá a otro disgusto —Gianna sollozó, clavando sus ojos oscuros en los de su novio, buscando desesperadamente un salvavidas—. Y me puso un ultimátum, Fabrizio. Me obligó a elegir entre su vida o la nuestra.
Fabrizio frunció el ceño, el pulso se le aceleró, pero esta vez por una razón muy diferente. La dirección que estaba tomando la conversación no le gustaba en absoluto.
—¿A qué te refieres con eso? —su voz bajó un tono, perdiendo parte de la calidez ensayada.
—Él sabe lo nuestro. Sabe que te amo y que… y que he estado ayudándote con tus gastos —confesó ella, bajando la mirada por un segundo, sintiendo que el rubor de la vergüenza empañaba sus mejillas por haber expuesto la supuesta "mala racha" de su novio ante el implacable Salvatore—. Dijo que eres un vividor, un mantenido que solo busca mi dinero. Intenté defenderte, te lo juro, le grité que te amaba y fue ahí cuando su corazón falló. Cayó al suelo frente a mí…