Silas

CAPÍTULO 2—EL PRECIO DE LA PALABRA

Las oficinas del último piso de la Torre Romano no compartían la calidez de los negocios legítimos de Manhattan. Era un espacio de líneas limpias, mármol gris veteado y cristales blindados que aislaban por completo el ruido del tráfico de la ciudad. Detrás del imponente escritorio de obsidiana negra, Silas Romano revisaba una serie de informes financieros en su tableta, con una expresión de absoluta indiferencia.

​Esa tarde, Silas vestía un traje de sastre de tres piezas en un tono gris antracita tan oscuro que casi parecía negro. La tela, de lana merino con hilos de seda italiana, se ajustaba a sus hombros anchos y a su porte atlético con precisión. La camisa negra, de cuello rígido y perfectamente almidonada, permanecía cerrada hasta el último botón, ocultando parcialmente los intrincados tatuajes de tinta negra que ascendían por su cuello como enredaderas oscuras. En su muñeca derecha, un reloj de titanio negro de edición limitada marcaba el tiempo con un segundero silencioso. No llevaba joyas, salvo un anillo de sello de oro negro en el dedo medio de su mano izquierda, grabado con el emblema de su familia.

​Su rostro, de facciones duras, pómulos marcados y una mandíbula que parecía esculpida en piedra, no mostraba una sola gota de cansancio, a pesar de las pocas horas de sueño. Sus ojos oscuros, fríos y calculadores, se apartaron de la pantalla cuando la pesada puerta de doble hoja del despacho se abrió.

​Dante Alieri, su mano derecha y el hombre encargado de la seguridad y las finanzas más oscuras del imperio Romano, entró a paso firme. Dante vestía un traje más clásico, una americana azul marino y camisa blanca sin corbata, pero su lenguaje corporal delataba que estaba perdiendo la paciencia. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo que dejó caer sobre el escritorio de Silas con un golpe seco.

​—Dime que es un rumor de la prensa de chismes, Silas —soltó Dante, cruzándose de brazos mientras clavaba una mirada incrédula en su jefe—. Dime que no es verdad que los abogados acaban de recibir la orden de redactar un contrato matrimonial con la familia De Luca.

​Silas ni siquiera parpadeó. Dejó la tableta sobre la superficie de obsidiana, entrelazó sus dedos largos y reposó la barbilla sobre ellos, sosteniéndole la mirada a su segundo al mando.

​—Es verdad —respondió Silas, con esa voz grave, profunda y carente de cualquier emoción que solía congelar la sangre de sus enemigos—. El contrato debe estar listo para el viernes.

​Dante soltó una risa amarga y se pasó una mano por el cabello, frustrado.

​—¿Te vas a casar? ¿Tú? Silas, esto no tiene ningún maldito sentido estratégico. El viejo Salvatore De Luca lleva más de una década retirado. Su facción en la ciudad es prácticamente inexistente; ya no tienen soldados, no tienen rutas de contrabando, no tienen influencia en el puerto. Lo único que les queda es una fortuna legal y un montón de propiedades. Si querías apoderarte de eso, podíamos haber comprado sus deudas o asfixiado sus empresas en un mes. No necesitas meter a una mocosa en tu cama y en tu vida para conseguirlo.

​—No es una estrategia, Dante —sentenció Silas, y el tono de su voz bajó un octavo, adquiriendo una vibración peligrosa que hizo que Dante guardara silencio de inmediato—. Es una deuda de sangre.

​Dante frunció el ceño, asimilando las palabras. Como parte del círculo interno, conocía perfectamente los mitos de la organización, incluido el incidente de la emboscada en los inicios de Silas, cuando una bala destinada a terminar con el ascenso del joven Romano fue detenida por el cuerpo de Salvatore.

​—¿El viejo llamó para cobrar el favor? —preguntó Dante, bajando los brazos, el tono de reclamo transformándose en pura estupefacción.

​—Anoche —Silas se inclinó hacia atrás en su silla de cuero, estirando una de sus largas piernas—. Su corazón está fallando. Quiere asegurarse de que su única hija esté protegida antes de morir. Me pidió que cumpliera mi juramento.

​—Maldita sea... —susurró Dante, apoyando las manos en el borde del escritorio—. Un juramento de hace diez años. Silas, el mundo de la mafia ha cambiado. Eres el rey indiscutible de este territorio. Podrías haberle ofrecido un equipo de seguridad, una pensión vitalicia, protección en sus fronteras... cualquier cosa menos tu libertad. Un matrimonio te ata. Te expone. Tus enemigos van a ver a esa chica como un punto débil.

​Silas esbozó una sonrisa de lado, una mueca fría y carente de humor que prometía violencia para cualquiera que malinterpretara la situación.

​—Que lo intenten —dijo Silas, y sus ojos brillaron con una luz letal—. Quien crea que una esposa es un punto débil en mi estructura, descubrirá lo rápido que puedo usar su cadáver como advertencia. Mi palabra es ley, Dante. Salvatore recibió un balazo por mí cuando yo no era nadie. Si él quiere que firme un papel y ponga un anillo en el dedo de su hija, lo haré. Pero eso es todo lo que obtendrán de mí.

​Dante suspiró, sabiendo que cuando Silas Romano tomaba una decisión basada en su retorcido código de honor, no había poder humano capaz de hacerlo cambiar de opinión.

​—¿Y qué sabemos de la chica? —preguntó Dante, abriendo la carpeta de cuero para revisar los pocos informes que sus analistas habían logrado reunir a toda prisa—. Gianna De Luca. Veinte años. Salvatore la ha tenido prácticamente escondida en internados en Suiza y en la mansión de campo. No tiene registro criminal, no se junta con la gente de las familias. Por lo que dicen los informes de los choferes, es... una princesa consentida. Una niña mimada que gasta miles de dólares en ropa de diseñador y que no tiene la menor idea de cómo funciona el mundo real. Va a ser un dolor de cabeza en esta casa, Silas.




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