El espejo de cuerpo entero con marco de pan de oro reflejaba a una mujer que Gianna apenas reconocía. La mañana de la boda había llegado con un cielo encapotado y gris sobre Nueva York, como si el clima se hubiera alineado con la sombría realidad de su destino. El vestidor de la mansión De Luca estaba inundado por el olor a laca de cabello, perfumes caros y el murmullo nervioso de tres modistas que se arrodillaban a sus pies, ajustando los últimos detalles del dobladillo.
Gianna vestía un fastuoso diseño de alta costura confeccionado en mikado de seda pura, de un color blanco roto que contrastaba de forma dramática con la oscuridad de su largo cabello. El corsé, de un escote corazón impecable, se ceñía con una rigidez casi asfixiante a su pequeña cintura, forzándola a mantener una postura erguida y aristocrática. La falda, de un volumen monumental que se extendía en una cola de tres metros, caía pesadamente a su alrededor. Para cualquier otra mujer de su edad, ese vestido habría sido el cumplimiento de un sueño; para Gianna, se sentía como una mortaja de seda fina. Una armadura impuesta para el día de su ejecución.
Sus facciones, maquilladas con tonos nude y un sutil delineado que realzaba la profundidad de sus ojos almendrados, lucían gélidas. Las modistas colocaron sobre su cabeza un velo de tul ilusionista de varios metros, sujeto por una discreta tiara de diamantes familiares. Gianna se miró las manos, desnudas de cualquier joya a la espera del anillo de los Romano, y sintió un escalofrío.
La puerta del vestidor se abrió y el eco de unos pasos lentos llamó su atención. Salvatore De Luca entró al espacio. Vestía un frac clásico de etiqueta negra, con una camisa blanca de cuello diplomático y un pañuelo de seda en el bolsillo. Aunque el traje intentaba disimularlo, la pérdida de peso y la ligera rigidez en su andar delataban que seguía recuperándose a duras penas del infarto. Sin embargo, al ver a su única hija vestida de novia, sus ojos cansados brillaron con una mezcla de orgullo y alivio.
—Estás hermosa, Gianna. Una verdadera De Luca —pronunció el anciano, con la voz ronca, deteniéndose a un par de pasos de ella—. Hoy aseguras tu futuro. El nombre de Silas Romano alejará a cualquier miserable que intente hacerte daño.
Gianna no sonrió. Giró el rostro hacia su padre, permitiendo que la frialdad de su mirada hablara por ella.
—Estoy aquí porque me obligaste, papá —replicó con un hilo de voz que, a pesar de la suavidad, cortó el aire como un bisturí—. Cumpliré con tu maldito trato para que tu corazón no deje de latir, pero no me pidas que sonría. No hay orgullo en ser entregada a un asesino.
Salvatore apretó los labios, asimilando el golpe de las palabras de su hija, pero no retrocedió.
—Un día entenderás que te salvé de la ruina y de ti misma, Gianna. Ahora, es momento de irnos. El auto espera abajo.
El trayecto hacia la catedral de San Patricio fue un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el repiqueteo de la lluvia intermitente contra los cristales blindados del vehículo. Cuando el cortejo nupcial llegó, la seguridad en los alrededores era sofocante: hombres con trajes oscuros y auriculares vigilaban cada esquina de la quinta avenida, un despliegue del ejército de Silas Romano para asegurar que nadie interfiriera con su palabra.
Gianna bajó del auto sosteniendo la pesada falda de su vestido, escoltada por su padre. Al cruzar el umbral del templo, el olor a incienso y las luces de los cientos de cirios encendidos la envolvieron. La nave central de la catedral estaba desierta de invitados comunes; por exigencia de Silas, solo se encontraban los miembros más altos de ambas organizaciones y el sacerdote en el altar.
Las enormes puertas de madera crujieron al cerrarse detrás de ellos, marcando el inicio de la marcha nupcial. Gianna tomó el brazo de su padre, sintiendo que las piernas le pesaban una tonelada. Levantó la vista y la clavó directamente en el altar.
Ahí estaba él.
Silas Romano permanecía de pie junto al sacerdote, inmóvil como una deidad oscura del inframundo. Vestía un esmoquin de sastre negro hecho a medida, con solapas de raso que brillaban tenuemente bajo la luz de las velas, una camisa blanca de etiqueta y una pajarita de seda negra perfectamente alineada. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto la dureza de sus facciones y esa mandíbula de piedra que no mostraba el menor rastro de nerviosismo. Desde su cuello, los tatuajes ascendían desafiantes, rompiendo la pulcritud del traje formal.
A medida que Gianna avanzaba por el pasillo, Silas desvió sus ojos oscuros hacia ella. No hubo sorpresa en su rostro, ni admiración, ni el destello de un hombre que se desumbra ante la belleza de su prometida. La miró con la misma frialdad analítica con la que revisaba un informe de negocios. Para Silas, ella era la liquidación de una vieja deuda de sangre.
Gianna le sostuvo la mirada, apretando los dientes debajo del velo. El miedo que había sentido los días anteriores comenzó a disiparse, devorado por la indignación de ser tratada como una mercancía. Si Silas Romano creía que había comprado a una muñeca dócil para adornar su mansión, estaba a punto de llevarse la sorpresa de su vida.
Salvatore se detuvo al llegar al pie del altar, tomó la mano de Gianna y, con un leve temblor, se la entregó a Silas. Los dedos del mafioso eran grandes, firmes y helados al contacto con la piel de la joven. Silas la guio hacia los reclinatorios, obligándola a subir los escalones.