El trayecto en el asiento trasero del Maybach blindado de Silas Romano se sintió como un descenso lento hacia el mismo infierno. Las enormes puertas de la catedral de San Patricio habían quedado atrás, pero el olor a incienso y el frío del anillo de platino en el dedo de Gianna continuaban atormentándola. La lluvia neoyorquina golpeaba el techo del vehículo con una insistencia sorda, el único sonido que se atrevía a romper el silencio sepulcral que se había instalado entre los recién casados.
Gianna se mantenía pegada a la portezuela derecha, con la mirada fija en el paisaje borroso de la Quinta Avenida a través del cristal tintado. La monumental falda de mikado de seda ocupaba casi todo el espacio del asiento, una barrera física de color blanco roto que Silas no había hecho el menor intento de apartar o tocar. Él permanecía al otro lado, con una pierna cruzada con absoluta parsimonia, revisando unos documentos en su teléfono de encriptación militar. Su perfil, duro y tallado en piedra, no mostraba alteración alguna. El esmoquin negro seguía impecable, las solapas de raso brillaban con la luz tenue del interior y los tatuajes de su cuello parecían oscurecerse con la luz de la tormenta.
Para Silas, la presencia de Gianna era un trámite completado; para ella, cada kilómetro que los alejaba de la suite de hospital de su padre era un paso más hacia su propia jaula.
Cuando el vehículo cruzó las imponentes puertas de hierro forjado de la propiedad de los Romano, en las afueras residenciales más exclusivas de Long Island, Gianna sintió un nudo opresivo en el estómago. La mansión era una obra maestra de la arquitectura moderna y brutalista: líneas de hormigón pulido, inmensos ventanales de suelo a techo y una iluminación fría que cortaba la penumbra de la tarde. No había calidez en ese lugar. Era una fortaleza de cristal y acero diseñada para un rey que no conocía la piedad.
El auto se detuvo frente a la escalinata principal. Silas guardó su teléfono en el bolsillo interior de la americana, se ajustó los puños de la camisa blanca y, sin dirigirle una sola palabra o una mirada a Gianna, abrió la portezuela y bajó. Un chofer corrió a cubrirlo con un enorme paraguas negro, pero Silas no esperó a su esposa. Caminó con paso firme y letal hacia la entrada, dejando que el personal de la casa se encargara de la novia.
Gianna apretó los dientes, sintiendo que la humillación le escocía en las mejillas. Sola, arrastrando los tres metros de cola de su vestido húmedo, bajó del vehículo protegiéndose como pudo de las gotas de lluvia. Al cruzar el umbral del vestíbulo principal, se encontró con una hilera de sirvientes vestidos con uniformes grises impecables, todos con la cabeza ligeramente inclinada en señal de respeto.
Al frente del personal se encontraba la señora Gable, una mujer de avanzada edad, cabello rígidamente recogido en un moño y una expresión tan severa que rivalizaba con la de la propia casa.
—Bienvenida a la residencia Romano, señora —pronunció la mujer con una cortesía milimétrica y carente de calidez—. El señor Romano ha dado órdenes estrictas. Sus pertenencias ya han sido trasladadas al ala este de la propiedad. Su suite está lista. El señor tiene asuntos urgentes que atender con la organización y no regresará hasta avanzada la noche. Se le servirá la cena en sus aposentos a las ocho.
Gianna miró a la anciana y luego fijó la vista en la imponente escalera doble de mármol negro por la que Silas acababa de desaparecer hacia su despacho privado. ¿Así que su flamante esposo la abandonaba el mismo día de la boda para atender sus negocios de sangre? Perfecto. Si Silas Romano pensaba ignorarla y mantenerla encerrada como un trofeo silencioso en el ala este, no conocía en absoluto a Gianna De Luca.
—No cenaré en mi habitación, señora Gable —sentenció Gianna, irguiendo la espalda con toda la altanería caprichosa que su padre le había consentido desde niña. Se quitó los guantes de encaje y los dejó caer con desprecio sobre la mesa de recepción de mármol—. Y no me interesa el ala este. Quiero que trasladen mis cosas a la suite principal, la del señor Romano. Soy su esposa, ¿no es así? Es ahí donde correspondo.
La señora Gable abrió sutilmente los ojos, perdiendo por un segundo su fachada imperturbable. Los sirvientes contuvieron el aliento en el vestíbulo.
—Señora, las órdenes del señor Romano fueron muy específicas...
—Y a mí no me importan las órdenes de Silas —interrumpió Gianna, cruzándose de brazos, haciendo que el mikado de seda crujiera con fuerza—. Si mi esposo tiene un problema con el lugar donde duermo, que venga y me lo diga él mismo en la cara. Mientras tanto, muevan mis maletas ahora mismo. Y quiero la cena servida en el comedor principal. Sola, ya que el dueño de la casa está demasiado ocupado siendo un monstruo ahí fuera.
Sin esperar réplica, Gianna comenzó a subir las escaleras, arrastrando su monumental falda blanca con una elegancia desafiante. Sabía que estaba tentando al demonio, pero la rabia por haber perdido su libertad y al hombre que amaba la convertía en una mujer sumamente peligrosa. Esta era su primera prueba de fuego, y estaba decidida a quemar las reglas de Silas Romano una por una.
A las once de la noche, la mansión Romano estaba sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido distante de los árboles azotados por el viento de Long Island. Gianna se encontraba en la suite principal, un espacio inmenso decorado en tonos antracita, maderas oscuras y una cama King size vestida con sábanas de seda negra que gritaba la presencia de Silas en cada rincón.