Silas Romano cerró la pesada puerta detrás de sí sin apartar la mirada de Gianna. Caminó con pasos lentos y amortiguados por la alfombra hacia el centro de la habitación, deteniéndose a unos metros de la cama. El espacio parecía impregnarse de su presencia con cada segundo: traía consigo un sutil olor a lluvia, tabaco y el frío de la noche neoyorquina. Se desabrochó los gemelos de plata de las muñecas, dejándolos caer sobre la cómoda de madera oscura con un tintineo seco que pareció retumbar en el silencio del dormitorio.
—La señora Gable fue muy clara con las indicaciones de las habitaciones, Gianna —pronunció Silas. Su voz grave y arrastrada no denotaba furia, sino una calma ejecutiva que resultaba aún más intimidante—. No suelo repetir mis órdenes en esta propiedad.
Gianna se mantuvo firme, apoyando una mano en uno de los postes de la gran cama. El satén negro de su bata se agitó levemente con su respiración, pero sostuvo la mirada gélida del mafioso con una rigidez impecable.
—Y yo fui muy clara con tu personal, Romano —replicó ella, arqueando una ceja con la altanería que le daba saberse dueña de su propio apellido—. Soy tu esposa legal, ante Dios y ante tu organización. Si pretendías recluirme en un extremo de la propiedad como si fuera un secreto incómodo, debiste pensarlo antes de ponerle el anillo a una De Luca. No voy a esconderme.
Silas la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Sus ojos oscuros recorrieron sus facciones perfectas, el cabello oscuro desordenado sobre los hombros y la postura desafiante de sus pies descalzos. Para un hombre acostumbrado a que los hombres más peligrosos del norte de la ciudad bajaran la cabeza al verlo pasar, la actitud caprichosa de la joven era una novedad casi ridícula.
Caminó hasta el mueble bar del dormitorio, tomó un vaso de cristal de roca tallado y vertió tres dedos de whisky escocés de una botella de cristal. El líquido ámbar brilló bajo las luces empotradas del techo.
—Crees que estás jugando un juego de voluntades, piccola —dijo Silas, tras dar un sorbo corto que tensó los músculos de su garganta y los intrincados tatuajes que desaparecían bajo su camisa—. Pero la realidad es que a mí no me importa en qué habitación duermas. Si quieres esta cama, tómala. Me sobra espacio en esta casa. Pero no vuelvas a alterar la dinámica de mis empleados. En mi mundo, la desobediencia se paga cara, incluso si viene de una niña consentida.
—No soy ninguna niña —siseó Gianna, dando un paso al frente, sintiendo que el insulto a su madurez encendía la pólvora de su rabia—. Sé perfectamente quién eres y lo que haces. Sé que eres un asesino despiadado. Pero no te tengo miedo, Silas. Me obligaron a estar aquí para salvar la salud de mi padre, pero no vas a doblegarme. Te detesto. Detesto tu dinero ensangrentado y detesto el maldito día en que mi familia contrajo una deuda contigo.
Silas dejó el vaso sobre la mesa de noche con una parsimonia exasperante. Se giró por completo hacia ella, acortando la distancia con dos zancadas largas que forzaron a Gianna a inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás para sostenerle el contacto visual. Estaban tan cerca que ella pudo percibir el calor que emanaba de su cuerpo y la rigidez de sus hombros anchos debajo de la camisa blanca entreabierta.
—Tu padre no contrajo una deuda conmigo, Gianna. Yo la contraje con él —corrigió Silas, y por primera vez una chispa de intensidad oscura cruzó sus pupilas—. Salvatore De Luca recibió una bala que iba directo a mi pecho cuando yo apenas construía lo que hoy pisas. Estoy pagando mi palabra con un contrato que te garantiza seguridad absoluta de por vida. Deberías estar agradecida de que tu apellido ahora sea Romano; es lo único que va a mantenerte a salvo de los verdaderos lobos de esta ciudad.
Gianna soltó una risa amarga, cargada de despecho. Pensó en Fabrizio, en los planes que habían hecho, en la vida pacífica y lujosa que le habían arrebatado por culpa del código de honor de este monstruo.
—¿Agradecida? Me apartaste del hombre que amo, me amarraste a tu vida de sombras y pretendes que te dé las gracias —susurró con el veneno a flor de piel—. Eres un ególatra. Cumpliste tu promesa para limpiar tu conciencia de mafioso, no por mí. No me interesa tu seguridad, ni tu imperio, ni tú.
Silas arqueó una ceja, captando de inmediato el matiz en las palabras de su esposa. Una ligera y peligrosa sonrisa de lado se dibujó en sus labios de piedra.
—¿El hombre que amas? —repitió Silas, con un tono de burla sutil que a Gianna le congeló la sangre—. Ah, el muchacho de los trajes caros y las cuentas vacías. Dante me entregó el informe completo de tus movimientos financieros de los últimos seis meses, Gianna. Sé exactamente a dónde iba el dinero de tus cuentas personales.
Gianna palideció por un segundo, pero recuperó la compostura de inmediato, apretando los puños.
—¡Él no tiene nada que ver con esto! Fabrizio es un buen hombre, alguien que no necesita matar para vivir.
—Fabrizio es un parásito que vivía de las costuras de tus vestidos —sentenció Silas, y su voz adquirió una rigidez cortante—. Tu padre lo sabía, por eso te trajo a mí. Salvatore prefirió entregarte al hombre más temido de la mafia antes de ver cómo un vividor te despojaba de la dignidad y del legado de los De Luca. No te compré, piccola. Tu propio padre me suplicó que te quitara de sus garras.
El impacto de las palabras de Silas golpeó a Gianna directamente en el pecho. Sintió un zumbido en los oídos, una mezcla de confusión y dolor. ¿Su padre le había ocultado eso? No podía ser verdad. Silas Romano solo estaba intentando manipularla, quebrar su resistencia desde la primera noche.