Silencio

En el Limbo

Daban las 3 de la mañana cuando la alarma del auto del vecino me despertó de un poco profundo sueño. Di media vuelta en la cama para quedar boca arriba mirando el techo, una vez cesaron los pitidos quedé envuelta en un silencio profundo, tal era su magnitud que me sentí incómoda en el transcurso de apreciar los viejos machimbres húmedos. No pude más con la presión y tomé asiento en la cama, a pesar de la hora mí cuerpo ya no quería estar recostado sin hacer nada. Tomé aire unos segundos y me puse las primeras zapatillas que encontré, creía que vivir sola me haría madurar más rápido, pero hasta ahora lo único que conseguí fue un insomnio desmoronante, al menos me va bien en la universidad y tengo un trabajo decente.

Un café quizás sea contraproducente, pero no puedo parar de beberlo. Puse un jazz de fondo para no estar tan en silencio, todo se sentía calmo. La vida “adulta” era prometedora en estos días, económicamente estable y con la dedicación suficiente para no caer en depresión de un día al otro.

Pasaban las horas sin novedades para mí, de las 3 se hicieron las 4, de las cuatro las 5, hasta que llegaron las tan ansiadas 6 de la mañana, el amanecer se alzaba lentamente, al mismo tiempo que yo preparaba mis cosas para salir rumbo a la universidad, no muy lejos, unos 20 minutos caminando. El tic tac del reloj marcaba mis movimientos, no podía oír otro sonido más que sus manecillas y volví a caer en cuenta del nauseabundo silencio, siguiendo con la costumbre de ignorarlo tomé mis llaves; Las anteriormente mencionadas manecillas ya marcaban las 6:30 de la mañana. Con mochila en mano di dos vueltas a la cerradura y empujé la robusta puerta de madera, sin saber que del otro lado me esperaba nuevamente, como si de un acosador se tratase, el insonorizado ambiente, decorado con el leve sonido de la brisa soplando.

¿Por qué? ¿Qué está pasando? ¿Qué es este vacío en el ambiente? Caminé 100 metros hasta la próxima calle y… Nada, largas calles de asfalto vacías como si a todo se lo hubiera tragado la tierra. Llegando a la avenida principal creí que por primera vez encontraría la belleza en el caos, pero no vi ni caos, ni belleza, solo kilómetros de ininterrumpida soledad.

Con el corazón en la mano fui casa por casa, tocando puertas, timbres; golpeando para ver si alguien daba respuesta. Mis esfuerzos fueron en vano, no había señales de vida en ningún lado, todos los autos perfectamente estacionados, tantas preguntas que me revolvían el cerebro una y otra vez sin descanso ¿¡Que mierda le pasó a todo el mundo!?... La frustración e impotencia hicieron que las lágrimas no parasen de brotar de mis ojos durante un buen rato. Que poco prometedor se tornó el futuro en tan solo unas cuantas horas ¿O acaso este siempre fue mí destino? Lo único que tenía en claro era que estaba en una situación que no parecía tener solución por ningún lado, tampoco había señal telefónica, la radio de la estación de servicio no funcionaba y por su puesto no podía hacer llamadas. El reloj hacía presencia, ahora en mí muñeca, un tic tac que daban las 11 AM, yo postrada en una banca a la deriva, examinando mis posibilidades y mí camino a seguir, odio con toda el alma estas paradojas de ficción, ya no tan ficticia para mí. Cómo primera alternativa tomé mis cosas de la universidad, en las hojas en blanco comencé a escribir mensajes y pegarlos en postes por la zona, con la esperanza de que algún alma notara su presencia, intenté hacer garabatos llamativos, con colores, algunos mensajes de auxilio para volver en los próximos días a ver si permanecían en su sitio.

En un pequeño golpe de pensamiento quedé helada, el suceso con el que mí día había empezado ya no tenía sentido alguno. ¿Qué fue lo que hizo sonar la alarma del auto?




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