Silencio

Solo hay descontrol

A las supuestas 5 de la mañana, me encontraba a poco más de 30 minutos de mí próxima parada. La tercera jurisdicción era rara cuánto menos, más que casas, parecían conglomerados de departamentos extrañamente distribuidos, un laberinto confuso si me lo preguntan. Lo poco que conocía era gracias a que mí madre me traía a jugar con la hija pequeña de una amiga suya, no estuve por aquí muchas más veces, la vida nunca quiso que volviera, hasta ahora.

Una; dos, tres cuadras y ya me encontraba en la entrada del tan misterioso lugar. El hombre del sombrero no me dió más pistas, solo un método de transporte, tenía que seguir por mí cuenta como hasta el momento, que extraño ambiente levantaba aquel sitio, no era miedo lo que sentía, pero estar parada en medio de extraños edificios conectados unos entre otros sin un patrón específico, con una arquitectura casi ficticia, me hacía sentir por lo menos intimidada. La bicicleta me estorbaba, era imposible subirme a ella en este sitio, no podría recorrerlo cómodamente, algunos pasillos eran angostos o el suelo estaba muy deteriorado. Tomé la decisión de dejarla junto a un poste de luz, puse una nota en ella, quizás alguien la vería, ya no podía estar tan segura de mí soledad.

Andaba de pasillo en pasillo buscando algo de utilidad, también comencé a subir por las escaleras, cruzando por las conexiones entre edificios, perderme ya no me daba miedo, esta parte de la ciudad no se había movido, era otra razón por la que pensar que tenía algo en especial, algo la diferenciaba del resto, de pronto mis ojos vieron algo por su fino rabillo, una sombra o ser completamente oscuro estaba parado en una esquina viéndome, me quedé completamente inmóvil mirando por la ventana que tenía la pequeña galería en la que me encontraba. El tampoco hacía ningún movimiento, solo estaba de pié observándome, algo encorvado, si no lo notaba mal, debía medir por lo menos 2 metros para no caber en el pasillo de pié, era una batalla de resistencia, quería mover la cabeza y verlo, quería salir corriendo, pero no era una opción. Quería hablar con el, si era posible hacerlo, fue ese pensamiento el que hizo darme cuenta de que llevaba más de dos días sin decir ni una sola palabra, quizás todo se estaba guardando para este momento.

—¿Quien eres y que quieres?— dije sin desviar la mirada de la ventana y con mis manos temblando.

—Me encargaron estar al tanto de ti— su voz se escuchaba suave, pero casi sonando directamente en mis oídos.

—¿Deberia preocuparme por ti?

—Mientras no modifiques la estabilidad de este mundo, no habrá ningún problema.

—¿Me conoces?

—Si, a la perfección, todo está escrito por mis superiores, tengo toda tu información guardada.

—¿Superiores? ¿Son los que hicieron desaparecer a los demás?

—Al contrario... Tu desapareciste de su mundo.

Mis ojos se abrieron como platos, giré rápidamente y se desvaneció en el aire, corrí hacia el lugar donde estaba pero no había más que otro pasillo innecesariamente extendido. Ya tenía algo más en qué pensar, yo era la que faltaba, no estábamos ni siquiera en el mismo plano existencial, eran mundos distintos, es por eso que hay tantas anomalías inexplicables, me atrajeron hasta aquí a propósito. Soy un ser humano en medio de un mundo lmprobable de cosas extrañas, pero la pregunta seguía siendo la misma ¿Por qué yo? Me niego a pensar que se me escogió de manera aleatoria.

Mientras todo esto daba vueltas en mí cabeza, caminaba por el pasillo que había encontrado antes, aparentaba normalidad, pero, nunca se terminaba, habían puertas enumeradas a ambos lados, pero nunca llegaba al final, no aparecían más puertas, simplemente parecía estar estática en el mismo sitio. Una vez más me habían llevado a dónde querían, de nuevo tenía sueño, probé las puertas de las primeras habitaciones, la única abierta fue la número 3...

Al entrar colgué mí mochila en el perchero a un lado de la puerta, colgué mis llaves y pasé a sentarme en un sofá verde en medio de una pequeña sala de estar. Se sentía y veía como en casa, había tres tazas de té sobre una mesa redonda que tenía cerca del sofá, con tres sillas a su alrededor, fui a tomar asiento en una de ellas, me estaban invitando, no podía rechazar aquella cordialidad. Le dí un sorbo a la pequeña taza, y, junto a mi, en la silla que se encontraba a mí derecha, apareció aquel hombre del sombrero, esta vez pude verlo con más claridad, era blanco, casi pálido y con pecas, ojos finos y una postura decidida. A mí izquierda, un nuevo personaje de esta pequeña utopía; una coqueta mujer con vestido, de estilo casi medieval, el cabello suelto que le llegaba hasta poco más debajo de los hombros y como no podía faltar, su sombrero de igual confección al de su semejante.

Para este punto y no estaba ni siquiera pensante, el sueño, el cansancio, todo me estaba fatigando tanto que solo miraba la pequeña taza fijamente, mí ser parecía completamente drogado por la cada vez más delirante situación. Miré a ambos a los ojos un poco antes de salir del silencio.

—¿Que debería hacer?— un nudo me cerró la garganta, aguantando las ganas de llorar.

Llevaron sus tazas hacia los labios y no hubo respuesta, unas miradas que nunca subieron su temperatura, un porte e imponencia intocables, bajaron sus brazos nuevamente para mirarme nuevamente, una vista que era completamente vacia, no sentía nada en sus ojos, no eran malos, pero tampoco eran buenos, solo existían junto a mí.




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