FRED
Estrellé el vaso de cristal contra la pared de la sala. El estruendo resonó por todo el primer piso, haciendo que los fragmentos cayeran como una lluvia afilada sobre la alfombra.
Estaba harto. Estaba profundamente exhausto de llegar a mi propia casa y sentir que entraba a un tribunal de ejecución.
—¡Estoy harta de tus mentiras, Frederick! —gritó Ana, con el rostro desencajado por la rabia y los ojos llenos de lágrimas—. ¡No soy estúpida! Sé perfectamente que no estabas en ninguna reunión de negocios. ¡Sé que estuviste con esa mujer otra vez!
—¡Ya cállate, Ana! —bramé, dándole un paso al frente para acorralarla con la mirada—. Mantengo esta maldita casa, les doy la vida de lujos que quieren a ti y a los niños, ¡así que no me vengas a cuestionar! Si me quedo o me voy es mi puto asunto.
—¿Tu asunto? —chilló ella, golpeándome el pecho con desesperación mientras yo ni me inmutaba—. ¡Tienes tres hijos arriba sufriendo por tus malditas ausencias! Kian apenas tiene ocho años y tiene que actuar como el padre de Rayne y del pequeño Lucián porque el suyo prefiere andar detrás de una científica que ni siquiera lo mira. ¡Me das asco, Frederick!
—¡No vuelvas a mencionarla! —rugí fuera de control, empujando la mesa de centro con tanta fuerza que los adornos rodaron por el suelo.
En ese segundo de silencio tras el impacto, alcé la vista hacia las escaleras.
En la penumbra del pasillo superior vi las sombras de mis tres hijos. Kian estaba al frente, con el rostro tenso y los puños apretados, manteniendo a Rayne y al pequeño Lucián detrás de él.
Rayne se tapaba los oídos llorando en silencio, y Lucián se escondía en la camiseta de su hermano mayor, temblando.
La mirada que me dio Kian me atravesó como una daga: no era la mirada de un niño a su padre, era la mirada de alguien que guardaba un rencor helado y prematuro.
—Míralos —susurró Ana con amargura, al notar que yo los observaba—. Felicitaciones, Frederick. Vuelve a tus negocios y a tus mujeres, que aquí ya no le importas a nadie.
Dio media vuelta y subió las escaleras a prisa para llevarse a los niños a sus habitaciones.
Me quedé solo en el centro de la sala, en medio de los cristales rotos, respirando con dificultad. Sabía la diferencia abismal que había entre la casa de Xiom y la mía.
Él volvía a los abrazos cálidos de Heidi y las risas de Allen y Verena; yo volvía a un infierno de reproches que yo mismo había construido.
Pero mi ego no me dejaba ceder. Ajusté el cuello de mi saco, me serví otro trago sobre el mueble bar y le di la espalda a las escaleras.
Las mañanas en mi casa solían sentirse como un campo minado, pero esa semana el silencio era distinto. No era la tensión acumulada de un matrimonio roto, sino la distancia fría de una mujer que había decidido dejar de esperar.
Bajé las escaleras arreglándome los puños de la camisa y me detuve al llegar a la cocina.
Ana estaba de pie junto a la barra, sosteniendo una carpeta de documentos y vistiendo un traje sastre impecable.
No era la ropa cómoda de entrecasa que solía usar para cuidar a los niños; lucía decidida, distante y completamente ajena a mi presencia.
Frente a la mesa, una mujer madura de unos cuarenta años, de modales suaves, presencia serena y mirada atenta, terminaba de servirle el desayuno a mis tres hijos.
—¿Y esto qué significa? —pregunté, rompiendo el aire con un tono cortante mientras me acercaba.
Ana ni siquiera se molestó en levantar la vista de sus papeles.
—Ella es Dayana —dijo con una voz helada que no admitía réplicas—. La contraté como ama de llaves y niñera para los niños. A partir de hoy, ella se encargará de la casa, de preparar sus comidas y de llevarlos a sus actividades.
Alcé una ceja, mirando a la mujer. Dayana, con la calma y la compostura de sus cuarenta años, me sostuvo la mirada solo un segundo con absoluto respeto pero sin dejarse intimidar, para luego inclinarse con educación y centrar toda su atención en el pequeño Lucián, limpiándole la comisura de la boca con una servilleta mientras el niño le sonreía con timidez.
—¿Una niñera? —solté una risa amarga—. ¿Desde cuándo necesitas que otra persona haga tu trabajo en esta casa?
En ese instante, Ana cerró la carpeta de golpe y me enfrentó. Por primera vez en años, en sus ojos no había llanto ni desesperación; solo una firmeza de piedra.
—Desde hoy, Frederick —respondió sin alterar la voz—. No voy a quedarme encerrada en cuatro paredes amargándome la vida por un hombre que no me valora. Si tú tienes tus negocios, yo tendré los míos. Ya empecé los trámites para abrir mi propia empresa y volver a trabajar por mi cuenta.
Me quedé helado por un segundo. No esperaba que tuviera la agudeza ni la valentía para dar un paso así.
—¿Y vas a dejar a tus tres hijos al cuidado de una extraña? —la encaré, buscando herir su orgullo maternal.
—Dayana no es una extraña. Es una mujer madura, una profesional con años de experiencia e impecables referencias. Y, sobre todo, tiene la paciencia, el carácter y la calidez para atender a Kian, Rayne y Lucián que su propio padre nunca les ha dado —espetó con una elegancia hiriente—. Mientras tú juegas a ser un inversionista todopoderoso, yo voy a construir mi propia independencia. Así, el día que decida irme de aquí, no te deberé ni un solo centavo.