XIOM
Clover se da la vuelta y sale corriendo de la sala de archivo, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos apresurados. Me quedo solo, apretando los dientes con frustración mientras el sabor a sangre en mi labio roto me recuerda la pesadilla en la que nos acabamos de meter.
Pocos minutos después, Frederick cruza la puerta con el rostro desencajado.
—¿¡Qué demonios pasa allá afuera, Xiom!? —exige saber, respirando con agitación—. Veo a Clover salir hecha un mar de lágrimas.
—Se acaba la farsa, Fred —respondo secándome la boca—. Clover está metida hasta el cuello con la mafia rusa. El tipo con el que se va a Rusia no es ningún contacto de trabajo; es un líder criminal y tiene dos hijos con él.
Frederick se queda paralizado, con los ojos desorbitados mientras la asimilación del golpe destroza su ego.
—¿Un mafioso? —murmura con una risa amarga y llena de veneno—. Me rechaza a mí... me abofetea en su departamento para irse con un maldito criminal.
—Eso no es lo peor —interrumpo caminando hacia el escritorio central—. Revisa las carpetas.
Fred se acerca rápido a la terminal y abre el archivo de seguridad. El panel parpadea en amarillo: la carpeta principal de Elite Blue, con todos los códigos, planos y documentación confidencial de la central, acaba de ser descargada y borrada del servidor local.
—Se lo lleva todo —sentencio con voz de piedra—. Nos traiciona.
No pierdo un segundo más. Activo el comunicador de la alta comandancia y emito la alerta máxima en toda la jurisdicción militar.
—Atención a todas las unidades de la CFIEFM: orden de búsqueda y captura inmediata para la científica Clover y el objetivo de la mafia rusa. Se les considera traidores de alto riesgo.
—Yo me encargo de la cacería —interviene Frederick, con la mirada encendida en una rabia ciega por el orgullo herido—. Yo mismo voy a buscarlos.
—¿Recuerda el collar que le di en su cumpleaños? —digo mirando a Fred—. Tiene un rastreador. Ubícalos y tráelos, pero asegúrate de que no hablen.
La señal del rastreador me lleva directo a una residencia privada a las afueras de la ciudad, justo a tiempo antes de que aborden el vehículo blindado que los espera. Irrumpo en la propiedad con la escolta armada de la CFIEFM, echando la puerta abajo sin previo aviso.
FRED
En el salón principal, John y Clover se giran de golpe. A su lado, dos niños pequeños —Grigori y Sasha— se aferran a la ropa de su madre aterrorizados.
—¡Atrás! —grita John, intentando sacar un arma de su saco, pero la ráfaga de mis hombres lo hace caer de rodillas, herido en el suelo.
—¡Frederick, no! ¡Por favor, detente! —suplica Clover, lanzándose sobre John para cubrirlo con su cuerpo mientras los niños rompen en un llanto desgarrador—. ¡Te lo ruego, no lo hagas delante de los niños! ¡Saca a Sasha y a Grigori de aquí, por favor!
Camino hacia ellos a pasos lentos, sosteniendo la pistola con mano firme. El ardor de la bofetada que me da en su departamento vuelve a quemarme la cara, pero esta vez el poder lo tengo yo.
—Me cambias por esto, Clover —susurro con una frialdad absoluta, ignorando los gritos y las lágrimas de los niños que suplican por la vida de sus padres—. Nos traicionas a todos por un maldito mafioso.
—¡Frederick, ten piedad! ¡Son solo unos niños! —grita ella deshecha en llanto, abrazando la cabeza de su hijo menor.
No dudo. No me tiembla la mano.
Levanto el arma y ejecuto a John de un disparo certero en la cabeza frente a la mirada aterrorizada de su familia. El grito de Clover se corta en seco cuando apunto directamente a su pecho y me cobro la traición a sangre fría, disparando dos veces más.
Clover cae sobre la alfombra junto al cuerpo de su esposo. Los dos pequeños quedan de pie en medio de la sangre, llorando desconsoladamente mientras me ven enfundar el arma sin un solo rastro de remordimiento en el rostro.
Si este proyecto cae en manos equivocadas, estamos acabados; y yo no pienso dejar testigos que destruyan mi carrera militar.
XIOM
Sigo el rastro de la patrulla hasta la residencia. Cuando cruzo el umbral destrozado de la entrada, el olor a pólvora y sangre me golpea de lleno. El horror me paraliza en el acto: Clover y su esposo yacen sin vida sobre la alfombra, en medio de un charco rojo.
Pero lo que me congela la sangre es ver a Frederick levantando nuevamente el arma, apuntando con la frialdad de un psicópata hacia los dos niños que lloran deshechos sobre el cuerpo de su madre.
—¡DETENTE, FREDERICK! —grito abalanzándome sobre él, empujándole el brazo hacia arriba justo cuando aprieta el gatillo. El disparo se estrella contra el techo.
Aprovechando el pánico y el desvío de la bala, Grigori toma de la mano al pequeño Sasha y ambos corren a toda velocidad por la puerta trasera de la propiedad, perdiéndose en la espesura del bosque circundante.
—¡Búsquenlos! —ordeno de inmediato a las unidades de contención que van entrando—. ¡Encuentren a esos niños ahora mismo!
Llegamos a desplegar operativos por toda la provincia y pongo la orden de búsqueda y captura a nivel nacional si es necesario. Rastreamos puertos, estaciones y pasos fronterizos durante semanas, pero los hijos de Clover parecen haberselos tragado la tierra. Con el paso de los meses y sin una sola pista de su paradero, me veo obligado a tomar la decisión de cerrar la búsqueda oficial para no levantar sospechas sobre la operación.
El mismo día que sello los expedientes, me encierro en el despacho de la comandancia con Frederick. Apoyo las manos sobre el escritorio y me inclino hacia él con los dientes apretados.