Silicio

Capítulo 2

Astrid fue conducida por los pasillos de la prisión hasta una camioneta cerrada, era su primer viaje luego de tanto tiempo encerrada entre cuatro paredes que la asfixiaban día a día y aunque sus manos estaban unidas por las pulseras de seguridad como si fueran un par de imanes que le impedían mover sus manos, ella sintió un poco de libertad con el movimiento de la camioneta alejándose de ese lugar.

Ella sabía a donde la llevaban, un lugar donde las personas dejaban de ser personas, no por voluntad, sino por obligación. Había escuchado algunas historias de sobrevivientes, los que habían sido rescatados cuando la resistencia aún era una organización fuerte y estable, cuando había más personas que se oponían a lo que estaba pasándole al mundo, pero de esa organización ya no quedaba mucho, aunque aún seguían peleando por sobrevivir y cada esfuerzo, cada pequeña victoria, era un paso hacia la libertad.

El interior de la camioneta era liso y reflectante, no habia vibraciones, ni el mas mínimo temblor que delatara el movimiento del vehículo, era como si flotara en el vacío, atrapada en una burbuja de metal que sabia que estaba moviendose aunque ella no lo sintiera.

El sonido era casi tan residual como lo habia sido en su celda, solo la acompañaba el ritmo uniforme de la ventilación y el silencio afilado de lo que su imaginacion le susurraba. Entrelazo sus dedos mientras miraba la unica textura que cambiaba entre el frio metal que la rodeaba, el asiento, frío, sintético e impecable.

El tiempo en el interior, dentro de aquella pequeña prision paso casi inadvertido, Astrid estaba tan acostumbrada a encerrarse en su propia mente, hablar consigo misma intentando no perder mas la cordura, recordandose a si misma en pequeños murmullos que aun habia esperanzas si era lo suficientemente paciente y en eso era bastante buena, siendo paciente, de lo contrario, su cordura la habria abandonado los primeros meses

Cuando la camioneta se detuvo, ella ni siquiera lo noto hasta que las puertas se abrieron en un movimiento fluido, sin el más mínimo sobresalto. La luz del exterior de pronto la cego y cuando Astrid coloco su mano frente a su vista tratando de que no la lastimara, no sintio miedo sino un poco de alivio, de saber que afuera, el sol aun iluminaba el mundo de la misma forma, aunque todo hubiese cambiado.

Sin necesidad de recibir una orden, Astrid se levanto de su asiento al ver a dos guardias situarse justo a cada lado de ambas puertas. Camino hasta descender de la camioneta y mientras su vista se acoplaba al ambiente, ella escucho el aire o al menos intento, pero este permanecia quieto, inmóvil. La calma en ese lugar era absoluta, sin viento, sin sonidos inesperados, sin siquiera el eco lejano de un mundo más allá de esos muros.

Al alzar la mirada, frente a ella se encontraba un edificio de líneas rectas y colores neutros se extendian como un cuadro perfectamente trazado. Nada estaba fuera de lugar, no habia ninguna grieta en las paredes, ni una hoja caída en el camino de piedra lisa. Todo era perfecto hasta que vio un par de figuras cruzar las puertas del lugar.

Era una fila de tres personas que ya esperaban su llegada. Todos vestian atuendos pulcros y mantenian las manos entrelazadas frente a sus cuerpos. Sonreian, pero esa sonrisa no era del todo natural, parecia demasiado...exacta. No habia rastro de duda, era como si hubieran practicado esa expresión cientos de veces, afinado cada músculo para hacerla perfecta, pero la perfección no le daba tranquilidad.

Estaba harta de la perfección, de lo medido y lo calculado. Ver esa perfeccion en un rostro humano que debia ser espontaneo, era igual de terrible que estar encerrada en esa prision porque una sonrisa tan perfecta, seguramente no era mas que una máscara. Las que las personas estaban obligadas a llevar, con tal de sobrevivir en ese nuevo mundo.

Astrid los observo tratando de mantener la misma calma, ella habia aprendido como hacerlo durante su tiempo en prision, cuando la ansiedad solia agobiarla al creer que su vida se reduciria a eso, estar comoda tras cuatro paredes, sin contacto humano, sin saber que seria del resto del mundo, aunque tal vez, su calma provenia de otro sitio, de una epoca mucho mas antigua, antes de la guerra, antes de que todo se perdiera.

Astrid observo a una de esas personas aproximarse a ella, dio un paso, uno que no fue demasiado apresurado ni demasiado lento, pero que se acerco a ella con una suavidad que parecia ensayada.

—Bienvenida, 704. —dijo una voz es cálida, envolvente y casi reconfortante.

Astrid se encontro con la mirada de una mujer, quien parecia liderar aquel pequeño grupo de personas que no solo la observaban, sino tambien la analizaban a la distancia, pero la voz de aquella mujer tenia una capa extraña de dulzura, como un caramelo demasiado empalagoso.

Su cabello lucia perfectamente peinado y su atuendo sin una sola arruga, en el cual se podia leer su nombre escrito sobre una pequeña placa plateada en una tipografia sencilla, pero elegante "Diana".

—Has dado un gran paso.—expreso aquella mujer suavizando su mirada, mostrandose amable, como si realmente le importara— aquí estamos para ayudarte a descubrir tu verdadero potencial, para liberarte de las ataduras que te han impedido ser la mejor versión de ti misma.

Astrid sintio un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar decir aquella frase, prefabricada. ¿Liberarla? ¿De que? ¿De su voluntad?

La palabra resono en su cabeza, pero de sus labios no salio ni un solo grito o queja, en vez de eso, Astrid tomo un folleto que aquella mujer de nombre Diana le extendio con delicadeza. Era blanco, pulcro y sin imágenes estridentes, la portada tenia un título delicado, escrito en una fuente elegante: "La libertad de la mente es la paz del alma".

Astrid observo un momento el folleto que ya estaba en sus manos, luego instintivamente, miro a Diana quien mantenia la misma expresion, una sonrisa irreal que se sentia vacia, pero algo en sus ojos le dijo que ella esperaba que leyera el folleto antes de continuar hacia su fatal destino, convertirla en uno de ellos, por lo que con un dispositivo que parecia tener la apariencia de un llavero, libero sus manos del magnetismo entre ambas pulseras que aun permanecian atadas a sus muñecas como un recordatorio constante de que no importaba adonde fuera, su libertad ya no era suya, sino de ellos.




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