Diana desvío la vista ligeramente hacia Astrid y por un breve instante, ella notó algo, una pizca de desconcierto que Diana rápidamente oculto en una sonrisa vacía, intentando recuperar la confianza que aquel hombre de nombre Nyx le había robado, para que su rostro se mostrará tan maternal y tranquilizadora como siempre.
—Sigamos—expresó con dulzura—ahora te mostraré el área común, el lugar donde los participantes que han avanzado hasta cierto grado de sus evaluaciones pueden interactuar en una mutua y sana convivencia.
Astrid no dijo nada, de cualquier forma no podía, pero su silencio lo dijo todo, estaba condenada y esa mujer, iba a mostrarle el resultado de sus esfuerzos por eliminar la voluntad de las personas.
Diana volvió a entrelazar sus dedos sobre su abdomen, en una postura firme, se dio vuelta y entonces comenzó a caminar por el pasillo hasta encontrarse con las mismas tres personas que la habían acompañado hasta ese momento. Diana hizo un movimiento con la cabeza indicándoles algo que Astrid no supo entender, pero con el cual todos caminaron en una dirección distinta, dirigiéndose por el mismo camino que ese hombre había tomado.
Astrid miró de reojo, un último atisbo de su curiosidad, queriendo saber si esas personas asistirían a Nyx, él parecía ser un hombre importante en ese lugar y por la actitud que inconscientemente Diana había mostrado, era un hombre de temer, alguien a quien no se le desobedecía ni cuestionaba.
Cuando Diana retomo el paso, Astrid la siguió, mirando todo lo que podía a su paso, después de todo ese era el propósito en ese momento. Observar.
Cada cosa que Astrid pudo ver era inusual, nada que no hubiera visto antes, pero demasiado perfecto y armonioso, no como su celda en prisión, aunque si le daba la misma sensación de control y eso le hizo inclinar la mirada un instante hacia sus manos, desde las cuales se podía ver las huellas de sus intentos por quitárselas.
Ver sus cicatrices, finalmente le hizo entender que ese hombre, Nyx, quizás no estaba interesado en los datos que le habían entregado, sino más bien en ella, en lo inusual de sus resultados, los cuales, tal vez, querría confirmar por sí mismo.
Astrid se estremeció, sospechando qué su trato en ese sitio no sería solo psicológico como lo había sospechado al ver a Diana, sino también físico. ¿Iban a torturarla? ¿Por qué? ¿Solo por esos resultados que advertían qué tenían una alta tolerancia al dolor? ¿O era acaso porque ella había sido parte de la resistencia?
El pasillo era largo, blanco y pulcro. A su paso, Astrid observo puertas de las cuales se podían oír voces y en otras solo se escuchaba el silencio.
Ella no supo exactamente que daba más miedo, si saber que ahí había más personas como ella, capturadas y obligadas a callar o el hecho de que hasta el momento no había escuchado ninguna queja, ningún grito, como si ese lugar les hubiera quitado las ganas de ser libre, justo como le pasaba a Astrid quien ya no sentía la misma energía de lucha y resistencia como cuando la habían capturado, la soledad de alguna forma la había cansado.
Mientras caminaba mirando la silueta de Diana delante de ella, un área diferente apareció a su derecha, delimitada por un cristal transparente, no había cerraduras, por lo que Astrid pudo observar y no parecía necesitarlas en un sitio como ese, sin embargo, en un acto inesperado Astrid se detuvo, algo que Diana no noto enseguida.
Al otro lado del vidrio estaba una gran sala abierta, iluminada por un ventanal que dejaba entrar una luz tan suave como engañosa. Parecía un lugar de paz, en el que convivían los colores porque en el interior había personas vestidas con lo que parecian ser uniformes que reían y conversaban entre sí, disfrutando de la compañía mutua. La sala o mejor dicho, las personas, transmitían una sensación de calidez, algo más humano, incluso acogedor, pero Astrid no sabía si lo que estaba viendo era real o quizás una escena bien ensayada.
La puerta que conducía a ese lugar estaba ahí, frente a ella, pero Astrid solo la miro porque intuyo que tal vez no podría entrar, no sin permiso.
—¿Quieres entrar, 704?—cuestiono Diana con una voz gentil. Astrid volvio la mirada lentamente hacia ella, pero no respondió, no sabía si debia hacerlo, algo en su interior le dijo que sus palabras podían ser usadas en su contra, como si ese lugar fuese otra especie de prisión y quizás lo era, solo que aún peor— con el tiempo, tú también podrás entrar a las áreas comunes, aquí es donde conviven los participantes que han decidido confiar en nosotros. Por ahora no puedes participar, pero habrá momentos donde se te permita observar.
Astrid giro la vista nuevamente hacia la sala, comprendiendo a que se refería Diana. En ese momento, dos jóvenes se acercaron a la puerta, ambas portaban vestidos blancos, parecían felices e iban a algún lado. Astrid intuyo que tal vez eran dos chicas que solo iban al baño juntas.
¿Eso se le permitía? Se preguntó mientras ambas chicas pasaban a su lado sin siquiera mirarla, pero sí saludando a Diana con una leve inclinación de cabeza, que Diana respondió con una sonrisa más amplia. Astrid no apartó la vista de ellas y solo entonces se percató de algo importante, sus muñecas, esas chicas no tenían las pulseras pegadas a su piel.
—¿Vamos?—insistió Diana indicándole el camino por el que debían seguir.
Astrid asintió, pero con una extraña sensación en el pecho, sintió como un vacío, algo le faltaba, algo que esas chicas tenían al poder caminar entre esos pasillos sin supervisión. Libertad.
—Tu estancia aquí seguirá un programa estructurado —pronuncio Diana con voz suave, sin dejar de sonreír mientras ambas caminaban por el pasillo hacia otra área—. Clases que garantizan que recibas toda la orientación que necesitas para alcanzar la claridad.
Astrid apretó sus uñas contra su propia piel, luego de escucharla hablar, pero no respondió. No era enojo lo que sentia al escuchar hablar a Diana, era miedo porque ella le estaba contado, era como si fuera una platica casual del como le iban a quitar su libre pensamiento solo para encajar en su extraña sociedad.