Silicio

Capítulo 4

La luz no se encendió, se activó y un tono suave comenzó a sonar desde los altavoces ocultos de los dormitorios, una melodía tranquila, casi hermosa, diseñada para inspirar calma, el tipo de música que una persona escucharía para despertar de forma tranquila.

Astrid abrió los ojos con lentitud y durante unos segundos no supo dónde estaba. Asi que se quedo inmovil mientras observaba su entorno, vio un techo blanco, luces blancas y sintio un extraño silencio, como de una habitacion vacia aunque sonara la musica.

Entonces lo recordó, el centro de reeducación.Se incorporó bruscamente y al sentarse parpadeó varias veces mientras intentaba despejarse.Algo estaba mal, no por las luces, ni por la música sino por las personas.

Todas a su alrededor ya estaban despiertas. Todas.

Las mujeres que ocupaban las literas cercanas ya habían tendido sus camas y permanecían inmóviles frente a ellas, con las manos detrás de la espalda y la mirada al frente, como estatuas. Astrid observó una fila, luego otra y otra más. Nadie hablaba o bostezaba, nadie parecía molesto por haber sido despertado antes del amanecer, era como si todas hubieran sabido exactamente cuándo abrir los ojos.

Un escalofrío recorrió su espalda e intentó levantarse apresuradamente, pero la sábana se enredó alrededor de su tobillo, todo ocurrió demasiado rápido, su pie perdió apoyo por lo que su equilibrio desapareció y un segundo después cayó al suelo.

El golpe resonó entre las literas y Astrid contuvo una maldición mientras intentaba incorporarse. Esperó una reacción, una mirada o incluso una risa, un gesto o lo que fuera, pero no recibió nada.Ni una sola persona giró la cabeza o mostro un cambio en su expresión, ni siquiera por reflejo, fue como si su caída no le hubiera importado a nadie en lo mas minimo.

Como si ella no existiera y por primera vez desde que llegó al centro, Astrid sintió algo peor que el miedo, soledad. La puerta del dormitorio se abrió con un suave siseo hidráulico, tres mujeres entraron, las dos primeras eran altas, robustas y vestían uniformes blancos reforzados con bordados negros. Permanecían a ambos lados de la entrada con una postura firme, sosteniendo dispositivos rectangulares sujetos a sus cinturones, pero fue la tercera mujer quien captó toda la atención de Astrid.

Avanzó con calma y in prisa, sin necesidad de imponer su presencia, ya la imponía de manera natural. Su uniforme blanco estaba impecablemente planchado, los detalles negros sobre los hombros y el cuello parecían indicar un rango superior al de cualquier otra persona que Astrid hubiera visto hasta ahora, despues de Diana, claramente.

Su cabello oscuro estaba recogido en un moño perfecto, no habia ni un solo mechón fuera de lugar, pero su sonrisa...su sonrisa era exactamente igual a la de Diana, la diferencia era que Diana parecía una actriz, esta mujer parecía una creyente.

-Buenos días, participantes- expreso como lo hubiera hecho una persona relajada que sale al aire libre. Aunque en su voz se escucho un tono sereno y amable. Astrid tambien noto que habia cierta gravedad en su forma de hablar.

—Espero que hayan descansado adecuadamente.

Nadie respondió, de hecho, nadie debía hacerlo.La mujer recorrió las filas con la mirada, observó las camas y las mantas, asi como la postura de cada persona, como si estuviera revisando una obra de arte cuidadosamente ordenada.Entonces sus ojos llegaron hasta Astrid, todavía estaba en el suelo.

La mujer inclinó apenas la cabeza, no parecía molesta, ni sorprendida, simplemente la observó, como si estuviera analizando un dato curioso.

—Parece que tenemos una nueva participante—expreso como si acabara de descubrir la existencia de un gatito nuevo en una caja de carton, pero no lo hizo como si tuviera compasion de esa gato.

Las dos guardias reaccionaron de inmediato, sin esperar una orden verbal, solo se acercaron a Astrid y la sujetaron por ambos brazos para levantarla con firmeza.Astrid intentó apartarse por reflejo, pero enseguida comprendio que habia sido un error.Las manos de las guardias se endurecieron lo suficiente sobre sus brazos para recordarle que resistirse no era una opción.

La colocaron frente a su litera exactamente en la misma posición que todas las demás.Luego las guardias retrocedieron y la mujer sonrió.

—Mucho mejor

Astrid sintió un escalofrío, no había crueldad en aquella voz, ni tampoco desprecio o algo que pudiera justificar el miedo que comenzaba a sentir y quizás por eso, esa mujer le resultaba tan inquietante.

—Mi nombre es Helena Strauss y soy la supervisora del area femenina—expreso mientras entrelazaba las manos frente a ella—Bienvenida a tu primer día.

Astrid sostuvo su mirada, pero no para desafíarla, simplemente porque aún no entendía quien era ella.Helena caminó lentamente entre las filas, sin alejarse mucho de Astrid, solo mirando a las demas mujeres como si estuviera a punto de dar una leccion.

—Durante mucho tiempo, la humanidad confundió el significado de la libertad—sus pasos resonaban suavemente sobre el suelo pulido.—Se les enseñó que hacer lo que deseaban era una virtud y que cuestionar toda autoridad era una señal de inteligencia y que la disciplina era una forma de opresión.

Helena se detuvo frente a una de las participantes y observó la cama perfectamente tendida, asi que asintió satisfecha.

—Y sin embargo, ese mundo produjo guerras, hambre, desigualdad, violencia y sufrimiento—continuó avanzando.—Aquí hacemos las cosas de forma diferente.

Astrid sintió que varias de aquellas frases parecían ensayadas, como si hubieran sido repetidas cientos de veces, quizas miles.

—Aquí nadie es castigado por equivocarse.

Aquella frase llamó la atencion de Astrid porque sabía que era mentira o al menos esperaba que lo fuera.

—Aquí aprendemos-sonrió con orgullo—Porque la disciplina es un acto de amor.

El silencio volvió a llenar el dormitorio y nadie reaccionó, era como si a nadie le hubiera sorprendido escuchar esa frase, como si la hubieran escuchado tantas veces que hubiera perdido significado.




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