La puerta se cerró de golpe y el sonido metálico del seguro resonó en la habitación antes de que Astrid fuera consciente de haberlo colocado. Retrocedió un paso y luego otro, sin apartar la vista de la puerta.
Su respiración era tan rápida que apenas conseguía llenar sus pulmones. Sentía el corazón golpeándole contra las costillas con una fuerza que insoportable mientras su mente repetía una sola imagen, su mano sosteniendo aun el bolígrafo mientras la sangre empezaba a escurrir.
Negó con la cabeza.
—No...no...—dijo en voz baja mientras los labios le temblaban, como si tuviera miedo de que alguien mas pudiera oírla admitir que había lastimado al líder del SEG—¿Qué hice...?
Siguió retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el enorme ventanal y el sutil impacto la hizo estremecerse a tal punto que sus piernas dejaron de tener fuerza para sostenerla. Se dejó caer lentamente sobre el suelo de madera, abrazándose las rodillas hasta que sus dedos comenzaron a dolerle.
Había intentado apuñalar al hombre más poderoso del mundo. No a un guardia o una supervisora, al líder del SEG.
Cerró los ojos con fuerza mientras echaba la cabeza hacia atrás, contra el vidrio del ventanal.
—Estoy muerta.—se dijo a si misma mientras sonreía, no por orgullo, sino por miedo, porque ella no era alguien precisamente valiente, no era alguien que pudiera asesinar y aun así sus manos lo habían intentado, ella lo había intentado y había fallado, eso era lo peor de todo.
«¿Como voy a explicarlo?» penso. Ni ella misma habría creído ninguna explicación. Había llevado un boligrafo escondido. y había esperado el momento adecuado para atacarlo, pese a que esa nunca habia sido su intencion, aun asi lo había hecho, era mas que obvio que cualquiera afirmaria que todo habia sido premeditado.
Un sollozo escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo.
—Qué estúpida...—La palabra murió contra sus rodillas mientras las lágrimas comenzaron a caer una detrás de otra y el silencio de la habitación parecía hacerse cada vez más pesado.
Intentó pensar, necesitaba pensar, buscar en su mente una explicación o una excusa convincente, cualquier cosa.
—Fue un impulso...no—penso en voz alta—Pensé que iba a atacarme...tampoco. Me asusté...ridículo.
Ninguna excusa cambiaba lo que había ocurrido. Respiró hondo varias veces intentando detener el temblor de sus manos y todo su cuerpo, aunque no funcionó. El frío comenzó a recorrerle los brazos a pesar de que la habitación mantenía la misma temperatura cálida.
Se quedo ahí llorando, esperando el castigo merecido por sus acciones. Permanecio en silencio tratando de escuchar pasos o el sonido de la puerta siendo forzada al tener seguro por dentro, a que alguien viniera por ella y, sin embargo...lo único que escuchó fue la lluvia golpeando suavemente contra el cristal.
Su llanto fue apagándose poco a poco, después de que el cansancio terminó venciendo a su cuerpo. Con las mejillas aún húmedas y la espalda apoyada contra el ventanal, sus párpados comenzaron a pesarle. Intentó mantenerse despierta porque despues de lo que habia hecho no quería dormir y bajar la guardia, pero el cansancio fue mas fuerte que su propia voluntad y su miedo.
Su respiración se hizo más lenta hasta que el sonido de la lluvia comenzó a alejarse y poco a poco, todo desapareció cuando se durmió.
Lo primero que apareció fue un olor familiar, algo que había estado en su vida prácticamente desde que había nacido, el olor del Óleo y también el del barniz, ademas de un tenue perfume de las flores que su madre siempre colocaba junto a la ventana del estudio.
La luz dorada del atardecer atravesaba los cristales, tiñendo la habitación de un tono que se sentía a hogar. Allí en el centro estaba su madre, se pie frente a un enorme lienzo. Un fino pincel descansaba entre sus dedos mientras contemplaba los tonos de una nebulosa que comenzaba a tomar forma en su lienzo.
Los azules profundos se mezclaban con violetas y destellos blancos que parecían pequeñas estrellas naciendo una a una. Astrid sonrió sin darse cuenta porque reconocía ese lugar. Había vuelto a casa.
Tenía otra vez ocho años y sus pies descalzos caminaron despacio hasta colocarse junto a ella, su madre ni siquiera volvió la cabeza, sonreía mientras pintaba; como si Astrid siempre hubiera estado a su lado.
—¿Qué estás pintando?—dijo una tierna voz, la que ella tenía a esa edad
—El lugar al que van las estrellas cuando dejan de existir—le explico su madre con una voz dulce sin apartar la mirada del lienzo. Astrid frunció ligeramente el ceño.
—¿Las estrellas se mueren?
Su madre dejó escapar una risa suave.
—Todo cambia de forma, cariño. Nunca desaparecen del todo, solo se convierten en algo distinto.
Astrid inclinó un poco la cabeza, intentando comprender aquella respuesta. Entonces unas manos cálidas revolvieron con cariño su cabello.
—Ven.—su madre dejó el pincel sobre la mesa y camino hasta una vitrina de la cual tomó un pequeño trozo de un fragmento grisáceo que descansaba dentro de una caja de madera.
La colocó sobre la palma de Astrid, era fría e irregular, pero brillaba como si fuera un pedazo de aluminio.
—¿Sabes qué es?—le pregunto su madre con una sonrisa y Astrid negó con la cabeza mientras fruncía ligeramente el ceño.—Se llama Silicio y es un pedacito del corazón de una estrella.
Sus ojos se abrieron de par en par
—¿De verdad?
—No es muy valioso para la gente que no sabe mirar, pero tu padre una vez me explico que después de millones de años brillando, las estrellas convierten su corazón justo en lo que esta en tus manos.
Astrid sostuvo el pequeño fragmento con una delicadeza casi absurda al comprender lo valioso que era aquel pequeño pedazo de metal. Era incapaz de imaginar que algo tan pequeño hubiera recorrido tanto universo y que hubiera terminado justo en sus manos.